Por José Jaime Ruiz
El hilo de Ariadna se rompió en Nuevo León; el caballo de Murat interviene en Troya. ¿Para quién trabajan? En política, premiar a conversos, activos estratégicos porque conocen códigos, reflejos, debilidades del adversario que abandonaron. Morena apostó por esa lógica cuando incorporó a Alejandro Murat. El dilema comienza cuando la pregunta deja de ser qué puede aportar Murat a Morena y se convierte en otra más siniestra: ¿A quién termina beneficiando su operación política en el estado?
La visita de Ariadna Montiel a Monterrey dejó una estampa inusitada. La dirigente reiteró su hilo político, combatir la corrupción, pero evitó asumir una postura categórica frente a los diputados morenistas que se ausentaron del proceso que abrió la puerta al juicio político contra Samuel Alejandro García Sepúlveda. La respuesta fue institucionalmente correcta y políticamente insuficiente. En un momento donde Morena intenta presentarse como una fuerza disciplinada rumbo a 2027, la ambigüedad termina generando más inquisiciones que respuestas. Morena impulsó denuncias contra Samuel García por presuntas triangulaciones de recursos públicos y anunció acciones legales relacionadas con el caso Next Energy que involucra al alcalde de Monterrey, Adrián de la Garza. Sin embargo, la secuencia temporal terminó generando suspicacias. La denuncia contra Samuel avanzó primero; la relacionada con Next Energy llegó después de que el municipio regiomontano anunciara la cancelación del contrato cuestionado. Timing, timing, timing… las percepciones suelen tener consecuencias electorales.
Mientras Ariadna Montiel simboliza la construcción orgánica de la izquierda partidista, Murat encarna la incorporación de una élite política formada en el viejo régimen priista. Una llega desde el activismo universitario; el otro desde una de las familias más influyentes del sistema político mexicano. Ambos hoy comparten partido, no cultura política. ¿Esa diferencia de origen también implica diferencias de objetivos? ¿El expriista es más cercano al priista Adrián de la Garza? No existe evidencia pública que permita afirmar que Murat opera a favor del alcalde de Monterrey, tampoco hay elementos verificables para sostener intercambios legislativos entre Oaxaca y Nuevo León o alianzas ocultas para beneficiar candidaturas específicas. La ausencia de evidencia no elimina el problema político de fondo, como afirmó Ivette Morán, su esposa: “Cuando el río suena…”.
Murat llegó a Nuevo León como delegado especial de Morena para ordenar una estructura fragmentada. Sin embargo, las ausencias de legisladores morenistas en el proceso contra Samuel García, las diferencias internas sobre la estrategia legislativa y la creciente disputa por la candidatura de 2027 han provocado que parte de la militancia vea en su operación más pragmatismo que definición ideológica. La sospecha nace de un dato concreto: cuando un delegado partidista tiene la responsabilidad de disciplinar una bancada y esa bancada comienza a emitir señales contradictorias, inevitablemente surgen dudas sobre quién controla realmente el tablero.
Ariadna Montiel llegó a Monterrey defendiendo una línea política contra la corrupción. Lo que todavía no queda claro es si esa línea será suficiente para contener las inercias, los intereses cruzados y las viejas prácticas que inevitablemente acompañan a cualquier partido que se convierte en fuerza dominante. La historia política mexicana está llena de caballos de Troya y de hilos ariádnicos deshilachados. Delfos, Nuevo León y el imperio de la suspicacia: si Murat colabora con Adrián, ¿con quién colabora la calladita Ariadna, la misma que ya le bajó dos rayitas a su combativo discurso?



