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Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

“El reportero está frente a la sustancia de una novela prodigiosa. La vida cobra todas las formas posibles, movida por apetitos, voluntades, amores y sueños. Los hombres pueblan un escenario inmenso, donde la pasión y el júbilo, el hambre, la satisfacción, el odio y la concordia tejen un drama abigarrado y multicolor. Músicas y sospechas, silencios y creencias, hipótesis e ideas, llantos y rumores, oraciones y blasfemias, todo sucede bajo la calma de una existencia con apariencia armoniosa o entre la tormenta.

“¿Cuántas vidas pasan ante lo ojos? La del rencoroso y la del sabio, el gesto del conspirador, la voz del poeta, el rictus del desesperado, la mano del artista, la pupila turbia del homicida, la figura del vanidoso, el perfil del sediento, el ceño del poderoso, la sonrisa del triunfador, la amargura del vencido… Efímeras fragancias de vírgenes de moda, glorias en ruina, bellezas perdurables, lujos agonizantes y colores difuntos.

“Muere el mundo al apagarse la última lámpara de la noche y nace de nuevo, a la mañana siguiente, con el olor a tinta nueva en la joven noticia. Y todo ello, cada tarde, debe llevarse a la cuartilla desnuda con palabras nítidas. En cada párrafo hay un destello del vivir cotidiano y un reflejo del universo fugitivo.

“Ardua, pero bella, fascinante, la tarea del reportero. Quien lo haya sido una vez, no dejará de serlo nunca. Se trabaja, a veces, al filo de la madrugada, en los rincones más sombríos de la noche, en medio de la luz de mediodía o en la hora violácea del crepúsculo. El mundo ofrece así todos sus aspectos, el hombre todos los escondrijos del alma. El reportero transforma en tinta todos los jugos de la vida, da aliento a los números e infunde espíritu a las palabras.

“Todos los días deja sobre el papel fragmentos de historia y, en muchas ocasiones, una palabra escrita hace percibir todos los ruidos del orbe. La geografía acaricia las páginas del destacado en misión lejana, la política deja oír su conjuro cuando un corresponsal transmite una noticia y la poesía, en ocasiones, estremece una frase.

“Con el negro de su tinta, el reportero debe pintar todos los colores sobre el planeta y más todavía: los colores no pintados jamás, ni nunca vistos. El color de una catástrofe o el de una apoteosis, el de un Domingo de Ramos o el de un Viernes de Soledad. Y del rumor de la redacción ha de traducir, en la cuartilla, himnos o elegías, andantes o scherzos.

“Se sabe de reporteros románticos y reporteros analíticos, mas no se reconocen los reporteros tristes, ni hay reporteros fundamentalmente escépticos. Todo reportero de verdad aspira alegría en los olores de las cosas y cree en la armonía de los seres. Todos los objetos poseen brillo ante sus ojos y en cada hecho se adivina un mensaje y un sentido. Todo se torna inteligible y conduce a la emoción. No existen los reporteros ciegos, ni los reporteros sordos.

“Cuando un reportero envejece, la nobleza desciende sobre su frente y asoma a sus ojos, reunida a una suave ironía. Ya conoce la edad de todas las glorias y el tránsito de todas las soberbias. Ha visto actos marchitos y hechos desvanecidos en el tiempo. Es testigo de historias muertas y fábulas deshechas. Un reportero viejo ha apurado sutilmente la sabiduría.

(…)

“Pero los viejos reporteros no han dejado a su alma envejecer del todo. Conservan en el fondo de ella una sonrisa y todavía contemplan a la escena humana con miradas perspicaces. Todavía son ágiles sus dedos en la máquina de escribir y hay frescura y fulgor en su mente.

“Cuando uno de esos viejos reporteros dirige un diario, sus columnas palpitan como las hojas de un árbol y circula por ellos una savia noticiera y lúcida.

“Cuando un reportero lo ha sido una vez, no deja de serlo nunca. Así son todos.”

José Alvarado. Excélsior, “Intenciones y crónicas”, 31 de enero de 1968.

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// José Jaime Ruiz

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Autor: stafflostubos
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