Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

La silente ambrosía de Ambrosio de Milán sorprende a San Agustín, lo confiesa. Desde entonces cada lector es Ambrosio: el silencio que estalla en la comisura de los párpados, en la juntura de las páginas. Hasta cuando es Inferno, la lectura se convierte en Paradiso: el placer de merecer. Merece lo que sueñas, escribió Octavio Paz. Y justo el laurel para Irene Vallejo al otorgarle en España el Premio Nacional de Ensayo 2020 por su libro “El infinito en un junco”.

El retraso de la ceremonia indica vigencia. Y estoy aquí, como los poetas griegos o nuestro mexicano Ramón López Velarde, “a la mitad del foro a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo, para cortar a la epopeya un gajo”. Y digo, con “una épica sordina”, navegué tu libro con una lectura pecable, pero diamantina. Y así inquebrantable, como la elección y destino de María Juana Moliner Ruiz, la invención de tu libro, Irene.

Tu preciosa precisión hizo algo imposiblemente posible: novelar la lectura, ser cronista de la tribu del junco. Yo, como aborigen de esta aldea global, lo celebro. La gesta de la lectura es el gesto del lector ya que la loca de la casa de Santa Teresa por fin reconoce el artefacto llamado libro, es decir, la imaginación. Porque sabes narrar, Irene, ensayas. Para Alfonso Reyes el ensayo es el centauro de los géneros. Irene Vallejo, liberas a Quirón y transfiguras a Aquiles, no en guerrero, en lector.

Si J. K. Rowling​ logró que una generación infantil y adolescente, planetaria, volviera a leer a través de su saga de Harry Potter, tú, Irene Vallejo, haces que jóvenes y adultos se interesen de nuevo por la lectura cortándole a la epopeya un gajo. Tu sosegada ecuación tiene que ver con hitos y mitos.

Al aventurarte en la épica de Alejandro, lector de un libro, nos dices que engendró un sueño plural: la biblioteca. Un libro menor, “La Ilíada” (“La Odisea” lo supera, no en canto, en cuento) fue su hoja de ruta. Helénicos, no conocieron “La Biblia” o “Las mil y una noches” que, para Borges, son los mejores libros de cuentos de nuestra historia literaria.

Sacerdotisa irredenta, oficias las nupcias de eso que nombramos lo Clásico con la contemporaneidad de la civilización del espectáculo que va de Caetano Veloso a Iron Maiden. Leer “El infinito en un junco” como una novela y no como un ensayo fue mi forma de navegarlo. Como Sócrates (“Fedro”), podemos criticar el fetichismo del libro, nunca de la lectura o de las lecturas.

Hijos de Virgilio y de Dante, que los cantos órficos no teman o, huérfanos órficos, al buscar a Beatriz, siempre se encuentra a Eurídice y Eurídice, en la escritura tuya, Irene Vallejo, habita. “La máquina del tiempo existe: son los libros”. Y en la lectura, Irene, siempre, siempre habitamos en ese Canto Tercero: otro lugar eterno. Te celebro.