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Samuel Noyola: poesía que no desaparece

Con este rescate a dos voces, celebramos los 60 años del poeta cuyo retiro de las letras continúa siendo un misterio.

El reino de los sentidos: una antología desaparecida

En 2019 la UANL me propuso realizar una antología temática sobre la poesía de Samuel Noyola. Estaba por salir mi libro La decisión espiritual de elegir el camino incorrecto (un libro de poemas-homenaje a Samuel) y a los editores les pareció buena idea porque Netflix lanzaría pronto una serie basada en la historia de Noyola. Invité al poeta Eduardo Zambrano y nos pusimos a trabajar. El libro fue publicado junto con el mío, en 2020. Lo titulamos El reino de los sentidos e incluía la última entrevista que se conoce y una curiosa fotografía que nos tomamos allá por el año 2005. El documental y ambos libros se presentarían en todas las preparatorias y facultades de la Universidad, pero al poco tiempo los editores decidieron retirar la antología de circulación. Los pocos ejemplares que habían empezado a circular desaparecieron a petición de las hermanas de Samuel. Hoy, a manera de homenaje por su 60 aniversario, rescatamos algo de aquel proyecto porque vemos a Samuel y lo recordamos como nuestro amigo entrañable y admirado poeta, aquel que, entre otras cosas, rechazó la opción de la normalidad.

AAP

Vértigo cantado (por otros dos)

A)

Los verdaderos poetas son de repente:

Nacen y desnacen en cuatro líneas…

Gonzalo Rojas

Conocí a Samuel Noyola en la Casa de la Cultura de Monterrey, allá por 1982, bajo el auspicio del INBA, en el taller de creación literaria Pedro Garfias, que Ignacio Betancourt condujo con entusiasmo y tino.

En una fotografía publicada en aquel tiempo por El Porvenir, son evidentes los 18 años de Samuel, con ese gesto de aburrimiento y arrogancia que solo en la juventud es permitido. Gran parte de los poemas de su primer libro, Nadar sabe mi llama (SEP, 1985), fue leída en ese taller.

Recién desempacado de la Revolución sandinista en Nicaragua, abrevando de un país que destaca por sus odres poéticos, resultaba imposible no quedar encandilado por sus versos. Si todos los poetas son como Noyola, pensé, ¿qué demonios hago aquí? Afortunadamente, no todos los poetas son como él. Entonces me sentí con la oportunidad de conversar y escucharlo. ¿Qué estás leyendo? A Gonzalo Rojas, me dijo. Era cuatro años menor que yo, pero había leído como cuatro veces más. 

Anécdotas hay muchas. Me quedo con aquella cuando fuimos publicados en la revista Vuelta (julio de 1984), en uno de esos juegos que Gabriel Zaid o Ulalume González de León se inventaban en “La vida (a)leve”. “Las 200 letras” invitaba a hacer una décima, que cumpliera no solo con los pormenores del formato, sino que fuera compuesta por 200 letras. Samuel lo dijo así:

Hizo un soneto muy nítido
Gabriel Zaid y quiere
un lector terco (de lúcido)
para decimar (cual hiere
orgullo del contador)
doscientas letras. En eso
voy cuando de flirteador
peco: sílaba que beso.
Paro. Sumemos las cuentas,
y verás que son doscientas.

Después de esa publicación, a Samuel Noyola se le metió en la cabeza ir a la Ciudad de México para conocer a Octavio Paz. Ya sabemos que lo logró. El rigor del examen fue algo que pocos sabemos, pero Sam estaba ya participando en otras ligas, en otros vuelos. En agosto de 1987 publicó en la revista Vuelta su conocido poema de largo aliento: “Arcano cero”, y en 1993 apareció su segundo libro, Tequila con calavera, en el sello editorial de la revista.

Diez años después aparecería su tercer y último poemario: Paloma negra productions (Conarte/ Mantis editores, 2003), cuyo editor fue Armando Alanís Pulido.

