Por Eloy Garza

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El alcalde de Jojutla, Morelos, es todo un visionario. No se lo merece esa sarta de harapientos que tiene como pueblo. Apenas vio por la tele que venía una pandemia y se compró un dron. Nada de obra pública. Ni despensas. Ni tapabocas. Ni geles mágicos. Ni patrullas. Un dron.

Como zopilote mecánico, el dron sobrevolaba Jojutla. Traía bocina integrada para avisarle a la gente: “métanse a sus casas”. Y radar para ver por la noche. Y control remoto. Y unas hélices que revoloteaban tan rápido como los colibrís.

El alcalde de Jojutla es previsor: hace poco se compró otro dron. Y otro. Y cuatro más. Ya tiene el ayuntamiento seis drones. Sobrevuelan invencibles, como parvada de zopiltotes, con hélice de colibrí.

“Métanse a sus casas”. “No anden por las calles”. “Cuídense del coronavirus”. La gente primero se asusta. Luego corre en desbandada. El alcalde sabe que cada dron salió carísimo (todo un lujo) pero jaló.

Sólo unos niños desalmados agarraron unas piedras. Le dieron al dron en las hélices de colibrí. Con patrullas corretean a los chamacos. Contra ellos (faltaba más), todo el peso de la ley.

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Hoy el alcalde de un municipio de Nuevo León, siempre tan generoso, tan humanitario, anunció en rueda de prensa que la contribución de su ayuntamiento contra la pandemia, sería ofrecer algunos descuentos al pago del predial.

Y yo me imagino a la madre de familia, confinada, rodeada por sus hijos lloriqueantes, con la panza vacía, sin trabajo, diciéndose a sí misma: “¡Caray! Es cierto, el predial. La despensa como quiera. Mis hijos valen madre. Pero el predial, ya se me estaba pasando. Bendito Dios. A ver, aquí tengo todos mis ahorros, mi cochinito, mi monedero. Mañana mismo me lanzo a Palacio Municipal a pagar esa chingadera”.

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