Eloy Garza González

Yo no sé si Emiliano Zapata fue gay. Tampoco importa nada. Su lucha por regresarle a los campesinos de Morelos sus tierras, fue simbólica: lo mataron muy joven y quienes cumplieron a nivel nacional la Reforma Agraria (para bien y para mal), fueron otros. Zapata quedó como mera  referencia histórica, lo cual no le quita relevancia como héroe patrio.

Si Zapata hubiera defendido hoy a las feministas, o a la comunidad LGTB, eso es hacer historia-ficción. No nos sirve de nada. El Zapata de la novela de Paco Ignacio Taibo II, que galopa en la madrugada sobre el Periférico, luchando contra la corrupción del PRI, es una linda imagen, pero es más falsa que una moneda de tres pesos. Zapata murió antes de que se inventara el PRI, punto.

Con los héroes patrios se puede hacer lo que se te pegue la gana: levantarles un monumento en el patio de tu casa, escribirles un poema cursi, dibujarlos como miembros de la Liga de los Superamigos, o pintarlos con un enorme sombrero charro, trepados en un caballo, desnudos y luciendo unos coquetos zapatos de cabaretera. Para eso es la libertad.

Lo que no me parece válido es que un partido como el PRI mancillara la memoria de Zapata, haciéndole creer a la gente de que, si el líder rebelde viviera, habría defendido a Carlos Salinas de Gortari. Esa sí es una práctica muy mala, es usar a los héroes para manipular su memoria, no para usarlos como modelo ciudadano.

Pero si las feministas, la comunidad LGTB, las ONG’s o todo aquel que defienda una causa social se quiere apropiar de la imagen total o parcial de Zapata o de Pancho Villa, enfatizando, por ejemplo, el machismo hegemónico que representan esos personajes, está en su pleno derecho. Estos símbolos son parte de la historia pero también son parte de la cultura popular.

Y la única apropiación que puede hacerse con estos símbolos, es por medio del arte. Bueno o malo, excelso o mediocre, pero arte a fin de cuentas. Bellas Artes puede incluir esa obra en una exposición temporal, transitoria. No hay delito qué perseguir. Si los descendientes de don Emiliano se escandalizan porque una derivación simbólica (entre muchas otras) de su antecesor trae tacones altos, están en su pleno derecho. También los nietos del Ché Guevara se ofendieron con justa razón cuando un chistoso le cambió la estrella roja a la boina de su abuelo, por una caricatura de Mickey Mouse.

A lo que no tienen derecho los nietos de Zapata es a agredir muchachos por motivos homofóbicos. Ni a amenazar a un artista por la vía legal o de los golpes porque pintó a un ranchero afeminado con los rasgos de su abuelo. Eso sí es condenable, repugnable, ruin.  El lienzo es de quien lo trabaja, no de quien lo censura.

El joven artista de ese cuadro tan debatido (creo que se llama Fabián Cháirez y ahora se cotiza más alto), zanjó la cuestión con una respuesta poco original pero irrebatible: “El personaje que pinté tiene un sombrero como el de Zapata, y unos bigotes como los de Zapata, pero no es Zapata”. Y sáquenlo de ahí.

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