Por Carlos Chavarria Garza
Recientemente, me tocó de forma muy sensible un video donde los líderes de aquel movimiento zapatista surgido en 1994 reaparecen hoy en la escena pública (https://www.facebook.com/reel/1444036783543293). Resulta desconcertante, por decir lo menos, que en medio de una reorganización del mundo hacia un futuro tecnológico y complejo, su propuesta sea regresar no solo a la insurgencia de hace tres décadas, sino incluso a un socialismo de corte estalinista.
Esta inutilidad de insistir en posicionamientos ideológicos anacrónicos, mientras la casa se está incendiando, es el síntoma de una ceguera voluntaria. Resulta doloroso que, ante la crisis actual, se pretendan resolver los problemas del siglo XXI con las recetas fallidas del siglo XX, ignorando que la realidad exige nuevas respuestas para el tecnofeudalismo y la degradación urbana. Este aferramiento al pasado no es solo una nostalgia romántica, sino un obstáculo directo: mientras se pierde el tiempo en anacronismos, se deja de lado la tarea urgente de crear mejores condiciones para atraer inversiones y fomentar una infraestructura que permita a las personas recuperar la soberanía sobre sus vidas.
Esta escena es solo un reflejo de lo que ocurre cada vez que una crisis bélica o social redirige el foco hacia puntos críticos como Cuba, asistimos a una función de teatro de sombras que se repite con una monotonía asfixiante. La realidad, ese complejo entramado de hechos observables y necesidades materiales, ha sido sustituida por un despliegue de verdades prefabricadas donde voceros de todas las latitudes se atrincheran en etiquetas de izquierda o del liberalismo. En este pasmo axiólogico, el discurso se llena de lugares comunes —justicia social, soberanía, dignidad— que, aunque sonoros, funcionan como callejones sin salida.
Se organizan foros y frentes cuyo único propósito real es levantar la mano para marcar una postura, una señal de identidad que no ofrece solución alguna a los problemas del mañana. En lugar de mirar hacia adelante, todos despliegan sus dotes de análisis histórico para justificar que nada cambie, mientras la realidad observable se desvanece bajo el peso del dogma. Esta sustitución de los hechos por una ficción coherente es lo que Hannah Arendt (1951) identificó como la base del control ideológico: cuando el ciudadano deja de creer en sus propios sentidos para aceptar la narrativa(s) del sistema(s), la realidad misma queda anulada.
Lo cierto es que habitamos un mundo que no crece desde 2008. Las economías languidecen sin inversión, el empleo se estanca y los salarios permanecen anclados, degradando la movilidad social hasta convertirla en un recuerdo de otras épocas. A este estancamiento se suma la presión del tecnofeudalismo arrollador, un concepto que Cédric Durand (2020) describe como una regresión donde las plataformas digitales extraen rentas sin generar valor ni empleo real, demostrando la presion por por cambios educativos que no se dan. En consecuencia, los empleos se esfuman y los nuevos salarios son sensiblemente menores, provocando una expropiación de las expectativas de vida para los jóvenes. Este fenómeno, que José Manuel Valenzuela Arce (2015) denomina como la condición del «juvenicidio» simbólico, condena a las nuevas generaciones a egresar a un mercado laboral que no ofrece la eseprada oportunidad para empezar sus vidas.
Por otro lado, las aglomeraciones urbanas continúan su marcha degradante en la calidad de vida y su escala humana, así como el envejecimiento de la infraestructura.
El hacinamiento y congestionamiento de las facilidades de las ciudades es insoportable y, por más conferencias de expertos, no se ve la rendija que haría posible la implementación de sus recomendaciones. Esta parálisis es un síntoma de lo que Mark Fisher (2016) llamó «realismo capitalista»: una niebla de indefiniciones prácticas donde nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de este sistema estancado, provocando una cancelación del futuro donde solo reciclamos el pasado.
En tanto la realidad no muestra un buen derrotero, los gobiernos están enfrascados en sendas luchas ideológico-electorales, domésticas y regionales, sin sentido de progreso alguno, exacerbadas por lo que Moisés Naím (2022) identifica como la polarización y la posverdad que vacían las instituciones para beneficio del poder activo real.
Ante este panorama, cabe preguntarse qué ha sido de nuestra idea de progreso. Aunque no se ha definido el concepto con claridad, lo asociamos con mejoras y superación personal; sin embargo, al haber perdido el contacto con el presente, el futuro ha quedado oculto. Byung-Chul Han (2021) advierte que en la sociedad actual la información ha matado a las «cosas», desvinculándonos de la realidad material y hundiéndonos en un consumo de datos que nos distrae de la degradación física de nuestro entorno.
Este fenómeno alcanza su máxima expresión en contextos como los de Cuba y Venezuela. Si estas naciones mantienen sus revoluciones sin cambio alguno, la prospección no es de evolución, sino de una cronificación de la subsistencia. Como otras naciones, ahora se viviría de lo que la diáspora venezolana y cubana estarían enviando para sostener ejercicios económicos, ideológicos y políticos imposibles.
