Por José Jaime Ruiz.

El asilo político es uno de nuestros mayores orgullos como mexicanos, esta tradición no sólo es celebrable, también exigible. La llegada de Evo Morales a México nos enaltece, como lo fue el arribo de los republicanos españoles y los exiliados argentinos y chilenos en la década de los setenta. Lo anterior, sin embargo, no impide señalar los errores de Evo, cuya mayor tentación fue perpetuarse en el gobierno, ergo, en el poder.

Nadie subestima la ruta del crecimiento hecha por Evo en Bolivia, tanto con inversión económica como con inversión social, además de “desdolarizar” su sistema financiero. Hizo crecer la economía como ningún país en América latina y, como he reproducido en otro momento, combinó el bienestar macroeconómico con el bienestar microeconómico de los bolivianos.

No, el problema no fue ni económico ni de crecimiento. Su problema fue acabar con la democracia. Una democracia que no se ha visto menguada, a pesar del neoliberalismo, por ejemplo, en México y en Argentina. Brasil, por mencionar otro grande latinoamericano, es otro asunto, “otro golpe”.

Uno de los mejores análisis de la crisis boliviana lo he leído en Página 12, y es de José Natanson, director de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur:

1.- “El golpe contra Evo Morales es un golpe de Estado por el pronunciamiento militar: no hace falta que los tanques ingresen a la casa de gobierno para que un golpe sea un golpe y no alcanza tampoco con que el presidente presente su ‘renuncia’.”

2.- “Una cronología informada ayuda a entender mejor el desenlace. Aunque la historia puede remontarse a la ‘rebelión de la Media Luna’ del 2008, al proceso insurreccional de 2000-2003 o a los ‘500 años de dominación colonial’, la cadena de acontecimientos que derivó en el golpe comenzó el 21 de febrero de 2016, cuando Evo perdió el plebiscito convocado para habilitar un nuevo mandato.”

3.- “En lugar de apelar al camino de Rafael Correa (designar un sucesor) o Hugo Chávez (llamar a otro plebiscito), prefirió impulsar un fallo del Tribunal Constitucional, integrado mayoritariamente por sus partidarios, que terminó aceptándolo. La oposición presentó un reclamo ante la OEA pero su secretario, Luis Almagro, lo rechazó, y respaldó la legalidad de la candidatura de Evo. Sin embargo, en un país que según el periodista Fernando Molina porta un rechazo casi genético a la reelección, comenzó a afianzarse una creciente resistencia, tanto de las elites tradicionales como de las nuevas clases medias cholas.”

4.- “El cuestionamiento no se centraba en la gestión presidencial, con altos índices de aprobación, sino en la permanencia en el poder, leída como anti-democrática y que además obturaba las posibilidades de ascenso social en un país en el que las oportunidades de progresar se concentran en el Estado (Víctor Paz Estensoro solía decir que la Revolución Nacional fracasó por tener menos cargos para repartir que aspirantes a ocuparlos).”

5.- “El domingo 20, cuando se celebraron las elecciones, Evo obtenía el 45,28 por ciento de los votos contra 38,16 de Carlos Mesa, una diferencia menor a los 10 puntos necesarios para evitar la segunda vuelta. El conteo se interrumpió por la noche y se reanudó horas después, cuando los bolivianos amanecieron con un cambio de tendencia que consagraba al presidente ganador en primera vuelta.”

6.- “Comenzó entonces una disputa en torno al resultado, que se fue intensificando con movilizaciones y protestas y que reavivó la idea de ‘ilegalidad’ de la candidatura de Evo originada en el plebiscito de 2016. En un clima de tensión creciente, el gobierno aceptó la verificación de la misión electoral de la OEA, que ya había manifestado sus dudas sobre la transparencia de los comicios, y anunció que el dictamen sería vinculante. La oposición, en cambio, la rechazó, creyendo que el veredicto sería favorable al gobierno, y hasta llegó a calificar de ‘comunista’ a Luis Almagro. ¿Qué pasó realmente? Con los elementos a mano resulta difícil afirmar si hubo o no fraude, si se trató de pequeñas trampas o de algo planificado para garantizar la diferencia de diez puntos, pero lo cierto es que la OEA así lo consideró, en un informe emitido el domingo temprano en el que denunció ‘graves irregularidades’ y recomendó repetir las elecciones con un nuevo Tribunal Electoral. En un claro gesto democrático, Evo aceptó.”

7.- “Pero la situación social se había tornado a esa altura intolerable, con protestas cada vez más masivas, episodios de racismo explícito y revancha social desatada contra partidarios de Evo y ataques de defensores del gobierno (hay muertos de ambos bandos). La oposición, dominada por los sectores más radicalizados, modificó su reclamo, de la realización del ballotage a nuevos comicios y de ahí a la renuncia del presidente. El ultraconservador Fernando Camacho reemplazó a Mesa, cuya figura se fue diluyendo. Ante la escalada, por decisión de Evo o como resultado de la burocratización tras 13 años en el Estado, los movimientos sociales no lograron mostrar la fuerza de otras épocas, en tanto la Central Obrera Boliviana, hasta entonces aliada del presidente, sorprendía reclamando su renuncia. Las fuerzas armadas no iniciaron ni organizaron la sublevación pero le dieron el empujón final: primero la policía, a la cual Evo le había quitado prebendas como la emisión de las células de identidad, y después los militares, a los que había cultivado, cruzando la frontera ardiente que separa una democracia de una no-democracia.”

Hasta aquí el análisis de Natanson.

¿Existió un golpe de Estado en contra de Evo Morales? Obvio.

¿Propició Evo la crisis en Bolivia? Obvio.

De un modo o de otro, controlados o medio controlados como en Venezuela o en Bolivia, la lección para América latina es que los militares están ahí… siempre están ahí.

@ruizjosejaime

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