En fin, creo que ya es tiempo de salirme de cuestiones anecdóticas y entrar en la esencia de este homenaje, una franca invitación a leerle o volver a leerlo. ¿Pero por qué Samuel Noyola es un gran poeta? No me toca a mí responder esto, mejor lo hace Ezra Pound en su libro El arte y la poesía. Palabras más, palabras menos, un poema es un discurso emotivo, llevado por un ritmo, potenciado por metáforas e imágenes, encapsulado en un lenguaje que no aspira sino a lo estrictamente necesario. Samuel Noyola, a diferencia de otros poetas, cumple cabalmente con esos cuatro criterios, sobradamente añadiría. Poemas de largo aliento o poemas cortos, como puñetazos, mi amigo lo hizo bien y con gracia, quiero decir: con genio.

La palabra “genio” es una connotación que incomoda a algunos escritores, porque se tiene que trabajar (esforzarse) para encontrarlo, lo cual es loable. Hay otros, como Samuel Noyola, en los que el genio estaba con ellos. Así de simple.

Igual todo esto es una exageración y su poesía no necesita elogios sino lectura.

De hecho, se ha hablado ya lo suficiente de su vida. Es hora de volver a su obra. Como un merecido homenaje, en 2011, bajo el auspicio de Conarte y El Tucán de Virginia, apareció Poesía reunida. Años más tarde, se publicó una sensible memoria y selección de sus poemas a cargo de Edith Noyola, su hermana (El Tucán de Virginia, 2021).

Alguna vez, Armando Alanís Pulido y yo visualizamos una antología temática de la obra de Samuel. Entrevimos algunos ejes como el oficio, la ciudad, la mujer y el amor, la nostalgia, y sus tres poemas de aliento largo que cobijaron cada publicación. Por distintas razones, este proyecto editorial no trascendió, pero igual lo tenemos en mente ahora que el poeta cumple 60 años.

Por ahora no hay más qué decir, solo agradecer a Samuel Noyola su poesía. Dejo en su cumpleaños, como reconocimiento, estos versos:

SN–Samuel Noyola

Desaparecer en la luz

                       y con la luz

para entrar al hoyo negro del mito

y la poesía.

Desaparecer en el tiempo

pero ser el pasado

y el futuro

del presente eterno de la página

en los ojos del lector.

Desaparecer es una palabra

que no ha podido desaparecerte,

lo más probable es que antes de nacer

amistaste con los dioses.

Seguro por eso aún estás aquí

puliendo hasta la locura unos versos,

y esa será tu presencia, tu gracia.

EZ

Autorretrato de Samuel Noyola. (Cortesía)
Autorretrato de Samuel Noyola. (Cortesía)

B)

Pensé realizar este trabajo junto a Eduardo Zambrano no porque hemos hablado demasiado de las leyendas urbanas y anécdotas que tuvimos con nuestro amigo Samuel Noyola, sino porque hemos conversado muchas veces sobre su obra. Por increíble que parezca, encuentro muchas coincidencias entre Samuel y Eduardo, pero quiero destacar una que acá entré nos facilitaría este hermoso encargo: la disciplina. En Zambrano es natural, puntual en la brevedad y justa en su poética. En Noyola la entiendo en el sentido del atrevimiento riguroso de mezclar las formas clásicas y el verso libre.

Conocí a Samuel en 1989, cuando asistió a una lectura de poemas que realizamos algunos jóvenes poetas en algún lugar del Barrio Antiguo en Monterrey. Al final me abordó y me invitó a tomar unas cervezas en el Bar Galaxia. Pagué la cuenta y algunas deudas del poeta contraídas con anterioridad. Samuel me defendió de unos mariachis borrachos que me buscaron pleito con una capacidad de mediador y convencimiento increíbles. Yo era inocente, pero eso no importaba ante sus argumentos acompañados por versos de Rubén Bonifaz Nuño. Después de salvarme, prometió defenderme siempre y así lo hizo hasta que dejé de verlo en 2005.