En este escenario, el concepto de «progreso» deja de tener sentido alguno porque el Estado se apropia de todo, incluso de los sueños de cada quien. La nación se fractura: mientras unos gestionan la ideología desde el poder, otros viven en un eterno presente de supervivencia, aguardando el auxilio de quienes se fueron.
Resulta un contrasentido histórico y vital sentarse a realizar análisis revisionistas cuando la casa propia se está incendiando. La prioridad existencial de cualquier nación debería ser, en primera instancia, identificar y mitigar las vulnerabilidades que propiciaron las llamas, antes de pretender abrir frentes de batalla ideológicos contra los vecinos y socios estratégicos que, por geografía y economía, son los aliados naturales para la reconstrucción.
Como bien apunta el pragmatismo estratégico, no se puede pelear por narrativas del pasado mientras el presente se desmorona por falta de mantenimiento; la verdadera soberanía no emana de la retórica, sino de la capacidad de una sociedad para ofrecer seguridad y certidumbre a sus ciudadanos.
En ese sentido, el enfoque debe virar hacia la creación de condiciones materiales y jurídicas que atraigan las inversiones necesarias para revertir el estancamiento. Solo a través de una infraestructura funcional y un entorno de certidumbre será posible que las personas recuperen el control de sus propias vidas y, por ende, de su futuro.
Recuperar la realidad implica aceptar que el progreso no es un decreto estatal, sino el resultado de un ecosistema donde la iniciativa individual no sea asfixiada por el dogma. Urge sustituir el «pasmo operativo» por una gestión basada en la eficiencia, donde la inversión no sea vista como una concesión, sino como la herramienta indispensable para devolverle a las nuevas generaciones la soberanía sobre sus propios proyectos de vida.
La pregunta no es ideológica, es material: ¿qué necesita una ciudad concreta, una familia concreta, un joven concreto, para poder planear su vida más allá de la semana que entra? La respuesta no cabe en un manifiesto. Cabe en una red de drenaje que no colapsa, en un contrato laboral que se respeta, en un trámite municipal que no requiere palanca. El progreso, despojado de retórica, es eso: la acumulación silenciosa de condiciones donde la gente ordinaria puede tomar decisiones sobre su propia vida sin que el Estado, el crimen o la precariedad se las cancelen de antemano.
Hay gobiernos en el mundo que entendieron esto sin necesidad de revolución ni de nostalgia. Estonia digitalizó su administración pública en una década y redujo la corrupción por la vía más simple: eliminar el contacto discrecional entre el funcionario y el ciudadano. Singapur apostó por certidumbre jurídica para la inversión extranjera no como concesión al capital, sino como palanca para construir clase media. Medellín, hace apenas veinte años catalogada como la ciudad más violenta del planeta, apostó por infraestructura en sus zonas más marginadas, no como caridad sino como cálculo: donde llega el metro cable, retrocede el reclutamiento criminal. Ninguno de estos casos fue perfecto ni exportable en bloque, pero todos tienen algo en común: partieron de la realidad observable, no de la doctrina.
Eso es lo que está en juego cuando se pierde el tiempo en guerras de narrativa. Cada año que se invierte en definir si el enemigo es el socialismo, el imperialismo o el neoliberalismo es un año en que no se tiende la fibra óptica, no se reforma el sistema de pensiones, no se construye el andén que convertiría una colonia peligrosa en un barrio transitable. La ideología, cuando se convierte en fin en sí misma, no es solo inútil: es un lujo que las sociedades en crisis no pueden pagarse y nosotros estamos en crisis.
El futuro no se decreta ni se hereda. Se construye con decisiones aburridas, técnicas y concretas, tomadas por gente que prefirió la eficacia al espectáculo. La pregunta urgente no es de qué lado de la historia estamos, sino qué vamos a hacer el lunes.
El progreso deja de ser la conquista de nuevos horizontes para convertirse en la administración de la escasez y el mantenimiento de un inmovilismo que se vende como victoria. Al final, lo que queda es la expropiación de la imaginación individual; cuando el futuro está secuestrado por una narrativa oficial que ignora los hechos, el derecho a proyectar una vida mejor desaparece, dejando a la sociedad atrapada en una realidad que ya no sabe cómo transformar, mientras el mundo exterior sigue girando, indiferente a su naufragio.
Referencias Bibliográficas
- Arendt, H. (1951). Los orígenes del totalitarismo. Schocken Books.
- Durand, C. (2020). Tecnofeudalismo: Crítica de la economía digital. Editorial La Cebra.
- Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?. Caja Negra Editora.
- Han, B. C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy. Taurus.
- Naím, M. (2022). La revancha de los poderosos: Cómo los autócratas están reinventando la política en el siglo XXI. Debate.
- Valenzuela Arce, J. M. (2015). Juvenicidio: Ayotzinapa y las desigualdades sedimentadas. ITESO.



