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Por José Francisco Villarreal

Hace poco tuve una conversación con un buen amigo que luego me puso a meditar acerca de la pobreza. No la “pobreza franciscana” de don Andrés que, si revisamos la vida del “poverello” de Asís, sería tanto como indigencia extrema. Más bien la pobreza mexicana, tan peculiar. Perdonando la ligera invasión en el estilo del maestro Félix Cortés Camarillo, recordaba la canción “Pobre del pobre”, de Paco Michel, tocayo mío y de San Pancho, mi santo patrono. La canción habla de un fulano que se queja de que la novia se le casa con otro, por la minucia de que él no tiene dinero. Con lastimera resignación dice que es un pobre “que vive soñando un cielo”. Sin descartar su falta de solvencia económica, eso de pasarse la vida soñando, es decir, durmiendo, espantaría a la más tolerante Dulcinea. Sin embargo, es tan noble, que hasta se ofrece a cantar el “Ave María” en la boda de la fementida. ¡Qué patético! Son sólo unos cuantos rasgos de la fantasiosa pobreza mexicana y, aunque todos hemos intentado interpretar ese papel, nunca lo hemos hecho bien. La prueba está en que, a pesar de todas las adversidades, somos un país vivo, dinámico, una raza de supervivientes.

La pobreza se ha definido de diversas formas a través de los tiempos. Me quedo con una versión clásica, porque tiene qué ver con la realización de aspiraciones personales con la colaboración de la sociedad a la que se pertenece. Una actividad de colmena, con la salvedad de que cada ser humano es libre de decidir a qué aspira; sus únicas concesiones serían hacia esa sociedad. De esta reciprocidad depende la realización de todos los individuos de ese grupo. Pobre sería el que no logra realizar sus aspiraciones. ¡Pobre! Y quien le obstruye deliberadamente su realización sería un cáncer social, porque al bloquear a uno, bloquea a todos. ¡Méndigo!

Yo no sé si al predicar, también pensaba eso Jesús, hijo de José (regla de los pobres: padre no es el que engendra sino el que cría). La pobreza en el siglo I pudo haber sido distinta a la que nos dejan entrever los relatos bíblicos. Deliberada o involuntariamente, Jesús introdujo una polarización radical. Una verdadera hazaña en tiempos cuando no había medios venales, “mañaneras”, ni redes sociales. De aquellos sermones y prédicas, la pobreza se ha tergiversado tanto que de pronto se convirtió en una virtud, casi sinónimo de bondad. Por puros malabares de la Lógica y la Gramática, la riqueza sería entonces un vicio, la maldad. Esto no es cierto, pero es cómodo y a veces muy útil.

Los teóricos de la Economía y la Sociología serán más puntillosos en la definición de Pobreza en géneros, subgéneros, mutaciones y especialidades. En México sólo somos pobres, pero no de solemnidad sino bastante festivos y elusivos. Detrás de la intensiva polarización política que padecemos, tan estúpida como la de un “clásico deportivo”, está la pobreza real, que existe en todos los estratos sociales que inventamos precisamente para sacudirnos esa “mancha tan negra”, que cantaba don Lalo González. Como banqueros, estratificamos nuestra pobreza en función de los haberes, y evitamos astutamente los números rojos de los deberes. Lo que sea por despercudir cualquier mancha de pobreza en nuestro valor en el mercado de posiciones sociales.

En el fondo de la intensa polémica política por la pobreza en México, está una labor perversa de valuador agiotista. Se nos mide en pesos y centavos, no en aspiraciones, oportunidades y responsabilidad social de todos para con todos. La supuesta bondad inherente de la pobreza calma conciencias culpables, hace más fácil la única solución que se permite nuestro sistema económico: la caridad. Tal vez por eso muchos repudian los programas sociales surgidos de gobiernos federales, estatales y municipales. Es verdad que hay funcionarios vivales que lucran económica y políticamente con eso (y el lucro político es al final también lucro económico). Pero cada esfera de gobierno sólo cumple con una obligación milenaria. Hasta Mengzy (Mencio, Siglos III-II Antes de Cristo), ponía en primer lugar en importancia y valor a los campesinos (los pobres pues), y responsabilizaba a los gobernantes el procurar su bienestar. Si bien los campesinos no amasaban riquezas, sí las producían; eran la riqueza del estado. Al comerciante, al artesano,  a quienes su aspiración era amasar fortunas y consolidad poder, los mandaba a la posición más baja, por improductivos.

Los tiempos han cambiado. Lo sé. En la loca carrera por quitarnos la etiqueta de “pobre” de la frente, llamamos pobre a cualquiera que, en pesos y centavos, esté por debajo de nuestros ingresos. Monetizamos la sociedad. Cada ingreso lo usamos para ostentar el disfraz de no estar en la pobreza. Una riqueza pobre, en realidad: las aspiraciones limitadas sólo a no caer en la depauperación. Hasta las elecciones de profesión y de familia las hacemos depender de eso. Y hasta en nuestros propios términos de monetización social somos a fin de cuentas tan pobres como un pobrecillo pobre, porque sólo un puñado de fulanos concentran fortunas insultantes. Ningún presidente, gobernador o alcalde podrán revertir ese enorme daño en poco tiempo, si es que tiene la intención o los… tamaños, para hacerlo. Con la resignación del clásico pobre mexicano, debemos hacernos a la idea de que todos somos pobres, tal vez un poco méndigos, pero no mendigos, todavía no.

En cuanto a mí, y mi calidad genérica de pobre, soy bastante feliz con ella. Cualquier carencia estresa, pero agudiza el ingenio y desempolva la inteligencia; no hay un día aburrido para un pobre. Además, admitiendo la identidad cristiana entre Pobreza y Bondad, ya tengo ganado el Cielo. Aunque, después de vivir más de seis décadas en este agitado mundo, columbro que el Cielo me va a resultar insufriblemente aburrido.

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// José Francisco Villarreal

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Autor: stafflostubos
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