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Lo que la FIFA se llevó

Por María Beasain / IAQuemada

Ha concluido el gran carnaval de las masas, la pirotecnia de la opulencia efímera, y el polvo finalmente comienza a asentarse sobre el territorio nacional. El Mundial de Futbol de la FIFA 2026 se despide de México dejando un eco de coros eufóricos, estadios vacíos con aroma a plástico nuevo y las arcas públicas con un vacío existencial difícil de maquillar. Nos dijeron que este evento nos pondría en los ojos del mundo, y ciertamente lo hizo: el mundo observó con deleite cómo un Estado soberano se desnudaba voluntariamente de sus facultades fiscales para complacer las exigencias de un selecto club de directivos suizos.

Para ilustrar la perfecta ironía de este magno evento, basta rememorar el agónico partido entre México e Inglaterra. Aquello no fue futbol, fue una sublime alegoría macroeconómica. Mientras los once elegidos locales corrían detrás del esférico como entusiastas contribuyentes persiguiendo una deducción de impuestos, la escuadra británica se desplazaba con la fría, implacable y milimétrica precisión de una auditoría de la FIFA. El partido terminó, de forma predecible, con un marcador adverso, pero coronado por un récord goleador nacional. ¡Qué delicia! Qué alivio saber que, mientras la periferia se seca, el orgullo nacional se infla con el aire de un balón reglamentario.

Por supuesto, el sector turístico formal y la hotelería de alto estándar vivieron su propio idilio místico. Los hoteles de cinco estrellas y los restaurantes de manteles largos capturaron picos históricos de rentabilidad transitoria durante los días de gloria. Las copas rebosaban de champán y las suites VIP albergaban a la aristocracia corporativa internacional. Una derrama económica tan focalizada, tan selecta y pura que, milagrosamente logró no contaminar los bolsillos del resto de la población.

Al cruzar los datos fiscales, la ecuación matemática adquiere tintes de tragedia azteca. La erogación de recursos públicos consolidó cifras de más de 63 mil millones de pesos al sumar los presupuestos de las tres sedes estatales para adecuar el entorno urbano al sagrado cuaderno de cargos de la FIFA. En una genial exhibición de alquimia financiera, transformamos este desmesurado gasto estatal en una derrama turística directa real que la agencia Moody’s estimó en apenas mil 30 millones de dólares para todo el país. Al aplicar la fórmula del absurdo macroeconómico, descubrimos que el erario funcionó como el perfecto portero descuidado de nuestra analogía deportiva: parado en el centro, mirando el balón pasar mientras la FIFA cobraba el penal sin oposición alguna.

La cúspide de la elegancia diplomática se alcanzó con la renuncia soberana a la recaudación fiscal. El Estado mexicano, en un arrebato de hospitalidad mal entendida, firmó un acuerdo de exenciones tributarias. Gracias a este milagro legal, las actividades comerciales de miles de millones de dólares organizadas por los corporativos transnacionales transitaron por territorio azteca con la pureza y ligereza de un fantasma, completamente libres de impuestos. Subsidiar indirectamente con dinero público a multinacionales multimillonarias es, sin duda, el verdadero deporte nacional de la era globalizada.

Mientras tanto, la productividad comercial general sufrió su propio calambre en el minuto noventa. Las empresas locales reportaron pérdidas cercanas a los 369 millones de dólares debido al ausentismo y al bajo rendimiento laboral de una fuerza trabajadora cuyo corazón latía al ritmo de los partidos, pero cuyo bolsillo permanecía estrictamente estático.

Los verdaderos estragos del torneo no se miden en las pizarras electrónicas, sino en el tejido social. La crisis habitacional y el despojo por gentrificación acelerada transformaron los vecindarios aledaños a los estadios en feudos exclusivos del arrendamiento temporal. Los habitantes tradicionales fueron expulsados con la misma frialdad con la que un árbitro saca una tarjeta roja, reduciendo sustancialmente el acceso a la vivienda económica para dar paso al turismo nómada de alta gama.

Pero el trofeo de la ironía macabra se lo lleva el extractivismo hídrico sistémico. En medio de una sequía extrema, el Mundial demostró sus estrictas prioridades humanitarias: se desvió el recurso hídrico del consumo humano local para satisfacer el mantenimiento continuo, impecable y milimétrico de los estadios, campos de entrenamiento y los complejos de hospitalidad VIP. Mientras el césped donde jugaba Inglaterra brillaba con un verde esmeralda casi insultante, miles de capitalinos en las periferias se sometían a rigurosos esquemas de tandeo y desabasto crónico. El agua, al parecer, prefiere el calzado de marca antes que la garganta del ciudadano común.

A nivel histórico, el balance del Mundial de Futbol 2026 en México devela que el verdadero partido se disputó fuera del terreno de juego, y perdimos por goleada antes de salir del vestidor. El legado físico en redes de transporte y el orgullo deportivo transitorio de un récord goleador nacional no compensan el desvío prioritario de presupuestos, la agudización de la sequía urbana de las periferias, la mercantilización precarizada del patrimonio artesanal y la asimetría fiscal que favoreció centralmente la acumulación de capital corporativo privado de la FIFA por encima de las necesidades estructurales de la población mexicana. Al final, la fiesta terminó, los invitados de honor se marcharon con las maletas llenas de dólares exentos de impuestos, y a México solo le quedó la tarea de recoger la basura, pagar la cuenta y prepararse para el próximo tandeo de agua.

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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