Por Félix Cortés Camarillo.

La donna è Mobile

quai piuma al vento.

Muta d´áccento e de pensiare

Aria de Rigoletto, de Verdi.

Hace unos 35 años, una noche, en Nueva York, en una conversación de martinis secos, sabiendo que soy mexicano, una colombiana me confesó como un logro extraordinario en su curriculum, que se había “echado” a Plácido Domingo. Yo tenía en la memoria reciente al Plácido Domingo que en Tlatelolco se había descamisado para mover escombros en busca de sobrevivientes de El Sismo. Buscaba a algunos de su estirpe; pero estaba ahí y ahí estuvo. No le di importancia a la declaración de la joven, pero al hacerla ella extensiva, deduje que ninguno de los dos involucrados en la cópula de referencia habían sido obligados a ella.

José Plácido Domingo Embil, hijo de Pepita la reina de la Zarzuela, está ocupando las primeras planas de los periódicos del chisme en el mundo entero.

En el torrente desatado por las damiselas norteamericanas que de repente recuperaron la memoria y cuentan que un productor, un director, un compañero de reparto o alguien más, de repente le sobó las nalgas o se las pidió. En algunos casos, confiesan, se las dieron.

Nueve mujeres que en algún momento tuvieron relación profesional con Plácido, tuvieron una repentina recuperación de la memoria diciendo que, hace treinta años, el tenor, a la sazón con autoridad de orquestas y coros, condicionó el avance profesional de las cantantes a las relaciones sexuales con él. La mayoría de ellas mantienen el anonimato.

La moralina norteamericana, a raíz de este escándalo, le ha cancelado al tenor un espectáculo en Philadelphia. Otros contratos le serán probablemente cancelados.

Plácido, cándidamente, ha expresado algo que es innegable: con el tiempo, las conductas y las expresiones han cambiado de peso y de importancia. La Donna è Mobile. Al juzgar las cosas y las actitudes el entorno social juega un papel básico.

En los tiempos del franquismo, que Plácido también vivió, el piropo español bendita sea la madre que parió esta belleza podía provocar el rubor en las mejillas –mucho más dicho por Plácido Domingo o Julio Iglesias– que si lo dijera yo. En aquellos tiempos era un piropo muy moderado.

Muy probablemente, y de manera especial en la doble moral norteamericana, la misma frase hoy sería motivo de juicio por acoso sexual.

Con frecuencia saludo a mis amigas y familiares de beso. En algunos casos con algún abrazo.

Espero que, dentro de treinta años, no vayan a recordar que en mi saludo estaba implícita la intención de que me las quería coger.

felixcortescama@gmail.com

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