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La jauría digital contra Marianis

Por María Beasain // IAQuemada

Hay una diferencia elemental entre criticar a una política y tratar de desaparecerla. Entre fiscalizar a una figura pública y sabotear sus canales de comunicación. Entre cuestionar a Mariana Rodríguez Cantú por sus decisiones, su trayectoria, su cercanía con el poder o sus aspiraciones electorales, y convertir fotografías con sus hijas en munición para denunciarla falsamente por «explotación infantil» o «abuso sexual infantil». Esa frontera no es ideológica. Es civilizatoria.

La página de Facebook de Marianis —con más de 2.7 millones de seguidores— permaneció suspendida durante horas después de una oleada de reportes que etiquetó contenido familiar bajo categorías extremadamente graves de protección a menores. La suspensión, además, coincidió con su cumpleaños número 31. Si detrás de aquello hubo denuncias masivas coordinadas y cuentas automatizadas, ya no estamos ante el espontáneo y democrático deporte nacional de mentarle la madre al político en turno. Estamos frente a algo bastante más turbio: utilizar las salvaguardas de una plataforma contra la explotación sexual infantil para engañar a sus sistemas de moderación y silenciar a una mujer. ¡Muy valientes!

La paradoja resulta especialmente repugnante: quienes pretenden castigar a Mariana por exhibir demasiado a sus hijas terminan utilizando precisamente a sus hijas para intentar destruir a Mariana.

Eso no es proteger a la infancia. Es usarla. Y conviene decir algo que incomodará profundamente a los prianistas que llevan años haciendo de Mariana Rodríguez una especie de muñeca vudú de la política nuevoleonesa: Mariana tiene derecho a ser criticada. No tiene obligación de dejarse linchar.

La sofisticación del ataque está precisamente en que no se necesita hackear una contraseña, penetrar un servidor ni apoderarse de una cuenta. Basta explotar el funcionamiento de la moderación automatizada: provocar un volumen anómalo de acusaciones suficientemente graves para que el sistema prefiera suspender primero y averiguar después. Es la censura de la era algorítmica. Ya no hace falta quemar periódicos cuando puedes engañar robots. Ni clausurar una imprenta cuando una granja de cuentas puede intentar convencer a una computadora de que una fotografía familiar constituye material criminal.

¿Quieren discutir a Mariana? Discutámosla. Puede discutirse el sharenting. Puede debatirse hasta dónde debe llegar la exposición familiar de una gobernante, influencer o candidata. Puede cuestionarse la mezcla entre política, vida privada, marcas comerciales y redes sociales. Puede examinarse “Amar a Nuevo León”. Puede revisarse su gestión. Puede confrontarse su proyecto electoral. Todo. Lo que no puede hacerse es utilizar una controversia verdadera como coartada para fabricar una acusación monstruosamente falsa. Porque entre cuestionar la exposición digital de menores y reportar fotografías familiares como «abuso sexual infantil» existe aproximadamente la misma distancia moral que entre investigar a alguien y falsificarle un expediente criminal. Ahí termina la crítica. Y comienza la canallada.

El delito imperdonable: ser madre, mujer y política Existe además un componente particularmente rancio en esta persecución: la maternidad como instrumento de demolición política. A Marianis se le fiscaliza cómo carga a sus hijas, cómo las fotografía, cuándo trabaja, cuándo viaja, cuánto aparece con ellas y cuánto dejaría de aparecer. La maternidad termina convertida en un examen público permanente cuya calificación expide una multitud de desconocidos desde un teléfono. El mecanismo tiene nombre: mom-shaming. Y tiene una lógica brutalmente sencilla. Si Marianis trabaja demasiado, mala madre.  Si aparece demasiado con sus hijos, los explota. Si no aparecen, los abandona. Si habla de maternidad, lucra políticamente. Si no habla, oculta a su familia. Si continúa su carrera, ambiciosa. Si la suspende, oportunista. La sentencia estaba escrita antes del juicio. El pecado no consiste en lo que Marianis haga, consiste en que Mariana existe fuera del molde que otros diseñaron para ella.

La misoginia también aprendió programación La violencia política digital ha evolucionado. Conserva el viejo prejuicio, pero ahora dispone de automatización, algoritmos, cuentas anónimas, ejércitos coordinados y mecanismos de denuncia susceptibles de manipulación. Es el machismo de siempre con actualización de software. Literal.

Foto portada: Inteligencia artificial (IA)

Fuente:

// Medios // IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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