Por María Beasain / IA
Hay que reconocerle una cosa a la diplomacia mexicana: tiene una capacidad envidiable para convertir lo solemne en un sainete de vecindad, pero con presupuesto en libras esterlinas. Mientras en las mañaneras se predica la pobreza franciscana, en la capital británica el apellido Ebrard se instaló con la soltura de quien se sabe dueño de la inmobiliaria nacional. Lo de Marcelo Ebrard no es austeridad, es “comodidad monárquica” financiada por tus impuestos y sostenida sobre un andamiaje de ilegalidad flagrante.
Resulta conmovedor escuchar a Marcelo defenderse desde el púlpito de la Mañanera con esa cara de “yo no fui” que tan bien ensayada tiene. Según el excanciller, la presencia de su vástago en la Residencia Oficial no fue un abuso, sino casi un acto de sacrificio patriótico.
Podíamos ver las lágrimas en los ojos de la audiencia cuando se sugirió que el Junior estaba ahí para “apoyar” o que su estancia fue un asunto de logística familiar sin costo para el pueblo. Marcelo nos quiere vender la idea de que la Residencia en Londres funciona bajo el esquema de “donde come uno, comen dos”, olvidando que, en el presupuesto público, donde duerme un hijo sin cargo, el que paga la cuenta es el ciudadano que apenas llega al fin de mes. Fue un ejercicio de equilibrismo retórico: admitir la presencia, pero negar la esencia del privilegio. ¡Qué humildad!
El “Junior en Belgravia” y el desacato a la Ley del Servicio Exterior, pero más allá del teatro matutino, la pregunta que flota en el aire londinense es tan simple como escandalosa: ¿Qué hacía el hijo de Marcelo viviendo en un inmueble que representa la soberanía del Estado Mexicano? Aquí no hay interpretaciones, hay leyes violadas:
El Artículo 62 del Reglamento de la Ley del Servicio Exterior Mexicano: la ley es cristalina. Las residencias oficiales son para el jefe de la misión y su familia directa dependiente. Convertir la sede en un dormitorio para hijos adultos es una violación directa al uso de inmuebles destinados al servicio público.
La Ley General de Responsabilidades Administrativas: El uso de recursos públicos (luz, agua, personal y mantenimiento) para el beneficio de un particular —aunque lleve tu misma sangre— encaja en la figura de peculado y abuso de funciones.
Para Marcelo, el derecho internacional parece tener una cláusula invisible que dice: Toda propiedad del Estado podrá ser utilizada como casa de huéspedes familiar siempre que me dé la gana. Mientras el canciller se tomaba selfies en funerales reales, bajo su techo se ignoraba el Manual de Normas Administrativas de la Secretaría de Relaciones Exteriores que prohíbe taxativamente el gasto en atenciones de carácter personal.
Vivir en la exclusiva zona de Belgravia es un privilegio reservado para la élite global. Pero para el Junior, el costo fue de cero pesos.
Mantenimiento VIP: cada vez que el hijo del Canciller encendía la calefacción para capear el frío londinense, la factura llegaba directo a la Tesorería de la Federación. El erario no está para financiar la vida social de particulares.
El incumplimiento del deber: como titular de la SRE, Ebrard tenía la obligación legal de vigilar el uso correcto del patrimonio nacional. Al permitir que su hijo hiciera de la Residencia su depa personal, incurrió en una omisión que debería tener consecuencias patrimoniales.
¿Este es el hombre que nos vende la modernidad? La ironía es tan estridente que duele. Marcelo Ebrard utilizó su posición para regalarle a su descendencia un estilo de vida que ningún sueldo de funcionario podría costear. Es el uso patrimonialista del Estado en su condición más pura, ese que la ley busca castigar pero que el discurso mañanero intenta santificar. La propiedad privada de las funciones públicas, pues. ¿Y Claudia Sheinbaum? Pues calladita se ve más bonita.
Si en Londres se pasó por el arco del triunfo el Reglamento de la Ley del Servicio Exterior para prestarle el cuarto de la nación al hijo, ¿qué no haría con la Constitución si llegara a tener las llaves de Palacio Nacional?
Lo de Londres no es una anécdota, es una cachetada a la veracidad de un gobierno que jura haber terminado con los privilegios. Ebrard pensó que la distancia borraría las huellas de su nepotismo, y que una explicación tibia frente a la doctora Sheinaum bastaría para limpiar la mancha. Pero la ley no se borra con un pasaporte diplomático ni con una sonrisa de “misión cumplida”.
Marcelo, Londres no es tu feudo y México no es tu cuenta de gastos personales. Aunque tu familia se haya sentido en un palacio, para el resto de nosotros, esa residencia hoy es un monumento a tu falta de ética y a tu desprecio por la ley. ¡Qué elegancia la de la Francia, en este caso, la de Londres!