Era cuatro o cinco años mayor que yo y lo acepté (para estar ad hoc con nuestro primer encuentro) como lo que era en toda su extensión: una galaxia.

Con los años y nuestra amistad reforzada llegó a decirme que yo era el único que le había abierto las puertas de mi corazón y de mi refrigerador. Disciplinadamente, llegaba a mi casa todos los martes, conversaba con una fotografía enmarcada que tengo de Octavo Paz y después leíamos poesía y corregíamos nuestros textos. Ahí tallereamos unos libros en conjunto, trabajamos Paloma negra produccions, libro del que fui editor y logré incluir en una colección donde aparecieron quince poetas de Nuevo León. La colección se llamaba Árido Reino y la publicaron Mantis editores y Conarte.

Pero no se trata de indagar en su personalidad seductora. Noyola está desaparecido desde hace algunos años y nadie conoce su paradero. El mito se expande y también los críticos de sus logros. Por eso esta revisión obedece a que estoy convencido de que se le debe leer sin concesiones, y lo que percibo de su obra es el tumulto de su voz, que consiguió idealizar el goce de los sentidos y forjar un reino. Lamento la decisión espiritual que Samuel eligió para ausentarse, pero creo que queda agradecer la amorosa rabia que le tuvo al mundo y que dejó concentrada en sus poemas. Samuel es de todos y de nadie, Samuel es su poesía. Eduardo y yo así lo entendemos y estamos convencidos de que sus poemas nunca van a desaparecer.

Doy (como tu decías, Sam) “un alto ladrido” en tu honor e intento describirte cantando este vértigo:

Soy un soberbio tigre agradecido

si muerdo algo es el abismo de los días.

Soy un alquimista del alma

enamorado y desesperado que escribe versos de amor.

Soy un telescopio que apunta hacia la verdad.

Soy el sueño de un amigo al que golpeo en sueños.

Soy elocuente como mi exhibicionismo.

Soy el coro de la tragedia que afina mi garganta.

Soy, no sé si sea un exceso decir esto: un exceso

Soy el que persigue a la lumbre.

Yo loco, solitario exaltado, vagabundo enloquecido

Combato una más de mis guerras.

Yo arcano menor de la palabra, tren fantasma, yo vértigo.

Yo Samuel. No yo

la

circunstancia.

AAP

Ars con página y pétalo: sobre el oficio

El poeta debe mostrarse cuando menos como la bestia milagrosa y, en sus mejores momentos, como el hombre milagroso.

Wallace Stevens

Octavio Paz dice en El arco y la lira que la historia del hombre puede reducirse a las relaciones entre las palabras y el pensamiento.

Para Samuel, aventurero por naturaleza, la gran aventura fue el lenguaje mismo, al que respetaba como se respetan los oficios y entendía que a través de él las fronteras se vuelven borrosas y que eso, al mismo tiempo, le da claridad a las palabras. Para Noyola, el acto de escribir es un acuerdo con la plenitud.

AAP

El castellano

El castellano es el idioma más hermoso del aire.

Lo digo yo que vuelo

al silabear la palabra paloma

llamada por el deseo.

Como quiso Rimbaud

los clásicos entintaron mi sangre

fijando con preciosa precisión su vértigo

en endecasílabos, liras

que aplacan viento y gravitan la mar

sonetos como diamantes constantes

más allá de la muerte.

El castellano es el timbre más sonoro.

si no, consulte su estridente latín

Con las estrofas de Cántico espiritual,

que al oído del poeta siguen hablando despiertas.

Un rojo de semáforos late en mis sienes: la ciudad

En todo el mundo, no hay soledad como la de la gran ciudad.

Hellen Hayes

Hablar de la ciudad es decir una multitud.

Gente que es igual a nosotros pero no somos lo mismo.

El individuo en el tránsito de la ciudad es casi nadie.

Cuando el poeta enfrenta esa realidad se rebela y al mismo tiempo se revela: no soy nadie y sin embargo sigo siendo yo.

