Por Félix Cortés Camarillo

Años antes de nuestra pubertad, cuando a la inevitable pregunta de “qué quieres ser cuando seas grande” respondíamos “doctor”, los niños de entonces recuerdo que de inmediato definíamos nuestra vocación por la de policía o bombero.

Yo añadía la de soldado; de hecho, hice antes de lo debido mi servicio militar obligatorio a los quince años como “anticipo de incorporación”, y seguí voluntariamente acudiendo a marchar o hacer marchar a otros cada sábado al campo militar número uno –nunca conocí el dos– con el grado de subteniente.

No debiera haber asombro. Ni siquiera para las generaciones que me suceden. La admiración y el respeto que le tengo a las fuerzas armadas de México no son sino reflejo de una actitud social todavía ampliamente compartida por mis compatriotas. Aunque lo repita con frecuencia el presidente López es verdad que el Ejército de nuestro país es pueblo en uniforme.

Tiene lógica ese silogismo; en la forja del México civil, que se comenzó a asomar al desarrollo de las manufacturas, la industrialización y el comercio, el aparejado crecimiento demográfico que le precedía, amén del abandono del campo provocado desde el gobierno,  aportó una gran cantidad de brazos para los que no había suficientes plazas de trabajo. Esos brazos no tuvieron más que dos salidas: por un lado el programa bracero, la exportación de mano de obra que tanto celebra y promueve el presidente López porque es una enorme fuente de divisas sin esfuerzo. Por el otro, el verde olivo.

Para los muchachos de mi edad, sin escuela y con hambre, que no pudieron irse “al otro lado” ni obtener una plaza de obreros en la Fundidora de Monterrey o en Fabricación de Máquinas, no les quedaba más que la milicia. Les daban una paga, techo en cuarteles, rancho en la mesa, ropa y botas. ¿Qué más se podía pedir? No en balde la mariguana, droga evasiva de la realidad incómoda, como todas lo son, fue mucho tiempo distractor de las miserias de los pobres, y de los no sé por qué fueron llamados despectivamente sardos, antes de hacerse el toque de la clase media.

Los mexicanos admiramos y respetamos a nuestros soldados, pero tenemos muy claro que su sitio es en los cuarteles y su labor es la defensa de nuestra soberanía nacional ante el enemigo externo. Siguiendo en el sendero que marcó Calderón y simplemente siguió Peña Nieto, el presidente López ha tomado a las fuerzas armadas como su cachorro favorito concediéndole todo tipo de tareas importantes, desde la construcción y administración de aeropuertos, custodia de las aduanas y los puertos, manejo de los proyectos estratégicos como el Tren Maya o el aeropuerto AIFA para su beneficio y a partir del próximo acuerdo presidencial, la policía en todo el territorio nacional.

¿Por qué ese afán de privilegio a los de uniforme?

Porque el presidente López conoce, y usa en su beneficio, la mayor virtud de los soldados y los marinos, que a la vez es su mayor defecto. La obediencia ciega, que está reñida con el raciocinio, el albedrío libre y la democracia. El prestigio y respeto de los mexicanos hacia sus soldados, abonados por la quiebra de todas las otras instituciones nacionales, incluidas las iglesias, carcomidas por la corrupción opera a favor de la dictadura, Con el próximo decreto, que esperemos no llegue a reforma constitucional, el dictador López apuntala su autocrático régimen con una policía militar omnipotente y dócil en todo el país.

¿Por cuánto tiempo? Depende de ustedes.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): ¿Cuándo se rescatarán los cadáveres de los diez mineros ahogados en Pinabete? Los de Pasta de Conchos tienen diez años esperando que usted cumpla su promesa de sacarlos a como dé lugar.

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