Por Félix Cortés Camarillo.

La radical división de los mexicanos a que nos han conducido los acontecimientos de Culiacán, pero principalmente el after hours que han protagonizado todos los niveles del aparato gubernamental de este país, en todo momento, revela un aspecto interesante de la disidencia.

Hay un sector notable de la ciudadanía preocupada -por llamarla de algún modo- que con una constancia digna de Sísifo procuramos evaluar las acciones de gobierno del presidente López desde una perspectiva crítica, que no quiere decir más que un análisis inteligente y un juicio frío; hay otro grupo respetable de ciudadanos que no está conforme con la Cuarta Simulación por motores emocionales: simplemente, no les cae bien el Peje, haga lo que haga.

Las dos opciones son válidas en una sociedad que tramposamente se autonombra democrática, aunque su gobierno, que es el brazo ejecutor de la sociedad, tenga dos criterios para -por ejemplo- una agresión a la puerta mariana del Palacio Nacional. Si los protestantes son anónimos encapuchados de negro golpeando la epónima puerta del Estado, no pasa nada. Si ante la misma puerta los que se manifiestan pacíficamente son tres centenares de alcaldes de municipios mexicanos, que mal o bien cobran impuestos, reclamando que no se les reduzca la participación federal que de los impuestos les envía el presidente López, les bañan de gases pimienta o lacrimógenos, yo que sé. Abrazos y balazos, creo que es un slogan favorito.

La primera facción, a la que arriba hago referencia, asume que el presidente López debió fajarse los pantalones ante el catastrófico resultado para detener y mandar al norte al hijo del Chapo. Aunque ahora sabemos que el presidente López no tenía idea de lo que estaba pasando, en su momento debió decir “a la madre, sálvese el que pueda”; los de este lado consideramos que, si el operativo fue mal planeado, peor ejecutado, y ya no se diga imbécilmente explicado al interior y al exterior de la mexicanidad, merece y necesita una sanción para todos los que participaron en este histórico ejercicio de estupidez estratégica.

Pero no una condena a la actitud del máximo Tlatoani.

Hay una opinión ampliamente difundida de que el presidente López se bajó los pantalones; él mismo hizo referencia al término.

Sí se rajó y le dio reversa a una operación pendeja.

Pero resulta que uno de los principales argumentos que muchos hemos esgrimido en contra del modo personal de gobernar de López Obrador, es la evidencia de un poder centralizado, firme, intolerante y obviamente indiscutible. Por ejemplo, el de Gustavo Díaz Ordaz. Así como uno dijo dénle pa´delante, el otro dijo dénle pa´trás, ¿qué chingaos están haciendo?

En todo caso, aquí hay dos verdades que por lo general conducen a una mentira.

Saliendo de ese análisis, finalmente, si el proyecto intelectual de Andrés Manuel López Obrador y su equipo es disgregar, descomponer, fragmentar a la sociedad mexicana hay que reconocer que lo están logrando con una gran eficacia. Las numéricamente minorías que discrepamos del presidente López se están dividiendo.

Ahora, la mentira es que nos va a ir mejor.

felixcortescama@gmail.com

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