Por María Beasain / IAQuemada
El algoritmo de la ignorancia o cómo la UNAM privatizó su mediocridad por 42 millones de pesos
Hay que reconocerle algo a las autoridades de la Universidad Nacional Autónoma de México: su capacidad para convertir la burocracia en una comedia de terror avant-garde es verdaderamente inigualable. Para el ciclo escolar 2026-2027, la DGAE tuvo una epifanía digna de un consultor de Silicon Valley tras una sobredosis de microdosis: modernizar el concurso de selección haciéndolo 100% digital. Porque, claro, ¿qué podría salir mal al confiarle el futuro de 158 mil aspirantes a una computadora personal, una conexión de Wi-Fi tercermundista y el milagroso software de proctoring?
El resultado no fue una gesta de vanguardia tecnológica, sino un fiasco catastrófico de dimensiones épicas. Un espectáculo donde la incapacidad institucional se vistió de “solución digital” para terminar desnuda, avergonzada y marchando sobre Insurgentes Sur. Lo verdaderamente sublime de este sainete no es solo que el sistema haya colapsado, sino cuánto nos costó el espectáculo. La burocracia unameña no dudó un segundo en entregarle 42 millones de pesos a una empresa privada —Territorium Life— para que velara por la integridad de su certamen.
La autonomía universitaria consiste en delegarle la fe pública y la custodia evaluativa de la nación a un algoritmo privado incapaz de notar si el aspirante tiene una tablet pegada al monitor o a la tía dictándole las respuestas desde el pasillo. Ah, pero la arquitectura de seguridad era impenetrable, nos aseguraron. Teníamos el LockDown Browser, el sistema Proctorizer y una inteligencia artificial entrenada para detectar la desviación del iris, el titubeo de la voz y hasta el pensamiento sospechoso. La realidad, como de costumbre, fue infinitamente más ramplona:
- Lo que la IA prometía: Reconocimiento facial millonétrico y bloqueo infranqueable.
- Lo que la IA hizo: Cancelar el examen de 3 mil inocentes porque estornudaron o pasó el camión del gas, mientras ignoraba olímpicamente a redes estructuradas que resolvían la prueba con ChatGPT en un segundo monitor.
- El toque de comedia: TikTok lleno de tutoriales de tres minutos explicando cómo burlar un contrato millonario con un cable HDMI y un poco de astucia básica.
El resultado de esta proeza del solucionismo cibernético fue un espectáculo estadístico digno del realismo mágico. De pronto, la genialidad nacional floreció espontáneamente: los puntajes perfectos de 120 aciertos —que históricamente fluctuaban entre cero y cinco iluminados por año— se triplicaron mágicamente a 14. Nueve de esos cerebros bendecidos por la Providencia Digital se concentraron, casualmente, en la carrera de Médico Cirujano.
El 24 de julio, acorralado por el ridículo y el descontento masivo, el rector Leonardo Lomelí tuvo que hacer lo único que le quedaba: congelar las inscripciones de casi 22 mil 000 aspirantes seleccionados y anunciar una “Comisión Técnica” para auditar el desastre. Eso sí, cuidando con celo sagrado el Pase Reglamentado de los egresados de la Prepa y el CCH, porque tocar el fuero interno universitario requeriría un valor político que no se consigue en los pasillos de la Torre de Rectoría.
La tragedia de este “fiasco catastrófico” no es solo técnica, es profundamente social. Al convertir el ingreso a la educación superior en una carrera de obstáculos cibernética, la UNAM profundizó exactamente las desigualdades que dice combatir. Los estudiantes de estratos favorecidos, con fibra óptica de alta velocidad, laptops de última generación y presupuesto para comprar “ingresos garantizados” en el mercado negro, capturaron los lugares. Los jóvenes de escasos recursos, expulsados por la brecha digital o por no poder pagar la trampa, se quedaron mirando desde la acera.
La UNAM no necesita algoritmos de vigilancia masiva ni contratos millonarios con proveedores de dudas automatizadas. Lo que necesita es recuperar la vergüenza, abrogar el modelo de supervisión remota, cancelar este examen manchado y volver a la rusticidad honesta del lápiz del número 2 y la hoja de papel en sedes presenciales. Porque si la “Máxima Casa de Estudios” ni siquiera puede aplicar un examen de admisión con un mínimo de integridad, tal vez el primer examen que debería reprobar es el de su propia existencia. Desde el pasado siglo lo previó Gabriel Zaid: “La UNAM no es la patria: es una de tantas cosas que tuvieron sentido, crecieron y se arruinaron”.
Foto portada: Inteligencia artificial / IA



