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Apuntes para desmemoriados II: Planear al revés

¿Qué haces cuando el mapa que te entrega el guía está hecho, a propósito, para perderte?

Por Carlos Chavarria Garza

Hubo un tiempo, en cada país; Mexico no fue la excepción; en que planear en serio significaba hacer exactamente lo contrario de lo que decía el gobierno (contra narrativa oficial, Crespo, J.A.). No por rebeldía. Por método. Los setenta nos enseñaron esa lección con sangre y con inflación: si Hacienda decía que el peso estaba sólido, ahí mismo sabías que venía la devaluación. 

Si el discurso oficial hablaba de «administrar la abundancia», ya estabas viendo la fila para comprar dólares. Los escenarios del gobierno no eran errores de cálculo. Eran manipulación deliberada, diseñada para comprar seis meses más de calma social a costa del año siguiente. Y el que planeaba en serio —el ingeniero, el empresario, el padre de familia que no quería quedarse sin nada, aprendió a leer el comunicado oficial como quien lee un mapa falso: al revés, con la certeza de que la verdad estaba exactamente en la dirección contraria a la señalada.

Volvimos a ese México. No es nostalgia, es diagnóstico: hoy, otra vez, las teorías económicas oficiales caminan a contrapelo de la realidad que cualquiera puede medir con sus propios números. Nos dicen estabilidad financiera mientras los analistas que consulta el propio Banco de México no una encuestadora opositora al oficialismo, el propio banco central, reportan cero por ciento de confianza para nuevas inversiones, un nivel de desconfianza que solo se había visto en 2001, en la crisis de 2009, o en los meses más negros de la pandemia, y la paralisis de inversiones privadas desde 2018. 

Aquí está lo que nadie quiere nombrar en voz alta: esto no es una crisis como las que ya conocimos. No hay un auge que la haya precedido. 1982 vino después de una fiesta petrolera real, hubo dinero, hubo empleo, hubo un boom que después se cayó a pedazos, pero que existió. 1994 vino después de una apertura comercial que sí trajo inversión de cartera, sí trajo entusiasmo genuino de mercados que apostaban, aunque mal, a algo tangible. Esta vez no. 

Esta vez el discurso de transformación, de pueblo, de cuarta esto y cuarta lo otro, no vino acompañado de ninguna fábrica nueva, ninguna tecnología, ningún milagro productivo que después se pudiera reclamar como legado, aunque fuera mal repartido. Vino acompañado de contratos dirigidos, de licitaciones que ya no se licitan, de «infraestructura estratégica» que resulta ser cualquier cosa que el que manda decida llamar estratégica esa semana. No hubo pueblo que se enriqueciera ni brevemente. Hubo aparato que se sirvió a sí mismo desde el primer día, vestido con la ropa del pueblo para que nadie preguntara.Y aquí es donde el resto de América Latina ya nos dejó solos con la mentira. 

Argentina, Perú, Ecuador, Colombia, uno tras otro, ya vivieron su fase de hartazgo: probaron el discurso redistributivo, lo vieron convertirse en corrupción documentada, y votaron exactamente al revés. Once de las últimas catorce elecciones presidenciales en la región las ganó la derecha. México, junto con un puñado cada vez más corto de países, sigue bailando la canción que en el resto del continente ya nadie quiere ni oír. 

No es que a nosotros nos esté yendo mejor. Es que a nosotros todavía no nos ha llegado la nueva y repetida resaca, aunque los signos vitales ; la confianza en cero, el desmantelamiento de los contrapesos judiciales, la lista cada vez más larga de funcionarios estatales bajo proceso en cortes extranjeras, ya estén ahí, disponibles, para el que los quiera leer sin anteojos.

La izquierda que muy fue capaz para repartir una riqueza que no creo, pero no de construir ni una sola cadena de valor que sobreviva  por si sola a su propio relato, tampoco va a ser capaz de administrar la crisis que ella misma fabricó sin haber pasado antes por el auge. Porque ese es el problema de verdad: el que hereda una fiesta sabe, aunque le duela, que la fiesta se acabó. El que nunca hizo la fiesta, el que solo vació la alacena mientras cantaba que la estaba llenando, no tiene ni siquiera el recuerdo de la abundancia para consolarse cuando llegue la factura. Y esa factura, en este país, siempre la paga el mismo: el que no tuvo mesa en el banquete, pero sí va a tener que lavar los platos.

No hay lonche gratis. Tampoco hay crisis gratis para el que la fabrica sin haber dado nunca el auge que la justificara.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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