Por Francisco Villarreal

En el rancho, una de las expresiones favoritas, gustosas, era “¡Ahí viene l’agua!”. A pesar de que vivíamos a unos metros del arroyo Topo Chico, la “creciente” nunca representó demasiado peligro. Era más bien un obstáculo temporal, salvo en la “cañada”, donde permanecían enormes charcos difíciles de vadear a pie, bullentes de tepocates, mosquitos y caballetes. No teníamos más meteorólogo que la experiencia: el viento, las nubes, cambios apenas perceptibles en los animales y más discretos en los humanos (los hipertensos saben de qué hablo). Ahora me entero que tiene qué ver con los cambios en la presión atmosférica. La tormenta es otra cosa, esa además tiene olor, y no es el petricor. 

El agua llegaba a calmar la sed de la tierra y a dar una palmadita de consuelo a los que padecimos las canículas… Porque no sólo nos tuesta el verano, la primavera también nos azota con calores y sequías, nos recuerda que su nombre original era “primer verano”. Canículas espurias a veces más feroces que las legítimas. “¡Ahí viene l’agua!” era una expresión feliz porque así es la felicidad: nos empapa, pero no tarda mucho en evaporarse. Esa era una razón para cuidar el agua cuando la había en abundancia. La otra razón era que sacar agua del pozo representaba un esfuerzo, y si algo se sabe por puro instinto en el medio rural es la economía ergonómica. No es la ley del menor esfuerzo sino la optimización de la energía. El baquetón no es perezoso, administra el ocio.

En la economía rural del norte de México, el agua es indispensable. Aunque abunde nunca sobra. No hay excedentes. Hasta un tenaz charco con tepocates es útil. En Nuevo León acabamos de sufrir una acalambrada épica. La imprevisión, la incompetencia, la corrupción, nos pusieron en la disyuntiva de cambiar el auto por un camello, el sombrero por un turbante, y la chaqueta por un thawb. Aunque casi se ha regularizado el abastecimiento diario, no coincido con el gobernador García sobre el fin de la crisis. Apenas fueron las primeras ronchitas de la viruela. Los cortes de agua no fueron la crisis. Antes de eso ya nos faltaba agua. Sí coincido con el joven gobernador en que es una crisis heredada, pero tampoco vio venir el desabasto.

En tiempos de su bronco antecesor (el pescado enjabonado de las iras de este gobierno), también estuvimos en un brete por causa del agua. Se generó en aquella camarilla de “gobernadores opositores” y, más especialmente, en Chihuahua. Allá la sequía era además por el uso agrícola excesivo, la elección arbitraria de la producción, y las ventajas criminales para grandes terratenientes emparentados políticamente con algunos partidos. La coalición de mandatarios se disolvió, pero el problema del agua no ha sido resuelto. Aquí, en Nuevo León, se sigue exhibiendo a los consumidores domésticos como despilfarradores. La llevamos todos, aunque el gobernador critica especialmente a los ciudadanos de Santiago y San Pedro. Para ser franco, no he contado los litros que gastamos en casa. Primero, porque el costo mensual era muy bajo y muy estable. Además, durante bastante tiempo no hubo agua qué gastar.

Aunque el aumento en los recibos de agua inició desde tiempos del Bronco, justo durante la sequía, y con poca o ninguna agua en las llaves, el costo del recibo se incrementó al doble. Es decir, no subimos nuestro consumo de agua, subieron las tarifas sin decirnos “¡agua va!”. Algo que tengo entendido hay que agradecer a los legisladores locales que padecemos, que igual repartieron pipas con agua que aumentos de tarifas. Ahora, el gobernador García nos sale con la novedad de que debemos ser “Ciudadanos de 100”. Esto es, que no subamos nuestro consumo encima de los cien litros de agua al día. Me parece bien, pero me parecería justo si además los recibos tampoco subieran encima de los 100 pesos, que de por sí son muchos pesos para un servicio público que también es un derecho humano. Si durante años en Agua y Drenaje se trasvasó dinero, no veo por qué los ciudadanos, que pagamos rigurosamente nuestros recibos, debamos cubrir el daño que otros causaron al erario.

Comprendo que la obra “milenaria” que planea el joven Samuel para evitar el desabasto necesita recursos. Pero, por qué deben los ciudadanos pagar por los delitos de los funcionarios. México es un país en donde se puede llevar a proceso a un funcionario corrupto, pero además de exhibirlo y guardarlo un tiempo en una cárcel, no le quitan un céntimo del dinero que se robó. Sí, “robó”, porque existen todo tipo de variantes y eufemismos en la legislación sobre los delitos de servidores públicos, pero en el fondo todo es robo, ¡rapiña vil! Sin enmendar el daño al erario, toda condena, por más escandalosa que sea, es llanamente impunidad.

Debo acarar que sí estoy de acuerdo con la campaña de los cien litros. No se acabó la crisis, así nos caiga una docena de huracanes. Debemos ser mesurados y adaptarnos a la naturaleza, porque a la naturaleza no le importamos nosotros, ella hace su chamba y le importan más los charcos con tepocates. La profecía de Samuel de que “¡ahí viene l’agua!” no es una promesa sino una advertencia. El uso agrícola e industrial del agua también debe ser revisado y limitado. No pase lo que en Chihuahua, donde los mismos magnates siguen entripándose. No tenemos agua, la que hay no nos sobra, nunca nos va a sobrar. Si hay que dar agua a otros estados, habrá qué hacerlo. Pero que sea como con nosotros, contra recibo. Reduce tu gasto, optimiza tu uso, y si cumples con eso, entonces sí, toma el agua que necesitas; pero ni una gota para que la desperdicies en cultivos o procesos inadecuados, mucho menos que lucres con ella. En casa no podemos cambiar demasiado el uso que le damos al agua, en cambio la industria y el agro, locales o no, pueden y deben adaptarse. No es el agua que quieran sino el agua que puedan usar. Y así como a nosotros que nos endilgaron por ley una tarifa, también por ley restrinjan y condicionen a empresarios y productores agrícolas. Sin este tema resuelto, ninguna campaña será justa. Es decir, por más que nos digan “¡ahí viene l’agua!”, nunca tendremos suficiente, y nunca terminará la crisis.