Por Félix Cortés Camarillo.

¿A dónde irán los muertos?

Quién sabe a dónde van…

Luis Pérez Meza, Que sube y que baja.

Ya deberíamos empezar a acostumbrarnos: vamos a cumplir un siglo de tener un gobierno nacional y todavía no entendemos que la política del gobierno mexicano sigue un incansable e irremediable compás oscilatorio, pendular y, si se quiere, de un extremo al otro. Depende siempre de las veleidades, compromisos, filias y fobias del presidente en turno. Eso que don Daniel Cosío Villegas bautizó como “el estilo personal de gobernar”. No se trata solamente de que cada gobernante, en todo el mundo, sienta la necesidad de dejar una impronta en su ejercicio del poder que lo identifique. Aquí el asunto es que esa huella borre para siempre jamás todo lo que haya permanecido del sendero anterior. Hasta la minucia más mínima.

Lo estamos viviendo al extremo en el régimen del presidente López. Su cantaleta cotidiana es que él y su gobierno no son los de antes; se trata evidentemente de una cuestión de amnesia voluntaria. Ni el presidente López, ni uno solo de los integrantes de su gabinete, nacieron por lo que nos enseñaron en secundaria se llama “generación espontánea”; eso no existe. La materia no surge ni se destruye, solamente se transforma.

Eso es particularmente cierto en lo que a política se refiere en nuestro país. Los asuntos del poder cambian solamente de ritmos y modos. Por eso la política es como pantaleta de prostituta: se la pasa de arriba abajo. Si el cliente lo pide, de un lado a otro.

Para ello no hay mejor ejemplo que la política exterior mexicana, que es más adaptable que un traje de neopreno al cuerpo de una modelo de la memorable revista Playboy, protagonista de nuestras adolescencias. La política exterior de Echeverría no tiene nada que ver con la de Miguel de la Madrid; la de Zedillo –si la hubo– estuvo siempre reñida con la de López Portillo. La de Peña Nieto no tuvo nada que ver –salvo la frivolidad– con la López Mateos.

Sí, ya lo sé. Se me puede decir que siempre estuvo la espina dorsal de la política exterior mexicana; la doctrina Estrada, de la que ya nadie se acuerda. Pero eso tampoco es cierto. Hay una doctrina Estrada para cada ocasión. En la teoría, el gobierno de México no reconoce ni deja de reconocer a ningún gobierno de ningún otro país. Esa es cosa de los ciudadanos del país en cuestión. En la teoría, como dijo ayer Marcelo Ebrard, México no reconoce un gobierno que no haya sido democráticamente electo. Eso para el caso de Evo Morales, que según el gobierno de nuestro país sigue y seguirá siendo presidente de Bolivia hasta el año 2020 y huésped distinguido de la tierra azteca mientras se le pegue la gana. Aunque Evo Morales haya renunciado a su cargo públicamente cuando buscaba prolongar su ilegítimo mandato que había llegado ya a los 14 años continuos.

Pero así es esto. Vamos a la historia. El México de Cárdenas siguió honrando al gobierno de la República Española después de 1939 y mantuvo en la Ciudad de México a su dirigencia con fondos del erario, sin reconocer a Francisco Franco, dictador surgido de un golpe de estado. Al mismo tiempo, México reconoció al gobierno del dictador Fidel Castro en Cuba, que nunca en su vida se sometió a elecciones. Hasta la fecha. Rompimos relaciones con el Chile de Pinochet, golpista ejemplar, pero nunca lo hicimos con Duvalier ni con su hijo en Haití. Nos negamos, más recientemente a reconocer el gobierno electo de Venezuela para apoyar al de Nicolás Maduro, heredero –que los hay– de un golpe de estado.

Debiéramos dejar de hacernos tontos. La política mexicana es como los calzones de hetaira: suben o bajan según la necesidad.

felixcortescama@gmail.com

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