Por Félix Cortés Camarillo

Se ha visto una prisa incomprensible para expresar el aplauso entusiasta al reinventado idilio del presidente López y el estado de Nuevo León a propósito de la crisis del agua en las tierras norteñas. A propósito de una llovizna del sábado el gobernador García no resistió la tentación del mal chiste: venga más seguido, presidente, porque nos trajo agua.

López Obrador no vino con la espada desenvainada contra los emisarios del pasado del capital regiomontano, cuyas tiendas de conveniencia, dice cada vez que le viene en gana sin sustento documental, pagan menos que una familia pobre por el recibo de luz. 

Ahora sí trajo la tijera franciscana: el anuncio previo de la construcción del acueducto Cuchillo II hablaba de 15 mil setecientos millones de pesos, de los cuales la federación pondría exactamente la mitad y la otra mitad a partes iguales los gobiernos del estado de Nuevo León y del municipio de Monterrey. La participación proporcional cambia muy poco reduciendo la parte de la federación, pero el costo total se redujo a diez mil cuatrocientos millones de pesos, una tajada de la tercera parte. 

Eso se traduce a que el tubo que va a traer agua a la capital del estado en mayo del 2023 –y quiero un vaso– será de 84 pulgadas y cinco mil litros de agua por segundo. El proyecto anunciado a comienzos de este mes decía exactamente el doble. Resulta que el tubo ya existente será remendado cuando el nuevo exista. Pero luego hay que cumplirle el compromiso a Tamaulipas y entregarle el agua ya comprometida de la misma presa.

Me dicen los que de esto saben que el costo de tender un acueducto de 170 pulgadas de diámetro, para diez mil litros/segundo, no es el doble del de hacerlo con un tubo de la mitad. Si se hubiera mantenido el plan anunciado antes, no solamente el abasto sería mayor y no solamente para los ocho años que tímidamente prometen hoy. Un buen manejo de los dineros ayudaría al acueducto para darle el agua a Tamaulipas.

En fin, los regios debemos sentirnos orgullosos de que el presidente López no nos haya venido a regañar por ser fifís aspiracionistas que quieren tener más de un par de zapatos y que nuestros hijos estudien en el extranjero. Solamente a los ingenuos escapa la intención de promoción del voto que toda esta actitud nueva del presidente López ha venido a mostrar. Porque si el presidente no es precisamente el ídolo de las multitudes norteñas, su partido lo es menos, independientemente de la corcholata que destape a la hora de la hora para sucederlo en la presidencia de la república.

PILÓN PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): Pocas veces ha estado la sociedad norteamericana tan polarizadamente dividida como ahora; es cierto que la cohesión nacional es un fenómeno que murió con el siglo pasado. Si me aprietan un poquito, murió el 11 de septiembre del 2001 con el desplome de las Torres Gemelas. A partir de entonces somos países divididos, radicales intolerantes, incapaces del diálogo y la concesión, como lo vemos en México. El desarrollo mediático y político de la incursión del FBI a la residencia en Florida del ex presidente Trump, en busca de documentos clasificados de su período al mando del país, ha venido a profundizar la grieta que divide a los gringos. Los alegatos han sobrepasado las fronteras de la novela de espionaje y han tomado el cariz de una pugna política de altos vuelos. El deterioro de la popularidad de Joe Biden, cualquiera que sean sus causas, enfrenta una constante de alrededor del cincuenta por ciento de los votantes de nuestro vecino país para llevar de nuevo a Donald Trump a la Casa Blanca.

Al menos en algo tiene razón el pelipintado: Estados Unidos se ha convertido en una república bananera.

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