Samuel Noyola imprime su “yo” en medio de la urbe, solo, caminándola ensimismado.

EZ

La Gran Chilangoltlán

El brillo de una estrella falsa

Antenas de televisión

Unos pinos retratados en lo alto

La espalda plateada de un anuncio

Los calzones-bandera ondeando

en la azotea del edificio tezontle

Ceguera: la turbina del reactor

Samuel Noyola frente a las jardineras del Palacio de Bellas Artes. (Foto: Javier Narváez)
Samuel Noyola frente a las jardineras del Palacio de Bellas Artes. (Foto: Javier Narváez)

Memoria en llamas: sobre el amor y los recuerdos

Ya hace tiempo que quiero escribir sobre la duración; no un artículo ni una obra de teatro ni una historia.

La duración pide insistentemente un poema.

Quiero preguntarme con un poema, acordarme con un poema, afirmar y guardar con un poema lo que es la duración.

El poema de la duración es el poema del amor.

Peter Handke

Cuando uno se enamora, cuando uno quiere de golpe a algo o a alguien, se crea una historia que primero engloba a dos y después a todos. Los poemas amorosos de Samuel contienen esa sensación de cantar el vértigo (qué mejor definición para el amor que esa). La inspiración no fue para él un desafío, la llevaba puesta; y el amor, reciprocidad, conflicto siempre bienvenido, el amor fue siempre su coartada.

AAP

Coda fragante

—Adiós, Samuel, dijiste

Con un tierno acento salpicado de ironía.

Y yo mudo mundano quedé escuchando

el vacío interminable e intermitente del teléfono,

la noche acústica y universal

para la ciega orfandad de la oreja

ya viuda de todo consuelo.

Porque antes de abrir la más falsa excusa

a solo una hebra mortal en el salto del trapecio

alcancé a darme cuenta que, ni la muerte,

con toda su elocuencia y la podrida estela de su fama,

le hubiera pronunciado a la vida un adiós más hermoso,

como este de aire silbido que me diste

Fue entonces que partí y allí alegre y desamparado

dispuesto a defender mi amargura

aun en el más hosco destierro.

Tríptico de una épica: respirar la hondura

El grafiti encierra aunque marginal, asocial o como queramos llamarle, una retorcida épica.

Arturo Pérez Reverte

Los poemas de aliento largo llevan en su misma esencia una épica, esto es, una narrativa hasta cierto punto heroica que se abisma en lo sublime y con la resonancia de lo histórico (anecdótico) en la memoria.

Ya desde el siglo XIX, Walt Whitman hizo de este género un canto a sí mismo y su entorno más íntimo.

Noyola hace lo propio en “Nocturno a la calzada Madero”. Es una especie de odisea que lo llevará de regreso a casa, atravesando la ciudad de Monterrey por esa avenida que se alarga por más de cinco kilómetros y que por cierto es la vía para llegar de mi casa a la de Armando.

“Arcano cero” es más bien un saldo de cuentas con la vida misma del poeta, su pasado, su presente, su futuro.

“Nómada”, su último poema de largo aliento, es la historia de un desterrado, un bárbaro que literalmente reconoce la pena de no tener un lugar donde echar raíces.

EZ

Nómada

Un bárbaro descifra signos a la intemperie,

contempla fundaciones en la piedra del sueño:

de raíz garabato y fábula grabada.

Un bárbaro que carga paisajes calendarios

en la santa semana duerme con los olivos.

La Noche de san Juan llamea entre amapolas.

Un bárbaro devela sus armas con la luna

talladas en las fiestas del camino violento

Bebe su pensamiento: viejas botas de vino.

Un bárbaro sonríe o el sol cicatriza

los labios apagados y restaña la savia

de abrasada ceniza con círculo naranja.

Un bárbaro que graba su disco en la memoria

va trenzando los pasos con la cumbia del viento.

Diseña jeroglíficos de spray en la pared.

