Por Carlos Chavarría.

Se ha puesto de moda que los jefes de estado o presidentes de las naciones hablen todo el tiempo a través de las redes sociales y en cada momento que tienen un micrófono frente a ellos. No tiene ya importancia cuidar las formas y modos de la comunicación e incluso se dan el lujo de mentir con descaro o deformar hechos con tal que se ajusten a su discurso de oportunidad.

El presidente López Obrador no ha sido la excepción y se mete en muchos embrollos en sus conferencias de prensa mañaneras con tal de sacar su punto adelante. No tiene habilidad para improvisar y pareciera que saca de su memoria apuntes que le impactaron o residuales de alguna conversación reciente donde así ocurrió.

El 22 de julio próximo pasado usó una cita que la pronunció Clinton en 1992, pero que fue acuñada por su estratega electoral James Carville: “…is the economy, stupid!”. Muy correcto, nuestro presidente la tradujo como: “es la economía, ¡tonto!”

Pero López Obrador forzó el uso de la cita en cuestión para su lucha permanente contra el neoliberalismo y fue la válvula para que en su alocución se disparara de nuevo su pirotecnia verbal contra sus enemigos acostumbrados.

Es curioso, pero Clinton usó esa frase en su cuarto de guerra de manera privada y de facto se convirtió en lema de su campaña y se han acuñado muchas variantes de la misma.

El asunto es que ahora que no hay fondo intelectual en la política y se puede llegar a ganar una elección por muchas razones menos las ideas, así que se están reviviendo falsos dilemas que se suponían como ya resueltos en el pasado, uno de ellos, que les encanta usar a los izquierdistas de corte socialista del siglo XXI es la falsa contradicción entre desarrollo y crecimiento.

López Obrador como otros líderes más, piensan y por eso van en contra de lo que llaman neoliberalismo, que no todo puede ser economía. Que existen muchos problemas que nada tienen que ver con la economía y en parte tienen razón, pero en el fondo toda acción individual o grupal tiene una función de costo y una de utilidad y optimizar esas funciones es el deseo inmanente de todos los seres humanos, más aún de los que detentan el poder público o privado.

Zedillo decía en sus lemas de campaña que había que convertir a las sanas finanzas nacionales en las sanas finanzas familiares y por supuesto que de eso se trata el desarrollo, de distribuir los beneficios del esfuerzo de una sociedad entre sus miembros, por excelencia primero a los menos favorecidos.

Pero para que ocurra tal cosa, el reparto, primero debe haber suficiente para todos y para eso se requiere que las economías crezcan al ritmo de sus necesidades de manera sostenible en el largo plazo.

Por supuesto que el presidente tiene razón cuando insiste en el papel que ha jugado la corrupción en la descomposición de nuestra circunstancia y la de muchos países que ha impedido el desarrollo de las cosas, pero de ahí a querer justificar el clientelismo dadivoso como método primigenio para alcanzarlo es un absurdo.

Pensar que se puede repartir la riqueza sin primero crearla o despojando al que se deje es como esos que andan por ahí creyendo que la tierra es plana, a eso se refería la frase de Clinton, a esos estúpidos.

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