Por Félix Cortés Camarillo

A propósito del empeño presidencial ya logrado de poner a todas las policías bajo la férula de la secretaría de la Defensa Nacional, a los que nos oponemos de manera abierta a la militarización que se está efectuando del Estado mexicano, se nos atribuye equivocadamente un radical desprecio hacia los hombres de uniforme militar. Nada más erróneo.

Hasta donde llega mi conocimiento de esas manifestaciones, todos nosotros reconocemos las virtudes de los soldados, a saber: su disciplina extrema, patriotismo, dedicación eficiente y espíritu de sacrificio en situaciones extremas. Precisamente por ello tenemos que reconocer que la inclinación del presidente López a poner en manos de los soldados la vigilancia y garantía de nuestra seguridad personal, cualquiera que sea su motivación, se justifica ante la carencia de probidad y eficiencia de los mandos civiles que nos han cuidado durante los últimos veinte años por lo menos.

Por eso, un fuerte número de ciudadanos no ve con malos ojos que los policías pasen a obedecer a los soldados: de los primeros tenemos certeza de su corrupción. A los segundos les damos el beneficio de la duda. Desgraciadamente, nuestros policías no han sabido cuidarnos; tal vez los soldados sí lo hagan.

Pero ese es solamente una faceta del equilibrio de fuerzas en el gobierno federal. La supeditación de otras importantes funciones, que no tienen que ver con la seguridad de los individuos y las instituciones dentro del país, es otra. El presidente López ha encargado, sin asomo de supervisión de ese desempeño, la administración de puertos y aduanas de nuestro país, la construcción y administración del aeropuerto Felipe Ángeles, la operación -cuando exista- del Tren Maya y el ferrocarril transístmico y todo lo que se le ocurra a Andrés Manuel López Obrador en el año que le queda de autoridad omnímoda.

Esa actitud ha venido a revertir una vocación que fue vigente y efectiva desde el origen carrancista de las fuerzas armadas, que les puso al margen del poder político, y bajo el mando del primer ciudadano del país. Tanto lo ha revertido, que lo que en este mismo sitio sugerí hace unos meses, de la inclusión de un general entre las corcholatas para la candidatura presidencial, con las que juega a las damas chinas el presidente López, se antoja hoy una probabilidad muy real.

Y ciertamente peligrosa. Para los hombres de verde olivo y para el país entero.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): Más temprano que tarde tiene que darse la defenestración morena de Ricardo Monreal, dejando en claro que él NO va a ser el candidato del presidente López a sucederlo. Y tendrá que decidir Monreal si se la juega a las contras o se raja. Él dice que no.

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