Por Eloy Garza González

A mitad del camino de la vida, como decía Dante Alighieri, y como pueden confesarlo muchos lectores también, reconozco que yo no tuve vida; tuve conciertos. El destino me reservó para cumplir grandes propósitos, metas trascendentales, pero preferí irme a un concierto y luego a otro y a otro más. Fui uno entre miles de espectadores.

No me definiré como “público”, porque la palabra “público” no se entiende como individualidad: siempre se asume en plural. Ahí está la clave de lo que también es mi único curriculum: espectador de conciertos. Oficio nada original porque lo ejercen millones de mexicanos. A los extras de cine de perdido les pagan por estar entre el montón. A mí no.

De un concierto a otro, uno no aguza su sentido crítico. A menos que vayas como reportero. Y en ese plan fui sólo cinco veces. Los demás conciertos los pagué en la taquilla, o a un revendedor. Denúncienme si quieren, pero fui un adicto a los revendedores. Digamos que fueron mis dealers para subirme al potro de los placeres inconfesables.

Así, conseguí lugar y tabla en la segunda fila del concierto de Paul McCartney, en la tercera de The Rolling Stones y en los conciertos que montó Bob Dylan en México en 2008 (tres en México, uno en Monterrey y el ultimo en Guadalajara).

Fui a cuatro de los cinco conciertos de Dylan, armando mi propia gira alucinante y enfermiza, a la zaga del mayor genio vivo del mundo y gastando una lana que debí invertir en pendientes más perentorios. Con lo que, al paso de los años, me hubiera arrepentido de no gastármelo en Dylan.

Una amiga me preguntó: ¿te imaginas si pudieras juntar todo el dinero que perdiste en boletos de conciertos? ¿Cuánto tendrías ahora? Lo suficiente, le dije, como para llenar muchos cochinitos, romperlos y usar el efectivo para ir a otros conciertos que se me escaparon en su momento.

Total, uno tiene sus vicios, aclarando que cultivar un vicio no te exime de acompañarlo de otros más. De manera que puedes tener dos o más vicios mayores. ¡Qué maravilla!

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