La Carpeta:
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En toda mi vida, que no es corta, jamás he recibido a un encuestador o he recibido una llamada de alguien que pregunte mi opinión o mi preferencia por lo que en las pantallas de la tele se muestra. Ninguno de mis familiares o conocidos ha tenido esa experiencia.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 16, 2016, 6:51 am

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Desde que este siglo comenzó, y ante los procesos electorales mexicanos, en lo más profundo de mi pecho he estado aplacando un grito que comenzó como susurro y fue creciendo luego, hasta que Andrés Manuel López Obrador lo expresó con todas las letras que yo guardé en mi garganta tanto tiempo mientras ahí crecía: “Al diablo con las encuestas”. Desde luego, Andrés Manuel no se refiere, como yo, a todas las encuestas, sino solamente a las que no le favorecen en sus resultados.

Lo que escribo líneas arriba no descalifica de ninguna manera la encuesta de SDP (eso quería decir en su momento El Sendero del Peje) que publicó el diario Reforma. Quiere decir, simplemente, que no considero que las encuestas que se hacen en mi país reflejen de alguna manera verosímil la forma de pensar o la intención de votar de los que finalmente se atrevan a cumplir con esa obligación cívica.

Pasa lo mismo con los famosos ratings de la televisión abierta en mi país. En toda mi vida, que no es corta, jamás he recibido a un encuestador o he recibido una llamada de alguien que pregunte mi opinión o mi preferencia por lo que en las pantallas de la tele se muestra. Ninguno de mis familiares o conocidos ha tenido esa experiencia.

Si la medición de preferencias se hace, como dicen, mediante cajitas electrónicas que se conectan a los receptores de televisión y envían su encriptada información a un centro de proceso de datos, tampoco me han pedido colocar una de esas chismosas cajitas en la sala de cualquiera de mis numerosos hogares. Si me lo hubieran pedido para mi recámara, mucho menos. Tampoco conozco a nadie que tenga ese medidor de simpatías, risámetro o lacrímetro en su hogar.

Para ser claros, el asunto es que esas mediciones de preferencias se hacen conforme a lo que los encuestadores llaman muestras. Una muestra puede ser, según el tamaño de la plaza, de 400 personas o de dos mil quinientas. El resultado de ese muestreo se multiplica por el número que pensaste y, voilá!  Ha nacido la verdad absoluta. Los michoacanos o los yucatecos o los jarochos o los de Zapotlán piensan así. Lo mismo sobre un jabón de baño que sobre el candidato a regidor. Según el sapo es la pedrada; según el dinero de tu campaña es el resultado de mi encuesta.

Por eso a Andrés Manuel no le gustan las encuestas que pierde.

Por eso yo no le creo a ninguna.

PILÓN.- ¿Cuántos funcionarios del gobierno mexicano se van a querer subir al podio olímpico de Misael Rodríguez, cualquiera que sea el escaño que logre? Me lo pregunto porque desde ayer ya salieron los apologetas (¿se dice así?, en todo caso los defensores de oficio de Alfredo Castillo Cervantes, dueño de la Conade por encargo presidencial) por el fracaso de la delegación olímpica mexicana en Río de Janeiro. Ahora resulta que fue suficiente que la competidora de arco, que perdió al borde del agua, se quejara del atuendo de la novia de Castillo para que se le señalara que, en su turno, ella hizo un tiro de cinco puntos en su intento final. Y ahora resulta que un pinche traje de Hugo Boss de 15 mil pesos, regalado a la primera dama de la Conade, no es para poner el honor nacional en la baza olímpica.

Recuerden al hombre de Parral, Chihuahua, hoy héroe nacional, boteando, pidiendo con sus compañeros limosna en las calles para poder asistir al mundial de Qatar el año pasado. Hay que ver.

También hay que ver al presidente del PRI exigiéndole al licenciado Castillo cuentas. Como si fuera el secretario de Educación, quien es el jefe de la Conade o como si fuera el presidente Peña Nieto, padrino de los dos.