Por Francisco Tijerina Elguezabal

‘El hombre que ha perdido la aptitud de borrar sus odios está viejo, irreparablemente.’ // José Ingenieros

Leo con asombro en una columna política que hay panistas “a los que no les cayó nada en gracia la posibilidad de que Liz Rosas llegue al Comité Municipal del PAN en Monterrey”.

La molestia, según la publicación, se origina en el hecho de que Liz es comadre de Margarita Arellanes y dicen que Rosas “quedó a deber por su desempeño y las sospechas por estar cerca de una Administración más que cuestionada”.

A mí me parece que los cuestionamientos a Elizabeth parten del enorme miedo que le tienen como política y de que conocen bien sus capacidades.

Para empezar ella se quedó en el PAN, con todo y que tanto Margarita como otras personas cercanas al equipo de la ex alcaldesa, cambiaron de partidos y buscaron otros vientos, ante los mismos cuestionamientos que hoy recibe Liz.

Su trabajo, cuentas y resultados ahí están, a la vista de todos y hasta donde sé no existe, ni ha existido, señalamiento, acusación o denuncia.

La enorme diferencia es que Rosas sí sabe ganar elecciones, a diferencia de muchos que tienen años en las dirigencias albiazules y se han especializado en perder.

¿Será por eso que le cierran el paso y el sólo escuchar su nombre los pone a temblar? Lo de ellos no es inconformidad, es simplemente miedo.