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Vengo de una generación

Por Joaquín Hurtado

Vengo de una generación de hombres que fue educada con otros valores. Entre el ruido y el humo de una cantina uno podía oír a dos tipos expresarse así:

–No me hables mal de tu esposa, Fidencio. Te lo suplico. No porque crea que sea una santa, ni porque ignore los trabajos de un matrimonio. Te lo pido porque ella tiene lo que yo nunca podré tener: un lugar a tu lado cuando amanece.

–Pero yo te amo a ti, Anselmo. Ella nada tiene que ver en lo nuestro, ni me importaría que lo supiera.

–No digas eso, Fidencio. No merece ser tratada con desprecio. No le niegues el saludo, ni el pan de la mesa, ni la palabra decente. No la hagas pagar por tus derrotas ni por tus silencios. Si algún día dejas de quererla, al menos no dejes de respetarla.

Fidencio y Anselmo fingen ver el juego de soccer en una tele colgada. Comen cacahuates, beben lentamente su cerveza. Afuera pasan los camiones levantando polvo. Adentro, las muchachas bailan con los clientes mientras un trío norteño desafina una canción de despecho. Ninguno de los dos mira realmente el espectáculo.

Anselmo solicita un servicio privado a la chica de costumbre, salen, se van con ella. Después de media hora regresan a la misma mesa.

–Yo te he querido sin pedirte nada, Fidencio. Aprendí hace mucho que lo nuestro, si es que alguna vez fue nuestro, cabía apenas en unas cuantas horas robadas al mundo. Tu esposa, en cambio, es la dueña de tu vida entera. Por eso cuídala. No sabes lo que daría yo por regresar contigo a casa sin esconder la mirada; por discutir por cualquier tontería y reconciliarme antes de dormir, por envejecer a tu lado.

Fidencio deja la botella sobre la mesa. La hace girar despacio antes de responder.

–Mira, Anselmo: cuando llego a mi casa, le hablo a mi mujer con mucho respeto. Por ti, por todo lo que te aprecio, te aseguro que gracias a lo nuestro la quiero más de lo que la quería ayer. Porque contigo aprendí cuánto pesa la ausencia y cuánto vale la costumbre de encontrar a alguien esperándote.

Anselmo sonríe de pura resignación, entiende que hay amores destinados a existir únicamente entre cervezas y muchachas de cantina.

Después ninguno de los dos volvía a tocar el asunto. Pedían otra ronda de cervezas. Bebían silenciosos, pensativos, correctos. Al despedirse se estrechaban la mano con la seriedad de dos hombres que sabían guardar un secreto. Luego cada uno se marchaba por su camino. 

Vengo de una generación de hombres muy aguantadores. Hombres que aprendieron a querer sin escándalo, a perder sin hacer ruido, a cargar deseos que nunca tendrían nombre. Quizá no eran mejores que los de ahora, sólo que esos hombres fueron educados para creer que algunas formas del amor deben parecerse más a un sacrificio que a una conquista.

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Vía / Autor:

// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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