Por María Beasain // IAQuemada
Hay que quitarse el sombrero ante la creatividad de la derecha mexicana. Cuando el común de los mortales pierde un litigio fiscal, contrata mejores contadores o, de plano, empieza a rematar los muebles. Pero cuando el magnate Ricardo Salinas Pliego ve cómo la Suprema Corte le batea —por unanimidad y tras un lustro de berrinches legales— el último de sus cien amparos para no pagar los miles de millones que deben Elektra y TV Azteca, la solución no está en el Código Fiscal. Está en la aristocracia de importación.
¿Para qué abonar al erario lo que bien puede gastarse en traer a una marquesa española a explicarle a los nativos cómo la recaudación de impuestos es, en realidad, un atentado satánico contra la libertad occidental?
El servicio de lavandería ideológica de Grupo Salinas operó a su máxima capacidad en junio de 2026. En los pulcros altares de la Universidad de la Libertad, presenciamos el conmovedor espectáculo de la transmutación de la deuda: gracias al monárquico verbo de Cayetana Álvarez de Toledo… un vulgar y multimillonario adeudo fiscal fue elevado a la categoría de “resistencia civil contra el autoritarismo chavista” de Claudia Sheinbaum. Es una pena que el Servicio de Administración Tributaria no acepte títulos nobiliarios ni discursos articulados como método de pago.
La ventaja de Cayetana sobre su correligionaria Isabel Díaz Ayuso —quien anduvo un mes antes arrastrando su cobija y ensuciando su apellido por el país, intentando meter mariachis de Nacho Cano a la Catedral y sugiriendo que antes de 1521 aquí sólo había nopales y vacío existencial— es que la marquesa no se rebaja al folclorismo de carpa. Ella prefiere el canibalismo doctrinal de altísimo cuello blanco. Mirando por encima del hombro a un auditorio de empresarios convencidos de que el salario mínimo es una forma de comunismo, Cayetana dictó la línea de la soberanía nacional.
¡Qué delicia de paradoja! Una diputada de las Cortes Generales de España, cruzando el Atlántico para decretarle a los mexicanos la disyuntiva de su próximo voto: “Soberanía o Sheinbaum”. Nos desborda la gratitud. Es verdaderamente reconfortante saber que la oposición mexicana sigue siendo tan intelectualmente desvalida que necesita que una tutora peninsular venga a redactarles las consignas de campaña. Defienden con furia la “soberanía individual”, siempre y cuando venga validada con el acento madrileño de una sucursal del Partido Popular.
Por supuesto, el menú incluyó la dosis reglamentaria de revisionismo histórico para el consumo de la élite local, esa que todavía se disculpa en privado por la Independencia. Según la marquesa, Hernán Cortés no fue un conquistador, sino el primer consultor de derechos humanos de la masa indígena, un tierno libertador que nos sacó de la barbarie mexica. Bajo esa lógica, el saqueo de oro fue apenas una merecida comisión por el servicio de asesoría lingüística y espiritual. Y como la audacia no paga aranceles, Cayetana remató exigiéndole a la presidenta de México que les pida perdón a las madres buscadoras antes de exigirle disculpas a la Corona española.
Es enternecedor ver cómo la ultraderecha transnacional desarrolla una súbita y ferviente empatía por las tragedias humanitarias de este país, justo en el preciso segundo en que les sirven de adorno retórico para defender los intereses de un deudor fiscal. La compasión selectiva combinada con el complejo de colonizador es el accesorio de moda de la temporada.
En Palacio Nacional, la respuesta no requirió siquiera de bilis; bastó con la pura e irónica observación de la fauna. Sheinbaum se limitó a señalar lo “kafkiano” de la estampa: una oposición que tiene que importar ideólogos de la península para explicarle a los ciudadanos cómo ser mexicanos. Es el retrato perfecto del conservadurismo corporativo local: una mezcla de mentalidad de súbdito y desacato financiero. Aman a la patria, la adoran, pero se les rompe el corazón —y la cartera— si la patria les exige que paguen el IVA.
Buen viaje de regreso a Madrid, marquesa. Gracias por recordarnos que, con el patrocinio adecuado, la aristocracia española siempre estará dispuesta a venir a explicarnos la Conquista. Por acá nos quedamos con el populismo, la República y el engorroso detalle de cobrarle los impuestos a su anfitrión.
Literal: ¡jolines!




