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Apuntes para desmemoriados IV: El futuro se trabaja hoy

Hay dos maneras de no tener futuro propio: dejarse arrastrar por el de otro, o suplicarlo. México lleva practicando ambas por igual.

Por Carlos Chavarria Garza

Los políticos viven atrapados en el único calendario que les importa: el de la siguiente elección. Tres años, seis años, la reelección si la hay. Bajo ese calendario, todo lo que no rinda frutos antes del próximo domingo de votación simplemente no existe en su cabeza. Pero debajo del riesgo de solo ver el ciclo corto corren otros, mucho más lentos y tercos, que no se detienen a esperar a nadie: el envejecimiento de la población, el agotamiento de las pensiones, la dependencia alimentaria, la fragilidad fiscal propia y la del vecino, entre lo más críticos. 

Esas tendencias no van a resolverse solas, y tampoco van a esperar a que algún gobierno tenga ganas de atenderlas fuera de temporada electoral. Pero tampoco son destino inevitable. Son, si se les toma en serio a tiempo, la lista exacta de las oportunidades que hay que construir. No hay futuro deseable que llegue por accidente. Lo que sigue es el intento de nombrar, con treinta años de anticipación, cuál queremos construir.

No vamos a adivinar qué va a pasar. Lo que toca ahora es distinto y es más difícil, porque exige algo que esta generación practica poco: decidir, con treinta años de anticipación, qué país queremos tener, y trabajar hacia el presente desde esa visión para saber qué hay que hacer ya, hoy, esta semana empieza el termino, para que ese país exista cuando llegue el año en que ya no tendremos margen para improvisar. 

Treinta años no es una cifra retórica. Es el plazo que ya está escrito, sin ambigüedad, en los propios pronósticos oficiales bajo el escenario no-hacer-nada. Para 2030, ya a la vuelta de la esquina, México tendrá más adultos mayores que niños. Para 2050, la razón entre trabajadores activos y pensionados habrá caído a un nivel que ningún sistema de pensiones, ni el público ni el privado, puede sostener sin quebrarse o sin recortar lo prometido. Y no estamos solos en ese reloj: Estados Unidos, con una economía diez veces más grande sosteniendo su propia caída, ya reconoció en las cuentas de su propio Tesoro un pasivo neto de casi cuarenta y dos billones de dólares, y el fondo que sostiene el pago a sus jubilados se agota en 2032, según su propia oficina de presupuesto. La lección de eso no es que estemos mejor por comparación. La lección es que no hay ningún vecino grande cuya estabilidad podamos pedir prestada. Todos vamos a llegar a la mismo callejón, en años distintos, con reservas distintas.

Por eso la primera decisión de diseño es negarse a las dos salidas fáciles. No podemos construir el futuro pensando que alguna fuerza externa, el mercado, la Reserva Federal, la buena voluntad de Washington, nos va a arrastrar hacia la prosperidad sin que nosotros hagamos nada distinto de lo que ya hacemos. Como tampoco podemos construirlo implorando protección, trato preferencial o paciencia de un vecino que para entonces va a estar resolviendo su propia quiebra actuarial y no va a tener margen para cargar con la nuestra. El diseño correcto es el tercero, el que cuesta trabajo: construir la capacidad propia de absorber los golpes que ya vienen anunciados, usando mientras tanto, sin subordinarse, cualquier ventana de mercado que exista.

Bajando eso a los cuatro terrenos donde el reloj ya corre. En pensiones, el punto de llegada a treinta años tiene que ser un sistema con el pasivo actuarial reconocido y fondeado de verdad, no maquillado con cuentas individuales que cancelan el beneficio prometido sin resolver el déficit de fondo. La ventana para hacerlo bien se cierra alrededor de 2030, que es cuando la relación de dependencia deja de jugar a nuestro favor; lo que no se fondee antes de esa fecha, después ya no se va a poder fondear sin dolor social severo.

 En salud, el punto de llegada es tener infraestructura geriátrica proporcional a una población que va a triplicar su cohorte de adultos mayores en dos décadas y media, partiendo de una base ridícula: hoy solo dos de cada cien médicos en este país se especializan en geriatría. Formar a los especialistas que se van a necesitar en 2045 exige empezar a formarlos ya, porque una carrera de medicina no se improvisa en un semestre de urgencia política.

En alimentos, el diagnóstico de hoy ya no admite ambigüedad: México importa la mitad del maíz que consume, y para 2026 esa dependencia va camino a superar el cincuenta y cinco por ciento del consumo total, en un país que hace apenas una década se pensaba a sí mismo como cuna del maíz. La producción nacional lleva estancada desde 2016 mientras el consumo sigue creciendo, y el estrés hídrico en el Bajío y en el norte del país condiciona cada vez más qué se puede sembrar y dónde. 

El punto de llegada a treinta años no puede ser autosuficiencia total —eso es nostalgia, no diseño— pero sí tiene que ser soberanía alimentaria en lo estratégico: suficiente capacidad propia de producir lo básico como para que ninguna sequía ajena ni ninguna decisión de otro gobierno sobre exportaciones se convierta, de la noche a la mañana, en hambre.

Y en productividad y fiscalización, que es el terreno que sostiene a los otros tres, el punto de llegada es el que ya apunté en la columna pasada, corregido: no integración sumisa a la economía de Estados Unidos, sino inserción productiva con suficiente ahorro interno, suficiente diversificación de mercados y suficiente disciplina fiscal como para que la próxima crisis; la de ellos o la nuestra, y ambas ya están anunciadas; no nos vuelva a agarrar, como en 1982 y en 1994, con las manos vacías y la mano extendida suplicante.

Nada de esto se diseña desde la resignación ni desde el discurso. Se diseña con decisiones concretas tomadas en esta década, no en la próxima, porque el reloj de treinta años ya empezó a correr sin pedirle permiso a nadie, y cada año que se pierda discutiendo soberanía retórica en vez de construir soberanía real es un año que ya no se va a poder recuperar cuando llegue la factura. El futuro no es lo que va a ocurrir. Es lo que hagamos, a partir de hoy, para que suceda.

«Treinta años suenan a mucho tiempo hasta que se cuentan hacia atrás, y ya no nos sobra ni uno para seguir discutiendo si empezamos. A esta generación le tocó heredar el problema; a la que sigue le va a tocar heredar lo que nosotros decidamos hacer con él. Nosotros no vamos a ver terminado este país. Pero el que sí lo va a ver está esperando a que lo hagamos.»

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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