Por Carlos Chavarria Garza
«El Estado que te lo da todo para salvarte, termina exigiéndotelo todo para sostenerse: la generosidad sin presupuesto no es solidaridad, es esclavitud a plazos.»
Hay una bajeza particular en convertir la pobreza en negocio politico. No la bajeza torpe del ladrón que arrebata, sino la villania sofisticada del que administra la miseria con cuidado, la dosifica con precisión electoral y se asegura de que nunca cure del todo. Eso es lo que en México — y en buena parte del mundo — se ha dado en llamar política social de izquierda.
El clan primitivo, ese al que los antropólogos romantizan cuando conviene, sí sabía cuidar a los suyos. No por bondad abstracta sino por sobrevivencia concreta: el anciano, el niño, el que no podía cazar, todos cabían porque el grupo entero dependía de que todos funcionaran. Era solidaridad sin discurso. Nadie repartía despensas antes de la temporada de lluvias para asegurarse votos, era el respeto lo que guiaba al lider.
La modernidad política descubrió algo más rentable: que mantener a la gente casi fuera del hoyo es más poderoso que sacarla. El que sale del hoyo deja de necesitarte. El que se queda al borde, agradecido y dependiente, regresa cada tres o seis años a validarte. La pobreza administrada es el activo político más estable que existe. No hay portafolio de inversión que rinda lo que rinde un padrón de beneficiarios bien cultivado.
México ya vio esta película. En los setenta se llamó Desarrollo Compartido y terminó en el colapso del 82. Se repartió lo que no se tenía, se endeudó lo que no se podía pagar, y cuando llegó la cuenta la pagaron los mismos de siempre: los que menos tenían. Después vino el Solidaridad de Salinas — mejor diseñado, más quirúrgico, igualmente orientado a reconstruir lealtades territoriales que a mover la aguja de la movilidad social. Cada generación empaqueta el mismo regalo con distinto papel.
Lo que distingue este momento es la velocidad. Los fondos de estabilización que tomaron décadas construir se agotaron en un sexenio. El déficit fiscal ya no es señal de alarma — es política deliberada. Y la narrativa que lo sostiene ha logrado algo notable: convencer a los más pobres de que esta vez sí es diferente, de que su suerte cambió, de que el Estado que les transfiere dinero directamente es por fin el Estado que está de su lado.
No está de su lado. Está comprando tiempo con su nombre.Cuando llegue la crisis — y las condiciones para que llegue ya están puestas — el que más va a sufrir no es el que tiene con qué moverse. Es el que creyó que ya había cambiado su suerte. Es el que organizó su vida alrededor de una transferencia que un día simplemente no va a llegar. Ese es el verdadero costo del paternalismo: no lo paga el Estado, lo paga el que confió en él.
Ortiz Mena entendió algo que se ha negado o ignorado desde entonces: el único programa social que no tiene fecha de vencimiento es un empleo formal y bien pagado. Todo lo demás es anestesia. Crecer al seis por ciento anual con inflación baja y sin imprimir dinero no era magia tecnocrática — era la condición mínima para que la gente pudiera dejar de depender del gobierno sin caer al vacío. Eso es emancipación. Lo demás es administración de la dependencia con mejor mercadotecnia.
La discusión no es entre izquierda y derecha. Esa geometría es el truco más viejo del poder: mientras debatimos el nombre del equipo, nadie pregunta para qué sirve el juego. La discusión real es entre los que necesitan que la pobreza persista y los que estarían dispuestos a hacer lo que sea necesario para que desaparezca — aunque eso signifique quedarse sin clientela.
El peor engaño no es el que te roba. Es el que te convence de que te está salvando mientras te cobra el rescate.



