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Por Martha Herrera

Hace unos días participé en un conversatorio con mujeres de distintas edades, profesiones e historias de vida. Mientras escuchaba sus preguntas, pensé en algo que seguimos evitando decir con claridad cuando hablamos de participación política femenina.

La discusión suele plantearse como un asunto de representación: cuántas mujeres hay en los congresos, cuántas encabezan gobiernos, cuántas ocupan espacios de decisión. Esa es una pregunta válida, pero no es la más importante. La pregunta que realmente importa es otra: ¿qué pierde una ciudad cuando las mujeres no estamos en la mesa? Monterrey no puede darse ese lujo.

Durante décadas construimos instituciones, políticas públicas y ciudades enteras desde una mirada incompleta. No por mala intención, sino porque las experiencias que vivimos millones de mujeres todos los días sencillamente no estaban presentes cuando se diseñaban las soluciones.

Lo vimos con la movilidad urbana. Durante años el modelo dominante asumía trayectos lineales: casa, trabajo, casa. No contemplaba los recorridos más complejos que hacen muchas mujeres a diario: llevar a los hijos a la escuela, acompañar a una persona mayor, resolver el hogar y llegar al trabajo. Cuando más mujeres entraron a los espacios de decisión, aparecieron preguntas distintas. Y con ellas, mejores respuestas.

Lo mismo con el trabajo de cuidados. Durante mucho tiempo se asumió que cuidar era una responsabilidad privada que las familias resolverían solas. La realidad desmintió ese supuesto. Millones de mujeres sostienen cotidianamente el bienestar de niñas, niños, personas mayores y personas con discapacidad, sin pago, sin reconocimiento, sin políticas que las respalden. La presencia femenina en los espacios de decisión ha visibilizado esa deuda y ha comenzado a traducirla en agenda pública.

La participación de las mujeres no es una causa sectorial ni una agenda complementaria. Es una condición estructural para construir mejores gobiernos. Cuando las mujeres participamos, no se suman solo nuevas voces: se incorporan perspectivas que permiten resolver problemas que llevan décadas sin solución.

Las mujeres hemos estado en cada etapa de la construcción de Monterrey: trabajando, emprendiendo, cuidando, formando generaciones, resolviendo los problemas del día a día. Lo que estuvo incompleto durante demasiado tiempo no fue nuestra participación en la ciudad. Fue nuestro lugar en los espacios donde se toman las decisiones.

Ocupar ese lugar no es una concesión que debamos agradecer ni una cuota que debamos justificar. Es un derecho ganado con capacidad, resultados y liderazgo. Y es también una decisión estratégica: ninguna ciudad puede aspirar a su mejor versión si deja fuera a la mitad de su talento.

Hoy las mujeres tenemos claro que no vamos a seguir esperando turno. Porque sin nosotras, la mesa no está incompleta por accidente. Está incompleta por omisión. Y eso tiene solución.

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// Martha Herrera

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Autor: stafflostubos
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