Un bárbaro cazando la mariposa-tigre

con la rama del chopo destronada en agosto.

La higuera es la guarida del mayate de jade.

Un bárbaro tentado por el promiscuo rostro

dibujado en mosaicos, vapor del baño turco:

los risueños demonios de la jeta guasona.

Un bárbaro llorando en un teléfono público,

escuchando en el walkman el duelo de las pilas

que afantasma los coros de los batos de Queen.

Un bárbaro leyendo bajo rojo semáforo

vocales del estrago que quedo deletrea

la A de la pirámide enterrada en la ciudad.

Un bárbaro entusiasta de la invención del fax

manda sanmiguelitos a números anónimos

(estridentes poemas acuarela la lluvia).

Un bárbaro que juega futbol americano

ya se sabe la treta que llaman caballada

relinchan los gandules porque esconde la bola.

Un bárbaro cansado cuenta con las estrellas.

El gélido Zodiaco resguarda desvelos

del ánima encendida que pide un aventón.

El bárbaro que debe votar por presidente

no tiene domicilio que lo haga ciudadano:

rinde su voto por la constelación de Acuario.

Un bárbaro borracho zigzaguea en el tiempo,

traza eses constantes de un baile primitivo,

danza para los dioses que dan la libertad.

Un bárbaro asoleado brother de las iguanas,

compadre melancólico de los camaleones,

insólito testigo del ojo del pitón.

Un bárbaro pasmado en la informática selva

o el cerebro del niño padece electroditis

aguda: apantallado por el Tyrannosaurus.

Un bárbaro demiurgo: antigua computadora

de los cinco sentidos con álgebra sellados

—microfilmados dados, la huella de los dedos.

Un bárbaro Hanuman saltando sobre hirvientes

oleajes del esperma, mitológico mar.

Safo contra las peñas del salto Leucadiano.

Un bárbaro que bebe cerveza de alambique,

fabricada por ángeles en pleno desierto:

sabe a la luz destilada por 28 secretos.

Un bárbaro extranjero en la corte de Bohemia.

Lector de los Emblemas, el idioma de magos:

alfabeto disperso que la mirada junta.

Un bárbaro de loco atónito en el barranco

—el cayado, un reloj, señala puros horarios—

juega que es empujado, seguido por un peso.

Un bárbaro invitado por la banda letrada,

infiltrado con pluma silvestre entre las hojas,

publicada serpiente que se muerde la cola.

Un bárbaro volando sobre Antártida ahogada

extraña los callados callos de sus pies móviles,

demanda a la azafata mejor tequila triple.

Un bárbaro becado perdido con los moros

del costo, el chocolate y el haxix madrileños,

discreto vende muestras de nieve colombiana.

Un bárbaro iniciado que escala un monumento

usa como pretexto los versos del Heráclito

cristiano. Una rotonda: la estatua de Quevedo.

Un bárbaro jalando de barman en la playa,

los 22 arcanos le sirven de tarjeta,

bebe de margaritas y barajea las cartas.

Un bárbaro lanudo (también sin lana) vuelve

—astro desorientado cae brillando de ausencia—

a la patria del viento, corazón siempre en llamas.

Un bárbaro tatuado venadea a la bárbara.

La flecha de la sangre dirige los sentidos,

imanta los espacios con el fuego del nómada.

Nota de Samuel Noyola a Eduardo Zambrano. (Cortesía)
Nota de Samuel Noyola a Eduardo Zambrano. (Cortesía)

Gabinete vacío o desaparecer en la luz (miscelánea)

Donde reina la lucidez la escala de valores es inútil.

Albert Camus

La luz es un lugar común. Todos los días amanece y hay luz que se desvive por vivirnos. Desaparecer en la luz es otra cosa muy distinta, es como una especie de magia: no hay duda luminosa.

Se cierra este homenaje, esta muestra de su poesía, con un poema que fue profético. ¿Samuel está vivo o está muerto?

Samuel ha desaparecido en la luz y punto.

