Por Félix Cortés Camarillo.

El año próximo es crucial para el mundo entero: el resultado de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos va a reflejarse en muchos espejos. De entrada, en el asiático, por el curso que sigan dos rieles paralelos de política exterior norteamericana: el que lleva a Beijing y el que lleva a Pyong Yang. El primero pasa necesariamente por Moscú y la tensa calma con Putin; el segundo atraviesa los intereses comerciales de Tokio y el sensible corazón de Seúl, aliado fiel en las buenas y las malas desde la división de la península en el paralelo 38. Ambos rieles terminarán, como todas las paralelas, uniéndose en el infinito.

El espejo europeo anticipa un reflejo muy distorsionado, con la salida o no de la Gran Bretaña de la comunidad continental: el próximo presidente de los Estados Unidos tendrá que enfrentar una Europa cada vez más dividida, especialmente por la crisis social que la inmigración galopante de África hacia el mundo llamado viejo, y por la guerra de ida y vuelta de aranceles a los productos importados de uno y otro lado del Atlántico.

Lo cual nos lleva al principal espejo retrovisor que nos afecta. Para México, la sucesión presidencial norteamericana, en el primer tercio del sexenio del presidente López, obligará a su gobierno a poner fin a la esquiva política de evitar confrontaciones y llevar con Donald Trump la fiesta en paz. Si el pelopintado se ha mostrado intolerante y rapaz en su primer cuatrienio, un segundo nos mostrará un Donald Trump peor, si es que eso es posible. Eso debiera empujar al gobierno mexicano a tomar una actitud más viril y beligerante ante su poderoso vecino.

Todo eso lo sabemos desde que la aventura de Hilary Clinton acabó en el naufragio que nos produjo un presidente Trump, para el que no estábamos –de uno y otro lado de la línea fronteriza- preparados.

Como no lo estamos ahora. Es evidente que, si no cambian fundamentalmente los indicadores económicos allá en el Norte -algo poco probable- Donald Trump se dirigirá a su reelección con el apoyo de los estados de ese densamente poblado rincón del noreste del país, Wisconsin, Michigan, Ohio, donde están las empresas automotrices y otras agrícolas que decidieron la derrota de la señora Clinton. Por lo cual, no tenemos a quién irle.

Especialmente porque los demócratas de los Estados Unidos tampoco lo tienen. Hoy en día no hay, en la baraja del partido demócrata, carta fuerte que pueda enfrentar al hoy presidente.

En ese panorama se destapa Joe Biden. Fue vicepresidente de Barack Obama los ocho años que el negro habitó la Casa Blanca. Biden no es nuevo en esto de buscar la presidencia; lo hizo en 1987 cuando abandonó las primarias en medio de un asunto de plagio; en el 2008 lo aplastaron Obama y Hillary Cliton. Se resignó a ser un buen segundo con Obama.

En febrero, el partido demócrata comenzará su ronda de primarias, que son elecciones internas del partido rumbo a la convención que habrá de designar el candidato a la presidencia. El 11 de febrero serán las primarias en New Hampshire, que suelen ser definitivas para la convención.

Yo no sé si los septuagenarios Biden o Bernie Sanders sean una esperanza para el futuro de México frente al ogro. Menos aún si los jóvenes O´Rourke y Buttigieg lleguen a la convención de su partido. Biden parecería nuestra mejor esperanza.

Yo no sé. No sé tú.

felixcortescama@gmail.com

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.