Por Félix Cortés Camarillo

Y eran mexicanos, eran mexicanos, eran mexicanos

Su porte y su faz.

La Guadalupana

Tiburcio Saucedo, José López-Portillo y Rojas

Karol Jozef Wojtyla, el Papa mediático por excelencia, el primero que le entendió a la televisión como medio, se había quedado picado con las apoteósicas recepciones que había tenido en 1979 en su primera gira fuera del Vaticano en México, que decidió repetir la visita once años después. En mayo de 1990 vino de nuevo, y de nuevo fue aclamado fervientemente.

Para esa ocasión, en su visita a Monterrey, se le expuso un perfil, en el acero regiomontano, de la virgen de Guadalupe, señoreando el río Santa Catarina que es de los pocos símbolos que la ciudad tiene. Y eso gustó a Juan Pablo II.

Veinte años después, a finales de junio del 2010, el magnífico huracán Alex hizo llover sobre Monterrey en una noche lo que llueve en un año. El río Santa Catarina se desbordó por todos lados y murió más o menos medio centenar de personas. Más impresionantemente, el perfil de acero de la Virgen de Guadalupe cayó de su nicho y desapareció entre las aguas y el lodo. A poco, el asunto pasó a la memoria colectiva, esto es la que no importa porque es de todos: a nosotros nos duele lo cercano, íntimo y personal, como lo demuestra el Covid 19.

Mas resulta que este año del 20-20, en la última semana de julio, llegó a Monterrey un deslavado huracán llamado Hanna, que trajo muy agradecidas lluvias a la sequía que el noreste de México estaba soportando. Una vez más, el río Santa Catarina vio abundantes corrientes y arrastró toneladas de lodo y pedriza.

Pero ¡aguas!

Cuando aclaró el cielo y el Santa Catarina dejó de correr en vendaval, la estructura de acero de la Virgen fue descubierta en el lecho pedregoso del río. Apabullada por el paso del tiempo y la humedad, su hueca estructura tubular repleta de lodo, pero prácticamente completa, se convirtió de inmediato en el renovado objeto de culto que los mexicanos tanto necesitan en estos tiempos de miedo al virus y pavor al desempleo y la pobreza.

El casi universal culto mariano que Juan Pablo II supo usar muy efectivamente tiene en México una connotación particular; la estadística dice que más del noventa por ciento de los mexicanos nos declaramos católicos aunque la mitad de ellos nunca pisen una iglesia ni para su boda. A pesar de ello, un porcentaje mayor es, oculta o abiertamente, guadalupano. En términos reales, Guadalupe es cabeza de otra religión, de otra fe mucho más intensa que la de Jesús.

Llevado al extremo, el culto guadalupano es equivalente a la conciencia nacional. Por algo el cura Hidalgo aquella madrugada de septiembre sacó -dicen- un estandarte con la Virgen para convocar a la rebelión, no en contra de España sino de las prácticas esclavistas y explotadoras de los criollos.

Eso explica la renovada veneración que un par de toneladas de acero que están siendo pulidas y limpiadas en alguna acerera neolonesa se vuelva a erigir, con una veneración mayor, sobre las márgenes del río Santa Catarina.

“¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre?”, dice el convencional relato de la aparición de la Virgen al indio Juan Diego.

Obviamente, si el mayor insulto que los mexicanos usamos involucra a la madre del ofendido, es por que necesitamos una.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA PORQUE NO ME DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: Con todo respeto, Señor Presidente, ¿Sabe usted que hay suficiencia de camas para el Covid 19 porque no aceptan pacientes que no estén en articulo mortis?

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