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Tarde o temprano, el lonche se paga

¿Cuántas veces tiene que repetirse la misma historia para que dejemos de llamarla sorpresa?

Por Carlos Chavarria Garza

En enero de 2026, Keir Starmer renunció a la jefatura del gobierno británico con las manos vacías y las arcas rotas. El déficit era inmanejable, la reforma imposible, y la paciencia política, agotada. Mucha gente lo vio como una crisis de gabinete. Yo lo veo como la factura de un lonche que alguien decidió que era gratis.

El problema no es Starmer. El problema es que esto ya lo vimos. Lo vimos en Venezuela cuando el petróleo costaba cien dólares el barril y el gobierno repartía subsidios como si la fiesta no fuera a terminar. Lo vimos en Argentina, en Bolivia, en Ecuador. Y lo seguimos viendo aquí, en casa, cada que un gobierno decide inaugurar obra tras obra sin preguntarse quién y como va a pagar el servicio de deuda cuando ya no esté en el cargo. Nuevo León no es la excepción: la deuda acumulada por infraestructura sin capacidad de pago en ningun  plazo es el mismo guión con distinto reparto.

Hay una lógica perversa que se repite con una puntualidad tan reiterada que ya aburre: cuando sobra dinero —por el precio del petróleo, por las tasas bajas, por el comercio global en expansión— los gobiernos no ahorran ni invierten. Gastan. Profundizan derechos que no pueden financiar en el largo plazo, construyen obras que no se pagan solas, y le dicen a la ciudadanía que todo eso es posible sin costo. Y la ciudadanía, cansada y legítimamente desgastada, les cree. Porque quiere creerles. Porque la alternativa —que sí hay costos, que sí hay límites, que la disciplina no es un invento neoliberal sino una regla básica de cualquier sistema que quiera sobrevivir— es incómoda de escuchar y difícil de vender en campaña.

Con décadas de experiencia viendo esto de cerca, lo que me sigue sorprendiendo no es que los gobiernos caigan en esta trampa. Es que sigan encontrando ciudadanos dispuestos a creerles. No los culpo del todo —la fatiga es real, la desigualdad es real, las promesas son seductoras—, pero tampoco puedo fingir que la ingenuidad no tiene consecuencias. Las tiene. Se llaman servicios públicos que se deterioran sin que nadie lo anuncie. Se llaman pensiones que no alcanzan. Se llaman tasas de interés que suben porque los acreedores ya no confían. Se llaman veinte años de estancamiento disfrazados de estabilidad.

El economista Wolfgang Streeck lo describió con precisión: los gobiernos modernos dejaron de responder a sus ciudadanos y empezaron a responder a sus acreedores. No porque sean traidores, sino porque gastaron lo que no tenían y ahora el margen de maniobra no les pertenece. Reino Unido tiene una deuda pública que roza el cien por ciento de su producción anual. El servicio de esa deuda no es un número en una hoja —es dinero que no va a hospitales, a escuelas, a infraestructura productiva. Es el costo diferido del lonche que alguien dijo que era gratis.

En América Latina el guión tiene su propia variante regional: capturamos la renta de las materias primas durante el superciclo de la primera década del siglo, y en lugar de construir tejido industrial, capacidades científicas o instituciones sólidas, la gastamos en subsidios y clientelismo. Cuando los precios cayeron, no hubo con qué amortiguar el golpe. El error no fue distribuir —distribuir es legítimo y necesario. El error fue creer que puedes distribuir lo que no has creado todavía, indefinidamente, sin que eso tenga consecuencias en la productividad real.

Aquí es donde la cibernética de sistemas deja de ser teoría y se vuelve diagnóstico clínico. Stafford Beer pasó su vida demostrando que un sistema complejo —una empresa, un Estado, una economía— solo sobrevive si tiene la capacidad de procesar la complejidad de su entorno. No de suprimirla, no de ignorarla: de absorberla. Un gobierno que opera sin inteligencia estratégica, sin mecanismos de ajuste automático, sin instituciones que sobrevivan los ciclos electorales, es un sistema que ya está en colapso aunque todavía no lo sepa. Es el camión que anda sin mantenimiento: puede que llegue al siguiente destino, pero la orilla ya lo está esperando.

Lo que hace falta no es otro partido ni otro líder carismático. Lo que hace falta es diseño institucional: universidades y centros tecnológicos con autonomía real para generar valor; agencias técnicas que no cambien de criterio cada seis años según quien ganó la elección; reglas fiscales que se activen automáticamente cuando el gasto corriente supera lo que la economía puede sostener; y un Estado que tenga la honestidad de decirle a la gente lo que cuesta lo que quiere, en lugar de venderle espejismos con fecha de vencimiento.

Eso no es austeridad por principio. Es frugalidad como condición de viabilidad. Hay una diferencia enorme entre recortar porque hay una ideología que dice que el Estado debe ser pequeño, y ajustar porque un sistema que gasta más de lo que produce eventualmente colapsa. Lo primero es dogma. Lo segundo es física.

La crisis de deuda que se viene no es un escenario hipotético de manual universitario. Es la consecuencia lógica de décadas de miopía acumulada en ambos hemisferios. La pregunta no es si va a llegar, sino si vamos a tener las instituciones para absorberla cuando llegue, o si vamos a estar improvisando con un Estado que nunca se diseñó para procesar complejidad.

Por eso me sigue sorprendiendo —con fastidio, con tristeza, pero me sigue sorprendiendo— que haya tanta gente dispuesta a creer que esta vez sí es gratis. La historia tiene una paciencia infinita para repetirse. Nosotros, al parecer, también.

Tarde o temprano, el lonche que se creía gratuito se tiene que pagar —y siempre lo paga quien menos lo pidió.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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