Quienes rebasamos los cincuenta años de edad nacimos en un México donde el Estado ordena y manda, los comerciantes son el diablo y “quien vive fuera del presupuesto vive en el error”.

Nos criamos bajo la doctrina política del nacionalismo revolucionario: una ideología que conjugaba el Estado asistencial, la política clientelar y un panteón de héroes y mártires patrios, entre los cuales, por cierto, casi no se honraba a innovadores exitosos en el campo del comercio. Los emprendedores son los grandes ausentes.

La mayoría de los miembros de mi generación fueron programados mentalmente para trabajar como burócratas del Estado y escalar peldaños en el servicio público, o vivir a costillas de la dependencia pública. Muchos son ahora funcionarios morenistas.

Se repudia cualquier tentativa ciudadana por rebelarse a la coerción del gobierno. Se acepte o no, todavía seduce el glamour del gobernante todopoderoso.

¿Puede uno, en este entorno económico viciado, apostarle al “caos productivo del mercado”, como lo definió Carlos Marx? ¿Es posible que la mente de un burócrata pueda distanciarse paulatinamente del decadente Estado regulador, intervencionista, planificador y formador de monopolios?

Quienes se dedican al pequeño y mediano comercio, sobreviven a las trabas corruptas que nos impone el ente gubernamental, parásito que monopoliza el poder político.

Ya llegarán los tiempos cuando al Estado le resulte más caro dejarnos emprender nuestros asuntos por nuestra cuenta y riesgo, y él se dedique a tapar los baches de las calles y frenar la inseguridad pública. Fuera de eso, como diría el poeta, burocracia nada te debo, burocracia estamos en paz.