Por Eloy Garza González

En México no hemos aprendido a valorar el sentimiento de piedad. La principal falla del presidente Andrés Manuel López Obrador en su primer año de gobierno no es el nulo crecimiento económico ni la inseguridad rampante. Es su falta de piedad. AMLO no promueve este valor ni frena la impiedad entre sus seguidores que son cada vez más fanáticos beligerantes sin alma.

En su afán de polarizar por motivos justos o injustos, en su propósito delirante de contestar todo lo que considera agravios en contra suya, AMLO no promueve la piedad entre los mexicanos.

Hace algunos días, un caso simbólico de feminicidio cimbró a la opinión pública. Un hombre golpeó a una mujer (su esposa) con un bate de béisbol mientras ella dormía. Al hombre le dictan prisión preventiva. La mujer dice que teme por su vida. El hombre sale de la cárcel gracias a un juez. La mujer es asesinada. El hombre se burla de la mujer. De todas. El juez también. Y el presidente no asume el hecho en su cabal compromiso simbólico. ¿Cómo? Denunciando la corrupción de los órganos de impartición de justicia. Tal parece que solo se ofende cuando el agraviado es él.

Pero el mayor ejemplo de falta de piedad de AMLO es la forma como el gobierno federal trató el caso de la familia LeBarón. Asesinaron con saña a seis niños y tres mujeres. A algunos los quemaron vivos y a otros los rafaguearon con armas de grueso calibre para darles, después, el tiro de gracia. Lo normal sería exigir que se encarcelara a los culpables.

Pero en México, la exigencia inclemente, sin piedad de una parte de la opinión pública es que expulsemos de México a los LeBarón y que entendamos que fue el resultado de un pleito por agua (como si los campesino usaran armas de grueso calibre y ese nivel de crueldad para dirimir sus asuntos públicos).

Los asesinos de esos seis niños son simplemente criminales, no campesinos. Juzgar a los padres de esos menores en Facebook y Twitter, deslindando de responsabilidad a los verdaderos criminales es, en sí mismo, un acto salvaje, bestial, del que yo no formaré parte. ¿Tú sí?

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