EZ

Romance del suspendido entre el sí y el no

Suspendido entre el sí y el no

¿a quién dices que no para decirle que sí?

Por un equilibrio así

han cojeado muchos cantos,

congelado mil encantos

y teñido otros acentos

del óbolo del acierto

y la fiebre del error.

¿A quién le dices que sí

para decirle que no?

¿A las piedras estrelladas que son los signos del cielo?

La hermosa monstruosidad de los insectos

Samuel me dijo que NO en ese lugar de la Ciudad de México, que Paloma negra productions lo iba a editar Enrique Krauze en varios idiomas y que le iba a pagar una lanota.

––Miles de dólares, poeta, miles de dólares, man. Pero te haré una lectura si seguimos bebiendo.

—Va —le contesté.

No recuerdo mucho, solo que al final una mujer que siempre lo acompañó en la lectura me dijo sonriendo:

—Yo tengo en archivo una copia de ese libro. Dame tu correo y lo descargamos.

—De una vez —le dije.

Así que bajamos el archivo y ya tenía el libro en mi computadora. Regresé a Monterrey con un plan y con un libro que desde su primera leída considero un clásico de la poesía mexicana contemporánea.

El libro apareció publicado a finales de 2003. Meses después, Samuel me llamó por teléfono (por cobrar) a mi casa:

—Óyeme, poeta, ¿o sea que ahora eres mi editor? —me dijo con voz amenazante.

—Pues sí… —contesté temeroso.

—Chingón. ¿Y de qué color es el libro?

—Amarillo.

—¡Amarillo! —gritó Samuel desde el otro lado.

—Sí. Brillante como tus poemas, brillante como el sol de Monterrey.

—Sobres. Eso me late, pero de cualquier manera voy a demandar a los de Conarte.

—Eso me encantaría —le dije.

Supe que Samuel habló por teléfono (a los del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León) y asustó a un par de burócratas que decidieron guardar los libros en una bodega. Cuando acudí a las oficinas para solicitar los ejemplares que le correspondían al autor, me entregaron una cantidad considerable de libros en varias cajas (supongo que era el total de la edición). Se acercaba la feria del libro y aprovecharía para ponerlos a la venta. Vendí muchos. Samuel había creado un mito en torno a su persona. “El poeta maldito de Monterrey”, escribí en una pequeña cartulina junto a una copia de un dibujo de una calavera que Samuel había dibujado cuando me autografió Tequila con calavera.

Casi un año después una inconfundible voz me recitaba el poema “Me divierte la muerte cuando pasa” de Gonzalo Rojas para inmediatamente decirme:

—Eres mi hermano, si no fuera así te partía tu madre.

“¿Cuándo vienes?”, me dijo eufórico en otra llamada telefónica por cobrar que hacía desde la casa de su hermana en el entonces DF. Aproveché para informarle sobre el éxito de ventas que era Paloma negra

—La próxima semana ahí te caigo, te llevo algunos ejemplares y el dinero de algo así como tus regalías.

—Sobres, sirve que te digo personalmente algo muy importante que voy a hacer —y colgó.

Samuel me recibió en el aeropuerto y ahí mismo le entregué el efectivo y dos cajas de libros.

—Oye, Sam, siempre he pensado que un poeta en algún momento de su vida debe de lucir como un indigente pero creo que tú ya alargaste esa etapa.

—Es un camuflaje, mi buen, detrás de esta facha de buen hombre se esconde nada menos y nada más que un buen hombre.

La gente nos miraba raro porque nos veíamos muy sospechosos. El intercambio de dinero y cajas, sumado a la efusividad de Noyola, no pasaban desapercibidos para nadie. En ese acto me regaló, como parte del trato, una apestosa gabardina de color purpura.

Tomamos un taxi y nos hospedamos en el hotel Canadá en el Centro Histórico, compramos detergente para lavar la gabardina, muchísima cerveza, hielo, dos botellas de mezcal y una de tequila y nos enclaustramos un par de días para charlar de poesía y de planes futuros. En algunos momentos le recordé que tenía que decirme algo importante y siempre respondía con versos de Rubén Bonifaz Nuño.

