Por Joaquín Hurtado
Hay gente que muere dos veces: primero en la cama y luego en una plana completa del periódico.
Entre más gargantón el muertito, más grandota la esquela. Inconmensurable el lamento de los deudos que anuncian el deceso, gigantesco el desembolso para hacer patente el hueco que deja el fulano de cuatro apellidos, que voló muy alto (faltaba más), y al fin se fue con diosito.
Hay en Monterrey una clientela morbosa de las esquelas. Compran el periódico no para leer noticias sino para husmear apellidos caídos en las redadas de la Pelona. Recorren las páginas con ansiedad bursátil hasta encontrar qué empresario, heredera o socio del club ya fue desalojado de este mundo. Entonces suspiran aliviados porque la guadaña todavía no pasó por su mesa, y de paso se llevan suficiente material chismográfico para sazonar el café de media mañana en el Campestre.
En este país donde millones sobreviven haciendo malabares con el recibo de la luz, existe una aristocracia funeraria que convierte el duelo en desfile de vanidades.
Apenas fallece el patriarca del acero, la matriarca de medio club de golf o el heredero de una cadena de agencias automotrices, las páginas de los diarios amanecen convertidas en una mezcla versallesca de salón fúnebre con desfile de alta moda. Y uno imagina las caravanas de autos blindados y nubes de guaruras en cada centímetro cuadrado de sincera consternación.
“Con profundo dolor”, dicen las esquelas, aunque el dolor venga diagramado por un diseñador gráfico y cotizado como si fuera un anuncio de camionetas de lujo.
Una esquela a plana entera en el periódico más popular puede costar entre 200 y 250 mil pesos. Hay familias que, en lugar de llorar, parecen estar comprando espacio orbital para que el apellido sobrevuele la ciudad durante varios días. El muerto todavía está tibio y ya hay ejecutivos negociando tipografías elegantes, marcos negros y fotografías donde el difunto aparece veinte años más joven, con esa sonrisa de tiburón bancario que ni la larga agonía logró borrar.
El muerto no revive. Pero los esqueleros sí resucitan algo: el abolengo. Porque la esquela de alta gama rara vez informa una muerte. Lo que realmente anuncia es otra cosa: “Aquí hay billetes, aquí hay poder, aquí estamos y seguimos mangoneando.”
En las colonias populares las condolencias llegan en silencio: una olla de tamales, café soluble, un rosario improvisado y vecinos cargando flores. En las élites, en cambio, el duelo entra por relaciones públicas. Hay esquelas tan ostentosas que parecen promoción de una nueva torre de departamentos: “El grupo industrial Z lamenta profundamente…” “El Consejo de Administración de la empresa X…” “Los socios del Club de Yates…” El cadáver termina convertido en patrocinador.
Lo curioso es que muchas de esas familias jamás publicaron media plana para denunciar feminicidios, desapariciones o hambre infantil. Pero cuando muere un accionista, entonces sí aparece el despliegue tipográfico digno de funeral faraónico. El país puede incendiarse, faltar agua, colapsar hospitales o desaparecer periodistas; nada merece tanto espacio como el fallecimiento de un millonario con halitosis que nunca pagó las utilidades a sus obreros.
La esquela pudiente tiene algo de espejo colonial. Antes los virreyes levantaban catedrales para eternizar el apellido. Hoy se compra papel periódico. Es el mismo impulso: domesticar la muerte con lujo y derroche. Ponerle moldura al cadáver. Bordarle prestigio al ataúd.
Sin embargo, hay algo profundamente irónico en todo esto. La muerte es la gran niveladora: pudre igual al dueño de la acerera y al bolero de la Calzada. El gusano no distingue cuentas bancarias. La calavera jamás pregunta si el difunto cotizaba en bolsa.
Tal vez por eso algunos ricos necesitan gritar su existencia incluso después del último suspiro. La esquela gigantesca funciona como un último berrinche contra la democracia biológica del cementerio. “Sí, todos morimos… pero nosotros morimos en Helvética de lujo.”
Existe también una competencia silenciosa. Una esquela llama a otra. Si el compadre publicó media plana, la familia rival responde con página completa y en todos los medios nacionales. El duelo se convierte en subasta emocional. Una especie de Juegos Olímpicos de la hipocresía elegante.
Habría que preguntarse: ¿El anuncio expresa dolor verdadero o terror a desaparecer socialmente? Quizá ambas cosas.
El problema no es llorar públicamente a los muertos. Toda cultura necesita rituales.
El problema aparece cuando el ritual empieza a oler a exhibicionismo oligárquico, cuando el luto parece patrocinado por una tarjeta platinum, cuando el duelo se convierte en mercancía para especular financieramente, cuando el diario deja de ser periódico y comienza a funcionar como espejo funerario para millonarios ansiosos de inmortalidad.
Mientras tanto, debajo de esas esquelas monumentales, casi siempre aparece una noticia diminuta sobre obreros despedidos, niños desnutridos o desaparecidos sin nombre. Ahí está el retrato completo del país: arriba el muerto VIP; hasta abajo los vivos invisibles.



