Por Félix Cortés Camarillo

En tiempos no necesariamente muy remotos los niños lectores de periódicos, que éramos numérica y entusiastamente más de los que hay en la era actual, nos enterábamos hacia finales de cada año que la Cámara de Diputados había aprobado el presupuesto del año siguiente. Consistía en una serie de cifras millonarias cuya importancia real escapaba a nuestra capacidad, pero resaltaba un dato que los diarios se encargaban de anotar: la cifra mayor de los egresos del Estado estaba dedicada a la educación.

Ahora parece fácil de digerir. Un país emergente de largos períodos de luchas fratricidas de una Revolución que nunca supo realmente lo que quería y por eso nadie sabe exactamente lo que logró, tuvo el juicio lo suficientemente claro –bueno, su clase dirigente lo tuvo– para entender que la necesidad prioritaria de su desarrollo era abandonar las cavernas del analfabetismo y la ignorancia en la que vivía la mayoría de su población.

Hoy, con la abundancia de las casas encargadas de registrar y analizar los vaivenes de la conducta social mayoritaria, nos bombardean con resultados de sus encuestas, destinadas principalmente a orientar el sentido de las preferencias por personas y agrupaciones políticas en lugar de áreas de acción con propósitos a largo plazo. No es malo saber, sin embargo, que los mexicanos de nuestro tempo consideramos que el principal problema que tenemos frente a nosotros es el de la paz y la seguridad de nuestro entorno, por encima incluso de la zanja del desarrollo económico en que estamos.

No obstante, seguimos olvidando la importancia que la educación tiene para sostener una sociedad, proveyéndola de herramientas para impulsar su crecimiento de otras áreas. Incluyendo la paz pública y el crecimiento económico, entre otras.

La designación de la señora Leticia Ramírez al cargo de Secretaría de Educación Pública, desató una serie de críticas nacidas del hecho indudable de su escasa experiencia pedagógica: aún teniendo título de maestra normalista, la señora ha manejado hasta ayer una especie de oficialía de partes de la Presidencia de la República, encargada de recibir en Palacio Nacional las alrededor de diez mil quejas y peticiones diarias de una población educada por decenios en la convicción de que el único ser humano que resuelve todos los problemas del universo es el Presidente. No es una labor carente de importancia, y cargo similar había la señora Ramírez desempeñado en el gobierno capitalino con López Obrador y Marcelo Ebrard a la cabeza. 

La descalificación a priori de la nueva secretaria está doblemente equivocada. Primero porque ella no ha tenido oportunidad de expresar cuál es su concepto sobre el rumbo y la manera en que la administración de la educación en nuestro país debe tomar en lo que resta del sexenio y en adelante. Segundo porque la descalificación parte del equívoco de que solamente un médico eminente puede manejar el funcionamiento de un hospital.

Debiera yo decir la perogrullada de que el gabinete de gobierno de México está compuesto de secretarios y no de ministros. La economía, la seguridad, la salud, la educación, todas las actividades de gobierno en México las maneja el presidente de la República personalmente, y los secretarios son simples amanuenses que obedecen órdenes: eso justifica la exigencia del presidente López de priorizar la ciega lealtad y la disciplina de sus colaboradores, muy por encima (90/10, dijo textual) de su eficiencia o preparación. Puede ser discutible la idea, pero eso es así. El día en que los mexicanos quieran tener otro tipo de gobierno, tendrán que cambiar el que tienen. Y no se les ven muchas ganas.

Por otro lado, el presidente López sí le da a la educación el importante papel que merece en la sociedad. Es él quien ha echado a andar una enorme maquinaria que está modificando radicalmente la enseñanza en nuestro país, minimizando el rigor que exija a los educandos esforzarse para obtener mejores resultados individuales. Y eso es una transformación de raíz.

Pero también es costal de otra harina. 

PILÓN PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): Matar al mensajero ha sido permanentemente vocación del gobernante. No nos debe sorprender, ni nos sorprende, que el presidente López invoque la magnificación que él supone los informadores hacen de los hechos violentos fuera de control que se están dando por doquier en nuestro país. Sólo debemos reconocer que podemos seguir libremente magnificando las realidades de un país que se le está cayendo en pedazos.

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