—Mira, poeta, sabes que “La imprudencia ejerzo del que, a tientas ensangrienta espinas, pretendiendo gozar la flor de la biznaga”. No comas ansias, ya te contaré, ya te contaré —terminaba diciendo ante mi insistencia.

Cuando la bebida se acabó decidimos irnos de paseo. Salimos a desayunar y entramos a un restaurante de un hotel frente a la Alameda. Al salir, abordamos el turibús. Samuel seguía bebiendo, su reserva estaba en una anforita de metal que tenía grabada la leyenda “Bébete la poesía”. Me dijo que la había ganado en una partida de póker en Buenos Aires y que había pertenecido a Roberto Juarroz. Ahora platicaba con dos bellas turistas francesas. Las hacía reír. El guía de turistas le llamó la atención porque estaba bebiendo. Samuel le contestó en francés y discutieron en francés. Las turistas lo defendieron, luego se asustaron y le dieron sus correos electrónicos escritos en un papelito y se bajaron en el Auditorio Nacional. Noyola sonreía y me dijo en francés:

—Son las dueñas de una librería de viejo en París. Les dije que tengo los tres tomos de Antologhie des poétes française contemporains, de Walch, en la edición de 1910, y mañana me ganaré 600 euros y una cena en Polanco y, haciendo cuentas, al menos ocho besos…

Inmediatamente después entabló una larga charla (ahora en alemán) con un hombre que venía sentado hasta el fondo y que después supe era periodista. Yo los observaba sin entender nada.

—Estamos platicando de poesía —me dijo al ver mi cara de sorpresa. El periodista abrazó efusivamente a Samuel y se bajó cerca de una tienda de tarot que le había recomendado. Noyola se me acercó—: “¿Qué cuál lector anhelo? Al que cándido me olvida y olvida al mundo también y solo vive en el libro”. Goethe es Goethe —gritó y el guía de turistas le volvió a llamar la atención. Discutieron ahora en español y Samuel le rayó la madre en varios idiomas.

Después me dijo:

—Yo aquí me bajo, brother.

Cuando lo vi desde el segundo piso del turibús pensé dos cosas: que no me dijo la cosa importante que tenía que decirme, y (no sé por qué) que ya no volvería a verlo nunca más.

Desde la calle me gritó: “La poesía está en la calle”.

Pensé bajarme y darle un abrazo. El turibús arrancó y la figura recostada se fue haciendo chiquita, luego un puntito… Recordé lo que me dijo al final de la entrevista que le había hecho unos días antes: “Soy un insecto on the road”, y pensé en la hermosa monstruosidad de los insectos.

Escrito de Samuel Noyola. (Cortesía)
Escrito de Samuel Noyola. (Cortesía)

AAP

Un bárbaro descifra signos a la intemperie (entrevista)

¿Qué es para ti la poesía?

Hay una referencia tácita que cultivo que es la definición de logos de Sócrates, que relaciona todas las sensaciones con el mundo. Creo que la poesía no tiene forma ni fondo y ahí sí me lanzo contra los académicos y contra los teóricos de la poesía: la poesía se hace con palabras o es un acto sin palabras, la poesía siempre está presente, como una definición personal y a la vez un aforismo. La poesía es una imagen que está sellada; tiene una cadencia sobre el tiempo.

¿A dónde te ha llevado la poesía?

Me ha llevado a contraer no un compromiso, sino una especie de experiencia que a su vez me lleva a construir frases en el sueño, a vivirlas personalmente en la calle, al aire libre, sin que tenga que escribir un poema, y no apreciarlas de una manera estética sino vivirlas desde un presente que tenga un contrapunto, porque los poetas dicen, queman el presente, el contrapunto sería una frase que conserve el lenguaje Yo escribo para expresarme. El proceso empieza como una sensación y dentro de ella hay una melodía que tiene una sintaxis y dentro de esa sintaxis trato de fabricar un poema que tenga un cuerpo, no que sea sensual, pero que tenga una presencia, no un objeto como dirían los estructuralistas. La presencia a la que yo me refiero tiene que ser musical.

