La serie presume enfocarse en la fatalidad de caer en las garras de una psicópata, aunque se nutre de la contradicción afectiva y emocional del acosado.

Richard Gadd está en el top de las teleseries por Bebé reno, un relato de miseria e ignominia que sin querer (o sin darse cuenta porque lo que vende es otra cosa), evoca a Homero Simpson: rememorando el instante en que el patriarca de la familia amarilla de Matt Groening incursionó como apoyo de los Isotopos de Springfield, la crónica de su ascenso y caída en el bar de Moe instiga la atención de los borrachines que se regocijan y le aplauden la proeza de caer en bancarrota; publicó MILENIO.

Homero alcanzó sus quince minutos de fama warholiana cuando, al improvisarse como animador del equipo de beisbol del pueblo, lo reclutan para estimular a los hinchas del cuadro de Gran Capital. Homero falla por rústico e insípido. Lo abuchean a más no poder. Y avergonzado, lloriqueante y encuerado, el dueño de la franquicia lo manda de regreso a su terruño. La vergüenza es colosal. Sacó a la familia de la zona de confort. Los llevó a esa gran urbe que tanto se parece a Nueva York, solo para que atestiguaran la rechifla y el menosprecio de la muchedumbre, para luego volver al pueblaco del que jamás debieron de salir. Al final de su confesión, en la taberna atestada de beodos y buscavidas, Moe le pide que cuente por segunda vez su patética aventura, y Homero responde de corazón: “No sé por qué las historias de fracaso y humillación lo hacen a uno tan popular”.

¿Por qué la anécdota de Homero Simpson, se preguntarán quienes han visto la miniserie británica de Richard Gadd (entre las diez más populares de Netflix), si lo que narra es el acoso y su retorcida maquinaria que sufrió por una chica rechoncha, fea y desquiciada? La respuesta es simple. El pobre diablo del personaje, Donny Dunn (el propio Gadd, porque él escribió y protagoniza el rol principal de su argumento), sabotea el victimismo al darle luz a la bipolaridad del mediocre, del ingenuo y el falto de seguridad y de amor propio.

Bebé reno tira el anzuelo del acoso. Martha, una mujer rolliza y entrada en años, llega a un pub. Acapara el taburete que solo un consumidor puede ocupar, y como no tiene dinero, el comedido barman Donny le obsequia un té. De ahí, la patética mitómana se prenda de él, y empieza a visitarlo y a enviarle cientos de mails fingiendo que lo hace desde un iPhone que no tiene, se apersonará en la casa en la que Dunn vive de prestado (es el hogar de su ex suegra) y después se plantará frente a la calle para hostigarlo.

Martha invade su centro de trabajo. Sus redes sociales. Sus vínculos familiares, y sus otras relaciones. Martha es un monstruo pero… resulta que el tal Donny es un monstruo peor que ella (monstruo viene de monstrare, lo que se muestra), pues resulta que tiene un pasado y un presente que lo avergüenza. Él mismo estropeó cada una de las cosas que sostenían su mundillo de empleado de pub y de comediante fracasado (igual que Arthur Fleck, El guasón, le va mal en el stand up pero no solo por desabrido sino por ingenuo y ambicioso, al transgredir los límites con un abusivo productor), y naufraga al asumir su orientación. Enamorarse de una mujer trans le acarrea males mayores, así que el talón de Aquiles queda expuesto.

Bebé reno presume enfocarse en la fatalidad de caer en las garras de una sicópata, aunque se nutre de la contradicción afectiva y emocional del acosado pues, por un lado, expone la angustia, y por otro, el curativo poder de la alabanza permanente para un ego lastimoso.

¿Cómo se alivió de sus pesares Donny Dunn? Al echar a perder su número de stand up, cambiando los chistes por una confesión pública sobre su propia miseria e indignidad, se vuelve un personaje viral. Martha y su demencia y su loco acoso fueron el percutor de la catarsis que ese tipo necesitaba para aceptarse a sí mismo, para ocupar su verdadero lugar en este mundo. No obstante, tuvo que humillarse.

Lo siento, despistado lector, pero sería absurdo dar más pistas o el spoiler completo de una historia en la que el personaje principal no es la víctima sino un farsante colosal. Usted tiene la última palabra.