Por Francisco Tijerina Elguezabal

‘Una máquina puede hacer el trabajo de 50 hombres corrientes. Pero no existe ninguna máquina que pueda hacer el trabajo de un hombre extraordinario.’ // Elbert Hubbard

Los conozco y he visto de cerca, sé del enorme esfuerzo y sacrificio de los mineros del carbón por hacer su tarea a cambio de sueldos de miseria; trabajan en ello por vocación y continuar la tradición familiar, pero la inmensa mayoría lo hace por absoluta necesidad, sabedores de que cada vez que bajan al subsuelo se están jugando la vida.

Recuerdo de forma nítida aquella tragedia del 31 de marzo de 1969 cuando una explosión en la Mina Guadalupe de Barroterán, Coahuila, cegó la vida de 153 mineros.

Sin más recursos ni corporaciones, el entonces alcalde de Múzquiz, cabecera a la que se circunscribe Barroterán, don Manuel Padilla Ortiz, comenzó de inmediato a organizar las tareas de rescate; hombres y mujeres de Múzquiz, Rosita y los alrededores de Barroterán, se unieron para las difíciles tareas y así, sin más que el deseo humano de rescatar los cuerpos de los fallecidos, fue que lograron extraer sus restos y entregarlos a sus deudos.

Con el paso de los años hemos sido testigos de otras muchas tragedias en la Región Carbonífera de Coahuila. Recordamos la explosión en Pasta de Conchos, esa de la que el Presidente López Obrador prometió devolver los cuerpos de los mineros muertos a sus familias y que aún siguen esperando a que se les haga justicia.

Ahora no ha sido una explosión, sino una inundación, pero para el caso es lo mismo. La falta de medidas de seguridad, la nula supervisión de las autoridades, la voracidad de los propietarios y la necesidad de los mineros, conforman el cocktail perfecto para que se conjuguen los elementos de un drama.

Y cada vez que ocurre se escuchan los mismos pretextos, las mismas explicaciones llenas de tecnicismos que nada resuelven y las mismas justificaciones.

Pareciera increíble que después de tantos años y de conocer experiencias exitosas de rescate de mineros atrapados en distintos lugares del mundo, como el caso de Chile, ya tendríamos en México que haber aprendido algo y resulta que no es así. La verdad, lo cierto, es que cuando ocurre una tragedia en una mina en nuestro país, podemos de entrada dar por muertas a las víctimas, porque sabemos que llegarán las autoridades de todos los niveles de gobierno a empalmarse, a pelearse por el protagonismo y a complicarlo todo.

En aquel heroico rescate de los 153 muertos de 1969, estuvieron presentes al pie de la mina el Gobernador Braulio Fernández Aguirre, los alcaldes de la región y el líder del Sindicato Napoleón Gómez Sada; el papel del Capitán Raúl Lemuel Burciaga, que era el comandante de seguridad y tránsito en el Estado, fue el de simplemente llenar una bitácora y registrar, uno a uno, los cadáveres recuperados.

Todo el operativo, toda la estrategia, todas las decisiones, corrieron a cargo de los ingenieros y mineros que a cuerpo limpio, con pico y pala, se arrastraron materialmente para ir avanzando y así, en poco más de un mes, devolvieron a las familias los restos de cada uno de los caídos.

Hoy, a 16 años de la explosión en Pasta de Conchos, nuestras autoridades no han podido dar resultados en el rescate de 65 muertos. ¿Por qué debemos pensar que en el caso de los diez mineros atrapados en “El Pinabete” podría cambiar la historia?

Queda claro que hace falta voluntad política para cambiar las condiciones de trabajo de los mineros y que es de justicia reconocer el aporte que el carbón brinda a la industria, por lo que se requiere impulsar nuevas tecnologías que brinden seguridad a quienes hacen posible su extracción.

Mientras tanto tendremos que repetir, con una lágrima en el rostro: “otra vez la mina”.