Por Félix Cortés Camarillo

Siempre en la oscuridad

La voz no tiene sentido

El silencio lo es todo

Héroe en su propio olvido

“Héroe de Leyenda”

            No es esta la primera plaga que aterroriza a la Humanidad, ni es la más siniestra en término de víctimas mortales. Es inédita, sí, por la rápida y profusa ola de contagio universal: no hay prácticamente un solo país en el mundo al que no haya llegado el virus maléfico y todos compartimos la secreta esperanza de que transcurridas dos o tres semanas de la primera infección el virus se irá como llegó, repentino y sin explicación. Eso, desde luego, no deja de ser un sueño alimentado por nuestra ignorancia y la desesperación a que induce el encierro prolongado en nuestras propias casas.

            La infección del coronavirus es probablemente la más democrática de todas las que hemos vivido. Su infección no respeta etnia ni nivel social, raza ni hábitos de conducta; han enfermado y muerto viejos y niños lactantes, ricos y pobres, gente urbana y del campo. La única certeza a la que podemos aspirar es a que cuando esto pase, porque un día tiene que pasar, nuestra vida ya no será la misma. Vamos a tener que dedicar esfuerzos enormes y colectivos para reinventar una economía destruida cuya recuperación debe tomar por lo menos tres años.

            Habremos de acostumbrarnos a un nuevo trato social, brindándole a la higiene una importancia que tradicionalmente le hemos negado. El turismo no puede persistir como lo conocemos, y la fronteras volverán a retomar el papel que tuvieron en su origen, en la Edad Media, para delinear precisamente la línea que el extraño no puede cruzar porque el miedo se ha instalado en nosotros. Lo único a lo que hay que temer es al miedo mismo, acuñó la frase Franklin D. Roosevelt, en un país y un tiempo en que comenzó a entender la naturaleza del miedo. Solamente así se puede entender el enorme diferencial que el miedo a la pandemia ha ocasionado a los Estados Unidos y a México, países que comparten una de las fronteras más largas y porosas del mundo. De ese temor real proviene la creencia de que nuestras autoridades no nos están diciendo toda la verdad y nada más que la verdad.

            La histeria del encierro ha traído como consecuencia una serie de usos comunitarios alternos, a un redescubrimiento de nosotros mismos, de nuestra familia, de nuestros vecinos. En España, uno de los países más afectados por este virus, los balcones de los edificios de apartamentos han tomado una nueva modalidad de premio, de reconocimiento a los héroes de esta guerra. Cada noche los españoles salen a sus balcones a brindarse frases de apoyo. A veces a improvisar un grupo musical tocando cada cual el instrumento que tiene a la mano para un concierto singular.

            Lo más importante es que a determinada hora los españoles se ponen a aplaudir a los héroes de la noche. Y de la madrugada, y de día. Miles de médicos, enfermeras y ayudantes del sistema de salud pública, que es notablemente bueno, que calladamente están metidos ahí desde hace semanas atendiendo a los enfermos para los que ya casi no hay camas disponibles. Alguna mente perversa puso a circular por ahí la falsedad de un conflicto ético que estarían enfrentando esos héroes: ante las escasez de recursos tener que tomar la decisión de dejar morir a los viejos para que vacíen las camas de hospital. Ya van dos médicos que perdieron la vida tratando de salvar las de otros.

            Cuando esto pase, y estoy seguro de que pasará, tendremos una deuda pendiente con estos héroes. Y no se trata solamente del personal de salud. Los encargados de nuestra seguridad, del transporte público y del consumo, de los que recogen nuestra basura en las calles, de tantos otros que siguen trabajando mientras nosotros nos resistimos a quedarnos en nuestra casa.

            Si cuando todo esto pase hemos llegado a la reflexión de que esos héroes merecen un reconocimiento, será entonces que, perdiendo, hemos ganado algo muy importante: la dignidad.

felixcortescama@gmail.com

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