“Hoy viene muy tarde, don Eloy, ya cerramos hace rato”. Es verdad: entro al antiguo Palacio de Calimaya, en el Centro Histórico (Pino Suárez 30) y pasan las ocho de la noche. Pero el guardia, Javier, amigo mío, se compadece de mí. Sabe que vengo de muy lejos, como en las anteriores ocasiones. Y ahora me ve cansado. Así luzco por dentro y por fuera. Ni modo, qué se yo. Han pasado tantas cosas horrendas; accidentes atosigándome, entrando como púas por las plantas de los pies.

“Lo dejaré pasar, pero no lo cuente a nadie, don Eloy, queda entre nosotros”. Y subimos por la escalera bicentenaria, de tezontle. Me abrasa una penumbra lúgubre. Muestra Javier solícito la llave. Abre la puerta de madera de cedro. Enciende la luz.

Ahí están de nuevo, súbitamente: los frescos del pintor olvidado, del artista maldito, Joaquín Clausell. “Aquí lo dejo, don Eloy, quédese el tiempo que quiera”. Y adivino el fantasma del viejo perverso, el maléfico conspirador que convenció a Victoriano Huerta para que se sumara al complot contra el Presidente Madero. Sin embargo, ¡pintor soberbio fue Clausell! Se casó por dinero con la heredera de los Calimaya, dio el braguetazo, se refugió en la azotea veinte años a pintar, al margen del trajín del mundo. Y para secar los pinceles, soltó brochazos a diestra y siniestra sobre los muros, luego fue pintando misántropos barbones, mujeres enlutadas, naufragios y ahogados, majas nostálgicas, caballos sin freno, acantilados y breñas, niños y duendes, brujas y chamanes, ángeles altivos y demonios tristes.

Estos frescos, que Clausell creó como al desgaire, se acumularon pacientemente durante veinte años. Como Goya, el artista se pegaba velas en el sombrero, para otear en la oscuridad de la madrugada, “la oscurana” le decían los arrieros. Y el artista, artesano portentoso, dibujó, trazó, pinceló anónimamente durante dos décadas. El óleo pobló las paredes de la azotea, impregnándolas de aires sobrenaturales. El resultado es una obra maestra, una marejada artística oculta, secreta, escondida en la Ciudad de México, sólo al alcance de unos cuantos iniciados.

Cuento cada viñeta: son mil trescientas sesenta en total. Ni una más, ni una menos. Imagino una historia para cada personaje, para cada motivo, para cada estampa. Pasan las horas. Y no puedo más: me acurruco exhausto en un rincón, el escalofrío tasajeándome. Clausell me chupa los sesos como un demonio milenario.

Toco la puerta para llamar a Javier. Lo sujeto del hombro: “¿Se siente mal, don Eloy? ¿Quiere un vaso con agua? ¿Una aspirina?”. Imagino la morada palidez de mi rostro. Le digo no, debo marcharme. No volveré dentro de mucho tiempo al antiguo Palacio de Calimaya. Quizá no regrese nunca. Me aguardan afuera, en la calle desierta, sufrimientos qué atender, espantos qué conjurar, miedos con los cuales familiarizarme. Javier me tiende la mano. “Vuelva cuando quiera, don Eloy, aquí lo estaré esperando”.

Desde una ventana, entreveo una silueta sombría, acaso es Clausell que me dice adiós con sus demonios impresionistas detrás suyo, para salir a tratar a los demonios reales, de colores grises y opacos; los monstruos de verdad que nos asaltan en cada esquina, en forma de parques infantiles, para rasgarnos el vientre con sus afiladas garras.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.