Por Eloy Garza González

Ayer murió a los cien años de edad, el filósofo de la ciencia Mario Bunge. Vivió mucho tiempo, según él, porque no fumaba, no tomaba alcohol y no hacía demasiado deporte. Cierto: toda muerte es prematura. Por ende, Bunge partió a la nada prematuramente. En su heterodoxa línea de pensamiento, abarcó múltiples temas. En todos, su epicentro fue la ciencia, fuente de verdades objetivas e impersonales. Como científico, fue un enemigo furibundo de las pseudociencias: las consideraba confusas y falsas, una simple trampa mental. 

Bunge demostró que algunas pseudociencias como la astrología son inofensivas. Otras como la homeopatía, son dañinas, destructoras, porque impiden tratar al enfermo en forma científica. En ese punto, no estoy de acuerdo con él. Si bien la homeopatía es una forma de autoengaño, a veces es necesario el efecto placebo; el científico que miente no siempre obra de mala fe. 

Otros tipos de pseudociencias como el psicoanálisis dependerá de la escuela de pensamiento que elijamos. El Lacanismo, por ejemplo, es confuso y en buena medida falso (Bunge la rebautizó como “charlacanismo”). Pero la psicología conductual sí se sostiene sobre ciertos fundamentos sólidos.

Sin embargo, los principales charlatanes contra quienes embistió Bunge, fueron algunos filósofos. En especial, Hegel, Heidegger y Foucault; los consideraba embaucadores. Criticaba su lenguaje intencionalmente obscuro, enredado y complejo. En resumidas cuentas, los tildó de pseudocientíficos. Sobre todo, porque se impusieron como una forma de poder dominante en el pensamiento universitario. 

Yo no sería tan categórico como Bunge. Ahora impera en casi todas las universidades mexicanas no tanto el pensamiento complejo, sino la simplicidad más banal y primitiva. Esto gracias a las redes sociales. La complejidad es condenable, lo simple es aplaudible; se le celebra y se le difunde como si fuera un cúmulo de ideas originales. 

Hoy, las pseudociencias no son la semiótica ni el estructuralismo, sino los manuales de autoayuda, las capsulas de superación personal, las filosofías motivacionales, y otros charlatanismos semejantes. La política, con su simplicidad peligrosa, también es ya una pseudociencia. El más grande pseudocientífico del poder actual se llama Donald Trump. ¿A usted, lector, se le ocurre otro nombre para incluir en la lista? 

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