Por Carlos Chavarría

Esta frase con la que empiezo esta redacción la pronunció el que todo lo sabe, el que opina de todo, el que juzga a todos, el que clasifica a cualquiera según su regla, el presidente de México.

Lo hizo en un tono despreciativo y de fastidio en referencia a tantos grupos que han expresado sus preocupaciones acerca del destino de México con esa palabra, “comunismo”.

Personas que pueden no haber leído todas las interpretaciones, teorías y ensayos al respecto, pero que tienen bien claro que no quieren un estado totalizador y controlador que despoje a nadie de su nivel de vida y libertades.

El presidente hizo también referencia a que él solo trabaja por y para los pobres como lo dice el evangelio, propinándonos a todos otro insulto, como si el fuera en realidad el único que entiende cómo funciona el mundo en el que vivimos, y como si fuera virtud  evangélica exclusiva el buscar lo mejor para nuestros más cercanos y todos los congéneres en la vida cotidiana.

Las confusiones y contradicciones del discurso presidencial inspiradas por sus profundos y muy arraigados resentimientos lo llevan a despreciar a quien piensa o se expresa diferente de él, pretendiendo hacerse pasar como el salvador de los pobres que precisamente deben su condición a todos los políticos que como él han abusado del poder para mantenerlos precisamente en la pobreza,  para siempre tener clientela electoral asegurada.

Ya hundió las finanzas de su gobierno por su  obtusa forma de entender la economía y la política, insistiendo en decisiones erróneas como el subsidiar la ineficiencia de PEMEX y CFE a costa de abandonar demasiadas responsabilidades que  esas sí merecían más atención.

Ahora ya empezaron a elevar las tarifas  de los servicios que venden los monopolios estatales plagados de vicios y corrupción y tiene el cinismo de argumentar que defiende a los pobres. Pero “ahora ya no habrá gasolinazos, solo aumentos a los combustibles”.

Para agravar más la situación por la que atravesamos, los gobiernos estatales y municipales están por el mismo rumbo. En el caso de Nuevo Léon usan a Agua y Drenaje como su caja de fondos contingentes para suplir sus déficits en lugar de ajustar su gasto corriente cada vez más desbocado.

Ya la inflación está registrando los efectos de una muy mala administración pública y la crisis por la pandemia, además de estar sumidos en una atonía propulsada por las nulas medidas contracíclicas para atenuarla, porque entregar cantidades exiguas de dinero para el consumo no tiene efecto multiplicador alguno y sí un fuerte desbalance del gasto.

 El gobierno espera que los problemas se arreglen solos y a su paso, y que cada quien se rasque con sus uñas porque López Obrador insiste en perseguir proyectos de inversión que no funcionarán y serán un barril sin fondo, y políticas de gasto que solo persiguen fines electorales y nada más.

Es una tristeza y coraje lo que se siente al leer el informe del último trimestre de 2020 del Banco de México donde se relatan las medidas que han tomado otros países para tratar de mantener el empleo y México no aparece con ninguna medida trascendente, habiendo tanto que se puede hacer si acaso el presidente no estuviera tan ensimismado y con un gabinete de lacayos serviles.

Al son de que está atacando la corrupción, en lugar de rediseñar los procesos y prácticas de la administración, se ha dedicado a desmantelar todos los aparatos que a su juicio no cumplen con sus objetivos electorales y, por lo tanto, bajo su concepción son un gasto inútil.

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