Por Félix Cortés Camarillo

Cuni Cuni tenía un hijito/ que se llamaba San Expedito // Óscar Chávez, Las Coplas de la Mariguana

Aunque haya sido frecuente, nunca ha resultado buena la práctica de la demagogia populista de proclamar como logros lo que solamente son intenciones y propósitos. Hubo de pasar por lo menos un decenio para que el slogan de Fidel proclamando a Cuba como el primer territorio libre de analfabetismo en América fuera un hecho ciertamente relativo: hoy hay en Cuba cierto índice, así sea menor, de analfabetismo funcional. El otro refrán popular de la isla, “territorio libre de América” sigue siendo un eufemismo mientras la libertad siga significando lo que nos enseñaron de chiquitos.

Ayer por la mañana, uno de los paleros que hacen preguntas a modo al presidente López sugirió con toda su ingenuidad proclamar como territorio libre de drogas ya no sé si los hogares o las escuelas mexicanas. Como si las cosas con el tráfico y el consumo de estupefacientes dependiera de un edicto o un lema pegajoso: los mexicanos sabemos que el petróleo es nuestro, que vamos en la marcha hacia el mar, arriba y adelante, o que la solución somos todos. El problema de las adicciones, especialmente entre nuestros jóvenes, no puede resolverse simplemente con la sustitución al frente de la CONADIC de don Manuel Mondragón y Kalb, cuya desaparición hace meses nos pasó de noche y que dejo la oficina en manos de una encargada de despacho, para que ayer saliera del sombrero el nuevo comisionado, el doctor Gady Zabicky Sirot, quien hizo su presentación ayer.

Las personas son irrelevantes cuando los programas tienen sustento. A juzgar por lo dicho ayer por Zabicky y el presidente López, este programa tiene sólidas bases. Ni los más radicales analistas críticos de las prácticas políticas y sus sustentos ideológicos de la cuarta república podrían estar en contra de lo expuesto. De manera especial en cuanto a que hace de sus ejes troncales la prevención y la no penalización. Llanamente, López Obrador se ha pronunciado por la despenalización.

El tema, que muchos confunden con legalización de las drogas, tiene más de veinte años sin convencer a los políticos tradicionales: siempre se acude a la necesidad de una consulta, de un estudio o de una encuesta, mientras los índices de consumo –y especialmente de criminalidad que va ligada al tráfico- siguen creciendo exponencialmente.

Nadie puede estar en contra de que se fortalezcan los lazos familiares, como pide López. Nadie puede oponerse a la realidad, de que la desesperanza que lleva a los jóvenes a experimentar con el consumo o atreverse al tráfico, tiene sus raíces en la injusticia económica y a la falta de oportunidades de estudio o trabajo, por un lado, y de valores familiares, en familias monoparentales, por lo general, por el otro. Tenemos que aplaudir todo esfuerzo que combata de raíz esos problemas, aunque en otra instancia veamos la desaparición de las estancias infantiles –que los abuelos cuiden a los niños– y el fomento al ni estudiar ni trabajar, que al cabo llegará un apoyo.

Con una consideración adicional: ni este asunto, así se pusiere en el primer sitio de las prioridades del gobierno se puede solucionar en un lapso breve, ni los objetivos pueden alcanzarse echando mano solamente de los recursos nacionales.

Sin una metodología eficiente a largo plazo y careciendo del apoyo de los Estados Unidos, alberca para el clavado del tráfico, no llegaremos al puerto deseado de la reducción de las adicciones locales.

Si por lo menos pudiéramos detenerla donde está…

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