La semana pasada, en charla de sobremesa, alguien dijo en mi presencia que la torpeza con la que el presidente López estaba manejando el problema  que se manifiesta en la expresiva irritación de las mujeres mexicanas -y de la sociedad en general- ante los excesos de la violencia feminicida, su impunidad y cinismo, se iba a convertir en el Waterloo de López Obrador.

            Probablemente el pronóstico resulte inexacto; sin embargo, solamente un ignorante se atrevería a considerarlo descabellado. Ese juicio irreflexivo sería solamente consecuencia de nuestra ceguera social, que se ha negado a reconocer que la mitad más importante de nuestra población son mujeres: que absolutamente todos nacimos de mujer, que la mayoría tenemos o hemos tenido una mujer como el eje central de nuestro afecto, y que muchos tenemos hijas de las que decimos tener en alto aprecio.

            El problema parece ser que no hemos sabido anclar históricamente el principio de que el amor, el afecto, el aprecio o la veneración exigen una raigambre que se llama respeto. Esencialmente, no es posible amar a un ser que en primer lugar no se respeta. Y la sociedad mexicana es, y siempre ha sido, clasista y racista, pero de manera especial sexista y machista, sin el menor respeto por la mujer.

            Los patrones de conducta que hemos abrevado en los diferentes manantiales que nos han nutrido cincelaron ese perfil de comportamiento. Desde el hogar, la iglesia, la escuela, la sociedad, el trabajo, nuestra formación se ha sustentado en la falsa convicción de que las mujeres son entes inferiores que han sido creadas para servir ciegamente y ser usadas y abusadas por los hombres, al extremo de que estos están convencidos de que pueden privar a la mujer, sea su madre, hermana, esposa, novia, compañera de trabajo o amante, incluso de su vida si así se considera. Así hemos sido educados por nuestros padres, maestros, jefes, gobernantes y medios de comunicación y entretenimiento.

            Como suelen surgir los movimientos sociales que trascienden, ha nacido en la costa del Golfo de México la iniciativa de hacer un paro de mujeres el próximo nueve de marzo, que en los últimos años se ha enraizado como el Día Internacional de la Mujer. La convocatoria se dio en un ambiente denso, agravado por una tercia de crímenes asqueantes de mujeres, por parte de quienes supuestamente tenían un lazo afectivo con ellas. Una de las víctimas, una niña de siete años.

            Pero lo que propició un momentum importante de aceleración, fue la incapacidad del gobierno de López Obrador de reaccionar ante esta convocatoria. En la inmovilidad, la carencia de una posición clara ante el problema que había provocado la protesta, se dio un juego de confusiones de primera importancia: la esposa del presidente López se apresuró a manifestar su entusiasta apoyo al paro. Pocas horas después, ante una postura de rechazo por parte de su esposo, la señora Beatriz Gutiérrez Müeller dio un giro de 180 grados a su postura y convocó por su parte a un movimiento opuesto, de apoyo al presidente López.

            El desprestigio es para los dos. Ya no importa que el presidente López acuse a los neoliberales, la derecha, la reacción, los conservadores o a quien le de la gana. El desprestigio es para los dos. Han tomado partido en contra de la mitad más importante, más ofendida, más lacerada, de nuestra sociedad, nuestras mujeres.

PARA LA MAÑANERA.- Señor Presidente, con todo respeto: ¿qué pasó con los malos manejos en Notimex y la Conade?

felixcortescama@gmail.com

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