Por Félix Cortés Camarillo.

No parecía el gobierno del presidente López de motivos para hilar un nuevo tropiezo en el ejercicio de su autoridad, cuando la priesa por tomar decisiones ejecutivas se atravesó en la forma de la renuncia de Evo Morales al fracasar su intento de perpetuarse en el poder después de 13 años de ostentarlo en Bolivia.

Olvidando los principios de la política exterior mexicana, especialmente los de la doctrina Estrada y, de manera especial el apotegma juarista de respetar el derecho ajeno y no meter las narices donde no tenemos nada qué hacer, el gobierno se apresuró a calificar los sucesos de Bolivia como un golpe de Estado, cuando nadie tiene aún la certeza de que lo haya sido. La reacción gubernamental hizo que el clima de polarización y desunión, que domina a la sociedad mexicana de nuestros días, se trasladara a la Organización de Estados Americanos, que todavía anoche no encontraba un vínculo que unificara los criterios continentales.

Cierto, la caída de Morales se apresuró con el llamado de sus fuerzas a que renunciara, cosa que hizo junto con su gabinete, los líderes de su Congreso y los principales en la lista de sus posibles sucesores. Pero todavía nadie sabía dónde estaba Evo Morales cuando México ya le estaba ofreciendo asilo político, reconociéndolo como el “presidente cuyo mandato termina en enero del 2020” y enviándole un Gruman 5, que figuraba entre la flota del Estado Mayor Presidencial como el TP 07 y que por cierto sigue estando en la venta de garaje de aeroplanos que no se ha podido concretar y que es encabezada por el TP 01 que tiene meses pagando una onerosa renta en California que incluye mantenimiento.

Ayer, ya con Morales en algún lado de la colonia Anzures de la Ciudad de México, ya las referencias a él no usaban la palabra presidente; ya por la noche había mando sustituto en La Paz y los ánimos parecían calmarse.

El argumento de que toda esa accidentada operación –por no haber solicitado debidamente los permisos para que la aeronave sobrevolara los países que circundan al mediterráneo país sudamericano, son convincentes. Mantenerse en su país ponía en peligro su integridad física y –como dice el presidente López– primero es la vida que la política. Pero debemos los mexicanos calmarnos y ver este fenómeno como un aislado que no tiene nada de comparable con el exilio a los chilenos cuando el golpe de Pinochet contra Allende o la política de asilo al exilio valiosísimo de los españoles republicanos.

No debe sorprendernos la reacción en las “benditas redes sociales” que no han bajado al presidente López de candil de la calle y oscuridad de su casa. Un poquito de moderación no caería mal en los siguientes días, si no se pretende que la tendencia a la baja de la popularidad del presidente López siga prolongándose.

felixcortescama@gmail.com

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.