Por Valeria Riaño / IA
El fracking ya no es lo que era. Antes era brutal, tosco, casi vulgar: perforar, inyectar, fracturar y cobrar. Hoy no. Hoy viene perfumado. Trae certificaciones, dashboards en tiempo real y un léxico que parece salido de un retiro espiritual para CEOs: “circularidad”, “optimización hídrica”, “gestión inteligente del subsuelo”. La violencia geológica, ahora, se presenta con PowerPoint.
La nueva narrativa es conmovedora: México tiene gas bajo los pies y, con un pequeño ajuste técnico —y uno mayor de memoria—, puede convertirse en una potencia energética. La promesa es seductora porque simplifica lo complejo: perforas, produces, te independizas. Como si la soberanía fuera un interruptor y no una ecuación con variables físicas, sociales y, sobre todo, hídricas.
Pero el noreste mexicano no es una hoja en blanco. Es un territorio con estrés hídrico crónico, donde cada litro cuenta y cada sequía se vuelve noticia nacional. Ahí es donde entra el acto de magia: el agua del fracking ya no “se gasta”, se “recicla”. La industria le llama reutilización, el territorio lo resiente como acumulación. Porque lo que se recicla no es agua limpia, sino un cóctel de sales, metales y residuos que no desaparecen: se desplazan. De pozo en pozo. De problema en problema. De discurso en discurso.
Y cuando el tema del agua se vuelve incómodo, aparece el siguiente truco: el fracking sin agua. Propano gelificado, espumas de CO₂, soluciones “de vanguardia” que suenan a laboratorio europeo y a premio de innovación. El detalle menor —ese que no cabe en el brochure— es el costo. Tan alto que convierte estas técnicas en piezas de exhibición, no en política pública. En el terreno, donde la rentabilidad dicta la ética, se sigue usando lo que siempre funcionó: agua, presión y silencio.
Luego viene la capa tecnológica, la favorita del optimismo corporativo. Sensores, fibra óptica, inteligencia artificial. Todo para observar cómo la roca se rompe con precisión quirúrgica. Es el refinamiento de la herida: ahora se mide, se modela y se presenta en alta definición. Lo único que no cambia es la física. La roca sigue respondiendo a presiones. Las fallas siguen activándose. La tierra, en suma, sigue siendo tierra, no un tablero de control.
Y aquí aparece el punto que incomoda a los estrategas de escritorio: la gobernabilidad. Porque fracturar el subsuelo no es solo una operación técnica, es una intervención territorial. Implica agua, químicos, ruido, tránsito pesado, riesgos y, sobre todo, percepción social. En un país donde la confianza institucional es frágil, pedirles a comunidades que acepten todo eso a cambio de una promesa abstracta de “soberanía” es una apuesta arriesgada. No es política energética, es administración del conflicto.
Pero la palabra mágica —la que todo lo justifica— sigue siendo soberanía. Se pronuncia como si fuera un talismán. Soberanía para producir gas caro, con altos costos de entrada, en un entorno sin economías de escala comparables con Texas. Soberanía para subsidiar ineficiencias. Soberanía para depender menos de afuera… a costa de depender más del agua que no tenemos. Es una curiosa forma de independencia: cambiar una vulnerabilidad por otra más inmediata.
Y luego está el clima, ese invitado incómodo al que se le asigna un asiento en la esquina. El gas se vende como combustible de transición, como puente hacia un futuro más limpio. Un puente que, casualmente, requiere seguir invirtiendo en infraestructura fósil, seguir emitiendo metano y seguir apostando por un modelo que el propio discurso global dice querer abandonar. Es un puente, sí, pero parece diseñado para no llegar nunca al otro lado.
La alternativa existe, pero no es tan fotogénica. No tiene la épica de la perforación ni la estética industrial del pozo. Se llama diversificación, almacenamiento, eficiencia, renovables. No produce titulares grandilocuentes ni promesas inmediatas, pero reduce riesgos en lugar de concentrarlos. Y, sobre todo, no exige fracturar el territorio como condición previa de la autonomía.
El problema del fracking “con modales” no es solo lo que hace, sino lo que encubre. Convierte un debate estructural en una discusión técnica. Desplaza la pregunta central, ¿qué tipo de soberanía queremos?, hacia detalles operativos: ¿cuánta agua se recicla?, ¿qué sensor se usa? Es una forma elegante de evitar la conversación incómoda: que no todo lo que se puede extraer se debe extraer.
Al final, el “milagro” de la tierra agrietada sigue siendo el mismo de siempre: prometer riqueza inmediata a cambio de costos diferidos. Solo que ahora viene con mejores gráficos, mejor narrativa y dicción. La tierra se abre, el agua se tensiona, el riesgo se acumula… pero todo ocurre con una cortesía impecable.
¡Qué alivio saber que, si vamos a equivocarnos, lo haremos con tanta educación!



