Los albañiles son hombres que usan la cal y la arena/ Y el ruido que ellos se encargan son pura plata que suena/ La de la tierra bendita, la de la Virgen Morena. // Emilio Novaira, Los Albañiles

Tuve la fortuna ocasional de compartir redacciones con Raúl Prieto, gramático implacable, que firmaba su columa “Perlas Japonesas” con el seudónimo de Nikito Nipongo, y en la que solía incluír gazapos variados y divertidos capturados en diferentes medios o documentos. Nikito tiene más de quince años de  muerto pero en su tumba debe estarse retorciendo de la risa si lee la gaceta oficial del gobierno del Estado de Nuevo León en su edición el pasado cinco de junio.

Ahí se reproducen, bajo el cabezal NAEM-EM-SDS-002-2019, los lineamientos técnicos para quienes realizan obras de construcción o demolición. Eso es una forma elegante de llamar a los albañiles. Pues a estos señores del nivel y la cuchara, que toda su vida han traído desde la mañana un par de tacos de lo que haya para recuperar fuerzas a la mitad de la jornada y los calientan sobre una tapa de lámina de un tambo colocada sobre tres ladrillos con un fuego moderado alimentado de trozos de polines, les queda establecido por estos lineamientos: “estrictamente prohibido el encendido de fogatas con el fin de preparar alimentos”.

Genial, ¿no?

La garigoleada y presuntuosa firma del gobernador Jaime Heliodoro ratifica la instrucción. ¡Que se jodan los albañiles!

La discriminación de todo tipo, sea racial, de género, social o étnica tiene una raíz común, la económica. Si un par de discretos maricas de modestos recursos pretende entrar a un restaurante norteamericano de postín, corre el peligro de que no lo dejen entrar. Si se presenta Elton John con su pareja, que además de ser confesada y explícitamente homosexuales, el señor John es excelente y afamado músico, Sir del Reino Unido y amigo de la familia real, se le tenderá alfombra roja. Un negro que no sea rico es un pobre negro; un negro con billetes abundantes es un señor digno del mejor de los tratos.

Esto pasa de las personas a las instituciones: una pedrera instalada en lo que queda de la falda del Cerro de las Mitras en Monterrey puede seguir contaminando el valle de la capital neolonesa. Los impúdicos camiones del transporte público pueden seguir emitiendo sus gases negros directo hacia nuestras narices. Los pudientes regiomontanos, que pueden pagar los precios actuales del chuletón, la costilla cargada, el rib-eye o el Tomahawk, con toda impunidad pueden encender en los patios y terrazas de sus casas de la colonia Del Valle los asadores al carbón traídos de Texas. Esas mismas fogatas de la tradicional carne asada norteña que estarán encendidas la noche del domingo cuando celebremos la supuesta e improbable victoria de la Selección Nacional ante los Estados Unidos en la raquítica Copa de Oro de futbol que terminará en Chicago. Todos ellos no contaminan.

¡Ah…! Pero los albañiles…Que se jodan.

O que se compren un horno de microondas para calentar sus tacos.