Por Félix Cortés Camarillo.

En este laberinto de poder,

Cómo voy, cómo voy a encontrar mi casa.

Mano cadena, me dice un amigo

Somos cangrejos, hace el vecino…

Leticia Servín, Mano Cadena.

No hubiera necesitado esperar a cumplir 21 años el hoy reo Patrick Crusius para comprar sin ningún problema el rifle automático AK-47 con el que hizo el sábado historia en el Cielo Vista Mall de El Paso, Texas, específicamente en la tienda Wallmart. Mucho antes, con la mera presentación de su licencia de manejo de Texas –para el caso, de cualquier estado norteamericano– se lo hubieran vendido desde hace tres años sin obstáculo alguno.

El supremacista blanco había manejado nueve horas desde Dallas, en cuyos suburbios vivía, para llegar a la ciudad fronteriza que mejor se ajustaba a sus propósitos: matar al mayor número de hispanos posible. Mató a veinte personas, tres de ellos oficialmente ciudadanos mexicanos; dejó a 26 heridos. La mañana del sábado había puesto en un sitio de internet que se llama 8Chan un mensaje instigando a una guerra racial que consideraba ya está avanzando: “Hagan su parte y difundan esto, hermanos. Sigan en la buena lucha”.

Parece contagioso. Trece horas más tarde de la masacre en Texas, otro asaltante solitario disparó en las afueras de un bar en Dayton, Ohio matando a nueve y dejando 27 heridos. El asaltante fue ultimado por la policía.

Tal como señalaba ayer la revista New Yorker, la conversación nacional –e internacional- se volcará necesaria y justamente al control de armas, la salud mental y a la práctica del presidente Trump de exacerbar las tensiones raciales como ha sido su uso por décadas y ahora parece ser el eje central de su estrategia de reelección. Pero hay otra línea poco transitada en estas manifestaciones del terrorismo interno y blanco en los Estados Unidos, y los impulsos de apoyo que se extienden por las benditas redes sociales.

En los Estados Unidos hay por lo menos tres de esas redes de la Internet que dominantemente divulgan y aplauden estas tendencias de tinte racismo y de odio; se trata de Gab, 4chan y 8chan, en la cual apareció la proclama del joven Patrick para quien el fiscal de Texas buscará la pena de muerte. Los sitios en la Internet dedicados a ese propósito constituyen una siniestra mano cadena de la violencia y su defensa.

¿Debieran esas “benditas redes sociales” ser simplemente cerradas?

La respuesta no es tan sencilla. La democracia norteamericana tiene un standard de libertad de expresión muy alto, por fortuna. Cierto que esa libertad de expresión está condicionada a no incitar a la violencia, pero esa convocatoria es muy difícil de probar. En los años sesenta, la Suprema Corte de los Estados Unidos, en el juicio Brennan contra Ohio falló a favor de los derechos de un líder del Ku Klux Klan que había difundido mensajes de odio.

La primera enmienda podría dejar un acotamiento para cancelar esos mensajes de odio racial: jamás podrían cerrar su sitio en la Internet. El dueño de 8Chan es un norteamericano que vive en Filipinas y que tiene ese vehículo como un pasatiempo en el que no le importa perder dinero. Tiene la defensa de una empresa que protege mensajería nazi y racista llamada Cloudflare. El presidente de esta empresa alega: nosotros somos el FedEx de la Internet: llevamos los mensajes, pero no inspeccionamos las cajas.

El tema del terrorismo interno y blanco en los Estados Unidos va mucho más allá de la defensa de la libertad de expresión. Tiene que ver, en primer lugar, con el control del acceso a las armas de fuego, en donde al lado de la defensa de los derechos constitucionales de los gringos inciden los intereses del capital que maneja las inversiones en la fabricación y la venta de las armas de fuego y municiones en la casa de nuestro vecino. En ningún momento en la restricción de la libertad de expresión, en la que todo es exceso es más importante que cualquiera de sus restricciones, en cualquier país del mundo.

Incluyendo el nuestro.

felixcortescama@gmail.com

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