Tú manejas las formas clásicas. ¿Eres un poeta inspirado?

En contra de nuestros mayores poetas vanguardistas, desde los franceses hasta los alemanes, pasando por los mexicanos, sigo creyendo que la inspiración existe. Concuerdo con Gonzalo Rojas cuando dice que una inspiración contrae una expiración y para expirar uno necesita escribir. Hablando de las formas: hay que cultivarlas como uno cultiva y cuida su peinado o su ropa, como uno cultiva su imagen, pero eso no tiene sustancia o no perdura —otra vez— sobre el tiempo si no tiene una cadencia, una melodía.

¿Te aplicas a lo formal para buscar un fondo en el lenguaje?

No soy un fetichista de la forma, la he estudiado dentro de los grandes clásicos de la lengua castellana desde Francisco de HerreraMiguel de Cervantes, mi querido Arcipreste de Hita.

Hay que cabalgar sobre esa forma, lograr lo que quieres expresar. El dominio no es sobre la forma, el dominio es que la forma sea un molde para poder amplificar en un sentido acústico tu mensaje.

Tu obra publicada es breve.

Pero acechante, como dice la cuarta de forros de Paloma negra productions, que tú me hiciste el favor de escribir. Suelo escribir mucho y ya cuando realizo una cosa que se llama poema representa para mí una especie de dibujo arquitectónico de lo que quise expresar en el momento en que lo fabriqué como un objeto, no textual, como dicen los viejísimos estructuralistas, que aportaron mucho a la observación de la lingüística pero envejecieron mucho también. Para mí, escribir un poema es como decir buenos días con toda la carga que la frase tiene. No hay una ilación entre mis libros, es cierto, por la simple razón de que escribo poemas, pero, como conjunto, Nadar sabe mi llamaTequila con calavera y Paloma negra productions, forman un ensamble.

¿Cómo te defines a ti mismo?

He vivido bajo la piel de los días intransitables que son los que no tienen tiempo, trato de ser amigo de mis amigos, soy un insecto on the road. (Palacio de Bellas, 2005.)

Te queremos desaforadamente (la curiosa foto)

Después de la entrevista, Samuel y yo fuimos a almorzar a un lugar por los rumbos de la Alameda Central. Nos acompañaba el fotógrafo Javier Narváez que ese día le había hecho una sesión de fotos. Al poco rato nos dimos cuenta de que entre los comensales se encontraba Andrés Manuel López Obrador, quien en ese entonces era jefe de Gobierno de la capital y que enfrentaba una persecución política que amenazaba con quitarle el fuero. Al darse cuenta de su presencia, Samuel empezó a gritarle desde nuestra mesa:

—Peje, Peje… Acá, acá, somos poetas norteños…

López Obrador solo asintió con la cabeza. Algunos presentes empezaron a incomodarse y a pedir silencio. A Samuel poco le importó.

—Estamos con usted, los poetas estamos con usted. López Obrador seguía almorzando y conversando con Martí Batres, que lo acompañaba, hasta que Noyola volvió a gritar:

—Peje, te queremos desaforadamente.

López Obrador volteó sorprendido (y sonriente) y nos hizo una seña para que fuéramos a su mesa. Ahí platicó un poco con nosotros y junto a Samuel recitó un poema de Pellicer que ambos se sabían de memoria. Luego Javier Narváez nos tomó una foto.

(Casualidad o no, López Obrador usaría esa frase para cerrar su discurso contra el desafuero en el Zócalo de la Ciudad de México.)

Fuente:

// Con información de MILENIO

Vía / Autor:

// Armando Alanís Pulido y Eduardo Zambrano

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Autor: lostubos
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