Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

La entrevista, de alguna manera hay que llamarla, que le concedió el presidente Andrés Manuel López Obrador al periodista Epigmenio Ibarra ni es propaganda ni es periodismo. Ambos perdieron la oportunidad histórica de una entrevista histórica en el histórico Palacio Nacional. Ni fue entrevista objetiva ni fue entrevista-perfil.

El presidente se comportó como un guía de museo en Palacio Nacional, suficientemente cualificado, sin duda. Epigmenio Ibarra como un visitante de museo, no como el periodista que es, ¿qué pasó? Sucedió que se impuso la investidura de López Obrador y los decorados suntuosos del palacio. Un Palacio vacío, ajeno a los ciudadanos.

La forma atascó los contenidos. ¿Y la noticia? Ninguna. Todos sabemos la actitud humilde de Andrés Manuel… Ajeno a protocolos y parafernalia del antiguo régimen, de la Presidencia Imperial. Más que entrevistador, Epigmenio ejerció de follower. ¿Por qué no ejerció su derecho a preguntar? Porque no quiso nota sino testimonio.

El largo monólogo del presidente me aburrió por repetitivo: le escucho todas las mañanas decirme lo mismo cuando enciendo la pantalla. Argumentos repetitivos, anécdotas cacofónicas, las mismas citas citables de las citables citas. Y aquí entra el problema de  contenidos. Como Epigmenio renunció a profundizar, la entrevista-monólogo se siente hueca. La admiración de Epigmenio por Andrés Manuel no sólo es legítima, es sobre todo sincera. Y, sin embargo, no se puede hacer periodismo desde la admiración, el periodismo es sana, y a veces enferma, distancia.

Epigmenio no nos mostró a la persona, nos mostró al personaje que vemos de lunes a viernes en las mañaneras, al menos en esta entrega. ¿Qué novedad me aportó el ejercicio de Epigmenio Ibarra? Ninguna, nada nuevo bajo los lujosos techos de Palacio Nacional.

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